Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 10: El Veneno en el Azúcar
El éxito del Momento Dulce se extiende por la oficina como una mancha de aceite en aguas tranquilas. Durante los días siguientes, el ambiente en el piso 32 cambia sutilmente; el personal parece menos tenso y Benerice, aunque sigue siendo callada y asustadiza, empieza a recibir saludos cordiales en los pasillos. Sin embargo, ella sabe que en el mundo de Julian Blackwood, cualquier momento de paz es solo el preludio de una nueva negociación.
Benerice está en su despacho revisando los presupuestos de las pastelerías locales cuando la puerta se abre sin previo aviso. No es Julian. Es Vittorio Moretti, su padre, acompañado por Marcus Thorne. La presencia de ambos llena la habitación de una energía densa y crítica.
—Veo que los rumores eran ciertos —dice Vittorio, mirando con desdén una pequeña caja de bombones que Benerice tiene sobre su escritorio—. Has convertido un despacho de alto nivel en una extensión de tu cocina, Benerice. ¿Es esto lo que Julian llama "bienestar corporativo"?
Benerice se pone de pie de un salto, sintiendo que el aire se escapa de sus pulmones. Sus manos tiemblan mientras intenta alisar su falda.
—Padre… Marcus. Solo estoy implementando un proyecto piloto. Julian está al tanto.
Marcus suelta una risa corta, esa risa que siempre hace que Benerice se sienta diminuta.
—Julian es un hombre pragmático, Benerice. Te deja jugar a las casitas porque es más barato que lidiar con tus crisis nerviosas. Pero los socios estamos preocupados. Isabella entendía que esta empresa se construye con acero, no con azúcar glas.
—Isabella no está aquí —susurra Benerice, asustada de su propia voz.
—Y esa es la tragedia —sentencia su padre, acercándose a ella—. Julian necesita una aliada, no una distracción. Si no puedes estar a la altura del puesto, Benerice, insistiré en que Londres es la única opción razonable para que dejes de avergonzarnos.
Benerice baja la mirada, el peso de la comparación hundiéndola de nuevo en su caparazón. El silencio se vuelve asfixiante hasta que una sombra conocida se proyecta desde la puerta.
Julian está allí, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos de su pantalón de traje. Su expresión es de una amargura tranquila, pero sus ojos azules brillan con esa inteligencia calculadora que suele preceder a una tormenta.
—Vittorio, Marcus. No sabía que teníamos una junta de accionistas programada en el despacho de mi esposa —su voz es barítona, dominante, cargada de una ironía que corta el aire.
—Julian, solo estábamos aconsejando a Benerice —dice Marcus, tratando de recuperar su postura de poder—. Este proyecto del azúcar es… poco serio para los estándares de Blackwood Global.
Julian entra en la habitación con una parsimonia varonil. Camina directamente hacia el escritorio de Benerice y, sin dejar de mirar a los hombres, toma una de las trufas y se la lleva a la boca. La saborea con una lentitud que resulta casi insultante para la prisa de los otros.
—Lo que es poco serio, Marcus, es que pierdas el tiempo cuestionando una estrategia que ha reducido el absentismo por estrés en un 15% en solo una semana —dice Julian, tras tragar el chocolate—. Benerice no está jugando. Está ejecutando una orden directa mía. Y si tengo que elegir entre el bienestar de mi equipo y vuestro concepto anticuado de "seriedad", ya sabéis cuál será mi decisión.
Vittorio frunce el ceño, pero sabe que no puede ganar una discusión lógica contra Julian.
—Solo esperamos que no te dejes cegar por la lástima, Julian.
—La lástima es una pérdida de tiempo, Vittorio. Y yo nunca pierdo el tiempo —responde Julian, dándoles la espalda para mirar a Benerice—. Señores, tengo una reunión. Mi esposa también tiene trabajo que hacer.
Cuando los hombres salen, el despacho recupera un silencio distinto. Julian se queda allí, observando a Benerice, que sigue inmóvil tras su escritorio, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada.
—¿Vas a llorar cada vez que alguien mencione a tu hermana? —pregunta él. No es una crueldad, es una demanda de fortaleza—. Porque si es así, Londres será un paraíso comparado con lo que Marcus te hará en la próxima junta.
—Es difícil, Julian… ellos nunca ven lo que hago. Solo ven lo que ella no es —responde ella en un susurro.
Julian se acerca. No la toca, pero su presencia es abrumadora. Se inclina sobre el escritorio, obligándola a mirarlo.
—Yo no te pedí que fueras ella. Te pedí que fueras útil. Y hasta ahora, tus dulces son lo único que ha mantenido a este piso cuerdo esta semana —un destello pícaro asoma en su mirada amargada—. Prepárate. Esta noche cenaremos fuera. Solo nosotros. Sin padres, sin socios.
Benerice parpadea, confundida.
—¿Una cena? ¿Para qué?
—Para evaluar los resultados de tu "estrategia" en un ambiente neutral —responde él, recuperando su tono gélido y demandante—. Y porque estoy cansado de cenar solo con mis pensamientos. Ocho en punto. No llegues tarde, Benerice. No me gusta que la comida se enfríe.
Julian sale del despacho con su habitual elegancia solitaria. Benerice se deja caer en su silla, con el corazón latiendo desbocado. Una cena a solas con Julian. Sin el contrato de por medio, sin la sombra de su familia. Es una oportunidad y, al mismo tiempo, el mayor de sus miedos.
Recuerda una tarde de su adolescencia, cuando Julian la encontró llorando porque sus padres la habían obligado a cederle su habitación favorita a Isabella durante el verano. Julian le había dicho: "El espacio no se pide, Benerice, se ocupa. Si te quedas en el rincón, siempre serás una sombra".
Esta noche, Benerice sabe que tendrá que ocupar su espacio en la mesa de Julian, aunque su timidez le grite que huya de nuevo a la seguridad de su cocina.