Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Fuego cruzado
El estruendo era insoportable.
Las balas rebotaban contra el concreto agrietado del complejo, arrancando polvo y fragmentos que se mezclaban con el humo espeso. Todo vibraba. Las paredes, el suelo... incluso el aire parecía latir con cada disparo.
El olor a pólvora se metía en la garganta.
A sangre.
A guerra.
Mi pierna ardía como si me hubieran atravesado con un hierro al rojo vivo, pero seguí avanzando. Cojeando, sí. Más lento, también. Pero no me detuve.
No podía.
-¡Stein, a la derecha! -gritó Emma por el comunicador.
Giré justo a tiempo para disparar.
Dos ráfagas.
Un enemigo cayó.
-Cubierto -gruñí, apretando los dientes.
-Recibido -respondió James-. ¡Estamos flanqueando!
Apoyé la espalda contra una pared medio destruida, intentando controlar la respiración. Sentía la sangre bajar caliente por la pierna, empapando la tela del uniforme.
No era grave.
No podía serlo.
No ahora.
Asomé el arma de nuevo.
Disparé.
Avancé un paso.
Otro.
Entonces sentí el impacto.
Seco.
Brutal.
Directo al pecho.
El mundo se detuvo.
El aire desapareció de mis pulmones como si me lo hubieran arrancado de golpe. Mi cuerpo se fue hacia atrás y choqué contra el suelo con un golpe sordo.
Por un segundo... pensé que había sido el final.
El chaleco absorbió el disparo.
Pero el dolor...
El dolor fue real.
-¡Joder! -escupí, llevándome la mano al pecho mientras rodaba hacia una cobertura.
Intenté respirar.
No podía.
Apenas.
-¡Coronel! -la voz de Emma sonó más cercana ahora-. ¿Está consciente?
-Sigo aquí -gruñí-. No cantes victoria.
Escuché pasos.
Rápidos.
Pesados.
Uno.
Dos.
Tres...
No.
Cinco.
Venían directo hacia mí.
-Mierda... -murmuré.
Recargué el arma con manos firmes, aunque la visión se me nublaba por momentos. No había espacio para retroceder. No había refuerzos lo suficientemente cerca.
Esto era todo.
Me preparé.
Apunté hacia el pasillo cubierto de humo.
Esperé.
Pero antes de que pudiera disparar...
Tres detonaciones cortaron el aire.
Secas.
Precisas.
Uno.
Dos.
Tres.
Los cuerpos cayeron frente a mí como sacos vacíos.
Silencio.
Por un segundo, el mundo quedó en pausa.
Entonces la vi.
Entre el humo.
Avanzando.
Segura.
Letal.
Natalie.
El fusil pegado al hombro, los movimientos calculados, la mirada fija en cada punto de amenaza. El casco cubría parte de su rostro, pero no necesitaba más.
La reconocería en cualquier lugar.
Incluso en medio del infierno.
Se acercó sin perder tiempo, arrodillándose frente a mí.
-¿Estás bien?
Su voz.
Maldita sea...
Cuatro años.
Y sonaba exactamente igual.
-Estoy bien -mentí, incorporándome un poco-. Es solo un rasguño.
Ella bajó la mirada a mi pierna.
-Sí, claro... -murmuró con sarcasmo-. Un rasguño que está sangrando como si te hubieran abierto en canal.
-Exageras.
-Cállate.
Sus manos ya estaban trabajando.
Rápidas.
Firmes.
Precisas.
Arrancó un trozo de su propia manga sin dudarlo y comenzó a hacer un torniquete.
Apreté los dientes cuando ajustó la presión.
-Joder...
-No te quejes -dijo sin mirarme-. He visto cosas peores.
-Sí, generalmente causadas por ti.
Sus manos se detuvieron apenas un segundo.
Luego siguió.
-Si abres la boca otra vez, te dejo aquí -respondió seca.
Sonreí de lado.
-Sigues siendo un encanto.
-Y tú sigues siendo un idiota.
Apretó el vendaje con más fuerza de la necesaria.
-Eso fue personal.
-Todo contigo es personal.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Peligroso.
