Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 14
Vera
La sala de la casa de Dante parecía una junta directiva de película corporativa… pero con más ojeras y menos glamour.
Estábamos reunidos desde hacía horas: los abogados ambientales, el ingeniero de minas, el geólogo especializado en vetas auríferas, el equipo técnico para estudios de suelo, el consultor en impacto social, el experto en seguridad industrial y hasta un asesor en responsabilidad corporativa que hablaba como si cada frase fuera una cláusula legal.
El oro lo cambiaba todo.
La esmeralda era ambición.
El oro… era guerra.
—Necesitamos una licencia específica para explotación aurífera —decía uno de los abogados—. La ambiental ya está renovada para la mina de esmeraldas, pero el oro requiere ampliación del objeto.
—Y estudio de impacto hídrico —agregó el ingeniero—. Si excavamos sin control, afectamos el cauce del río.
—También debemos estructurar un plan social —intervino el consultor—. Generar empleo local antes de que el pueblo empiece a hablar de “saqueo”.
Yo tomaba notas intentando que el cansancio no me venciera.
Dante estaba serio. Concentrado. Dueño del espacio. Cuando discutía negocios, su sarcasmo desaparecía y quedaba algo mucho más peligroso: visión.
—¿Y el problema de seguridad? —preguntó—. Si la información ya está corriendo, no podemos permitir filtraciones internas.
—Protocolos de confidencialidad más estrictos —respondió el abogado—. Y rotación de personal clave.
Asentí.
—También debemos blindar el acceso digital —añadí—. La información geológica no puede circular por correos comunes.
El geólogo sonrió.
—Me gusta cómo piensa, señorita Hyatt.
Iba a responder cuando tocaron la puerta.
Dante se levantó.
Yo, por reflejo, miré hacia el espejo decorativo que colgaba en la pared lateral.
Y la vi.
Marcela.
Estaba demasiado cerca de él. Invadiendo su espacio personal. Dante intentaba retroceder sin hacerlo evidente. Ella le quitó algo de la camisa —una pelusa, imaginé— con una confianza que no me gustó en absoluto.
Entró.
Y entonces me vio.
Su rostro cambió. No sutilmente. Fue evidente.
—Estoy sorprendida… para mal, Dante.
Su tono era dulce. Demasiado dulce.
—Sí, ajá —respondió él, seco—. No es un buen momento.
La tensión en el ambiente se volvió incómoda. Profesionalmente incómoda.
—No puedes quedarte en mi casa, Marcela —continuó Dante—. Por favor.
Ella lo miró como si estuviera actuando en una telenovela de las tres de la tarde.
Se alejaron a hablar en privado.
Yo fingí revisar unos documentos, pero la pregunta se instaló en mi cabeza como una astilla:
¿A Marcela… le gusta Dante?
Cuando regresó, su expresión era neutra.
Continuamos la reunión como si nada hubiera pasado, aunque nada era igual.
A las tres de la mañana, el último abogado se despidió.
El silencio que quedó fue distinto al de la finca. Este era íntimo.
—Me voy —dije, levantándome.
—Quédate.
Lo miré.
—No quiero meterte en problemas.
—¿Con quién? —preguntó.
—No lo sé… —respondí, aunque sabía perfectamente a quién me refería.
—No es lo que crees.
—No he dicho nada.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio. Pero no era incómodo. Era… cargado.
—Está bien —cedí—. Me quedo. Pero necesito ropa.
—Te presto algo.
Subimos las escaleras.
—¿Vives solo? —pregunté.
—Sí.
—¿Y tú? ¿Vives con tu mamá?
—A veces.
—¿Cómo es eso?
Caminamos por el pasillo hasta su habitación.
Y entré en su mundo.
La habitación de Dante era amplia, minimalista. Paredes en tonos grises, una cama king perfectamente tendida, sin cojines decorativos innecesarios. Una biblioteca ordenada con libros de economía, historia, estrategia empresarial. Un escritorio impecable, sin papeles sueltos. Un reloj de acero sobre la mesa de noche. Una lámpara industrial.
Nada superfluo.
Todo funcional.
Olía a madera y a algo más… limpio. Masculino.
Me entregó una camiseta negra y un pantalón de algodón.
—Gracias.
Nos miramos más de lo que debíamos.
—Descansa —dijo.
—Descansa.
Mi corazón latía demasiado rápido para alguien que solo iba a dormir.
Desde la habitación de invitados vi, a lo lejos, la pequeña casa independiente en el jardín.
Pensé en Marcela.
Se veía desesperada cuando llegó.
¿Estaría allí?
Me obligué a no pensar más y me dormí.
A la mañana siguiente me levanté temprano para ir al hotel por mis cosas. Teníamos otra reunión.
Salí en silencio.
—¿Qué haces despierta a esta hora?
La voz de Dante me hizo detenerme.
—¿Y tú qué haces despierto a esta hora?
—Ejercicio.
Y entonces lo noté.
Sin camisa.
Su torso era firme, marcado sin exageración. Abdomen definido, hombros anchos, brazos tensos por el esfuerzo. Una leve línea descendía desde su pecho hasta desaparecer bajo el pantalón deportivo.
Tragué saliva.
Me puse roja.
Ridículamente roja.
—Voy por mis cosas —dije, intentando parecer profesional—. Para continuar la reunión.
Se acercó.
Demasiado.
—Podemos enviar a alguien.
Podía sentir el calor que irradiaba. Su respiración aún acelerada.
—Gracias, pero…
Estábamos muy cerca.
Demasiado cerca.
Y yo no quería que se alejara.
—Dante…
Entonces escuchamos una voz femenina.
—Dante, ¿podemos hablar?
Él se apartó de inmediato.
Y no quería que lo hiciera.
Marcela estaba al final del pasillo.
Con la misma sonrisa dulce.
Pero con los ojos fríos.
Y en ese instante entendí algo que me hizo tensar cada músculo del cuerpo:
Ella no había venido por casualidad.