Por un segundo... demasiado cerca de algo que ninguno quería nombrar.
Entonces levantó la mirada.
Y me miró.
Directo.
Sin escudos.
Sin distancia.
Había preocupación.
Real.
Cruda.
No la de una soldado.
La de alguien que todavía... siente.
Eso me golpeó más fuerte que la bala.
-No me mires así -murmuré.
-¿Así cómo?
-Como si te importara.
Su expresión se endureció de inmediato.
Ahí estaba otra vez.
La capitana Cardona.
-No te confundas -dijo fría-. Eres mi responsabilidad en esta misión.
Asentí lentamente.
-Claro.
Mentira.
Para ella.
Para mí.
-En dos minutos nos movemos -añadió, levantándose y cubriendo el pasillo-. ¿Puedes caminar?
-Puedo correr si hace falta.
-No lo hagas.
-¿Te preocupa?
-Me fastidia tener que cargarte.
Solté una risa baja.
-Siempre tan dulce.
-Stein...
-¿Sí?
-Céntrate.
Su tono cambió.
Profesional.
Frío.
Y eso... dolió más de lo que debería.
-Equipo, estado -ordené por radio.
-Ruta de escape limpia -informó Emma-. Tenemos ventana de tres minutos.
-Vehículo listo -añadió James-. Pero no va a esperar.
-Nos movemos -dije.
Natalie me miró.
-Apóyate.
Me ofreció el brazo.
Dudé un segundo.
Luego lo tomé.
El contacto fue...
Eléctrico.
Familiar.
Peligroso.
Nos levantamos.
-No te acostumbres -murmuré.
-Créeme, no pienso hacerlo.
Avanzamos por el pasillo.
Rápidos.
Sin errores.
Cubriendo ángulos.
Disparando cuando era necesario.
Como antes.
Como si nunca hubiéramos dejado de ser ese equipo.
Como si esos cuatro años no existieran.
Salimos al exterior.
El aire caliente del desierto golpeó de lleno.
-¡Aquí! -gritó James desde el vehículo.
Las balas aún silbaban a lo lejos.
Subí al asiento trasero con esfuerzo, apoyando la pierna herida sobre una mochila.
Natalie entró detrás de mí, cubriendo hasta el último segundo.
Tamy estaba al volante.
Emma en el copiloto.
-Rumbo al punto Alfa -dijo Tamy-. Abróchense o mueran.
El motor rugió.
El vehículo arrancó levantando arena y polvo.
Nos alejamos del complejo.
Del fuego.
Del caos.
Pero no de lo que había entre nosotros.
Dentro del vehículo, el silencio era denso.
Pesado.
Solo respiraciones agitadas.
Natalie seguía frente a mí, revisando el vendaje.
Sin mirarme directamente.
-La bala no entró -dijo finalmente-. Solo rozó. Pero necesitas puntos.
-Lo imaginé.
-Y necesitas dejar de hacerte el héroe.
-Eso nunca va a pasar.
-Lo sé.
Sus manos se movían con cuidado ahora.
Más lento.
-Igual no voy a enfermería -añadí.
Ella alzó la mirada por fin.
-No te estoy preguntando.
-¿Desde cuándo das órdenes otra vez, capitana?
Silencio.
Me sostuvo la mirada.
Firme.
-Desde siempre, Stein.
Su voz bajó apenas.
-Desde antes de que te olvidaras quién soy.
El aire dentro del vehículo cambió.
Nadie dijo nada.
Pero todos lo sintieron.
Emma miró hacia adelante.
Tamy tensó la mandíbula.
James fingió revisar su arma.
Yo no supe qué decir.
Por primera vez en años...
No tuve una respuesta.
Afuera, la lluvia comenzó a golpear el parabrisas.
Fina al principio.
Luego más fuerte.
El desierto se volvió una mezcla de sombras, agua y luces lejanas.
La misión estaba cumplida.
El material a salvo.
El equipo vivo.
Todo en orden.
Excepto nosotros.
Porque mientras el vehículo avanzaba en la oscuridad...
Entendí algo que no quería aceptar:
La guerra allá afuera era sencilla.
La verdadera batalla...
seguía siendo ella.