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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: Rastro de Cenizas

La furgoneta olía a pan viejo y a plástico caliente. Kaeil había tenido que forzar el sistema de arranque con un cableado chapucero que ahora colgaba bajo el salpicadero como entrañas metálicas. Jessica conducía con una mano, la pistola en el hueco entre los asientos, los ojos fijos en la carretera que se desplegaba bajo los primeros claros del alba.

—¿Dónde estamos? —preguntó Kaeil, frotándose los ojos. No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los párpados veía los cuerpos en la habitación del motel.

—Carretera interestatal 95. Rumbo a Richmond. Luego veremos.

—¿Richmond? ¿Por qué?

—Porque es la última coordenada que apareció en los informes de búsqueda de Mateo. Hace tres semanas, alguien con su perfil biométrico intentó alquilar un piso en Richmond. No usó su nombre real, pero la foto de la cámara de seguridad coincidía en un ochenta por ciento.

Kaeil la miró con sorpresa.

—¿Cómo sabes eso? No te he mostrado todos los archivos.

—Porque mientras tú dormías —Jessica esbozó una media sonrisa—, yo miraba por encima de tu hombro. Tengo buena memoria para los detalles.

—Dormía, no. Estaba...

—¿En shock? Ya. Yo también he pasado por eso. La primera vez que maté a alguien estuve tres días sin poder hablar.

—¿Y ahora?

—Ahora es como respirar. No debería serlo, pero lo es.

Kaeil guardó silencio. El paisaje se deslizaba monótono, gasolineras abandonadas, carteles de comida rápida, bosques de pinos que empezaban a clarear con la luz del amanecer. Pensó en Mateo Vásquez, en sus veintidós años, en los trece que tenía cuando vio morir a su familia. ¿Cómo se sobrevive a eso? ¿Cómo se sigue viviendo?

—¿Crees que querrá vernos? —preguntó—. Quiero decir, si lo encontramos. ¿Querrá hablar con nosotros?

—No lo sé. Pero si ha sobrevivido todo este tiempo, es porque es listo. Y desconfiado. No se acercará a cualquiera.

—Entonces, ¿cómo hacemos?

Jessica se encogió de hombros.

—Tendremos que demostrarle que somos de fiar. Y eso significa encontrar algo que él quiera. Algo que le ofrezcamos a cambio de su confianza.

—¿Como qué?

—Como los archivos. Como la oportunidad de limpiar el nombre de su familia. O como una bala en la cabeza del senador, si eso es lo que necesita.

Kaeil sintió un escalofrío. La forma en que Jessica dijo aquello, tan natural, tan fría, le recordó que la mujer que había compartido su cama horas antes era la misma que había matado a dos hombres sin pestañear.

—No podemos ofrecerle eso —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque si matamos a Crawford, nos convertimos en lo mismo que ellos. Asesinos. Y Mateo merece algo mejor. Merece justicia de verdad, no venganza.

Jessica soltó un bufido.

—La justicia de verdad no existe, Kaeil. Ya te lo dije. Lo único que existe es el poder. Y el poder se toma, no se pide.

—Entonces, ¿para qué buscas a Mateo? ¿Para usarlo como arma?

Ella frenó en seco. La furgoneta derrapó ligeramente antes de detenerse en el arcén. Kaeil se agarró al salpicadero, el corazón en un puño.

—Escúchame bien —dijo Jessica, y su voz era un cuchillo—. Yo no uso a la gente. Nunca lo he hecho. Podría haberte dejado morir en el loft, podría haberme llevado los archivos y venderlos al mejor postor. Pero no lo hice. ¿Sabes por qué?

Kaeil negó con la cabeza, sin atreverse a hablar.

—Porque tú me miraste como si yo fuera algo más que una asesina. Porque me hiciste sentir que lo que pasó con Fénix importa. Que mi equipo no murió en vano si alguien sabe la verdad. Y ahora vas a decirme que lo que quiero es usar a Mateo.

Se quedó callada, la respiración agitada. Kaeil vio algo en sus ojos que no había visto antes: lágrimas. No llegaban a caer, pero estaban ahí, brillando en la penumbra del amanecer.

—Lo siento —susurró él—. No quise decir eso.

—Pues lo dijiste.

—Fui un idiota. Estoy cansado, tengo miedo, y no sé cómo manejar todo esto. Pero no creo que seas una monstruo. Creo que eres una persona buena a la que le pasaron cosas malas.

Jessica se rió, pero no era una risa alegre.

—¿Buena? No sé si alguien que ha matado a tantas personas puede llamarse buena.

—No es lo que has hecho. Es lo que haces ahora. Estás aquí, conmigo, arriesgando tu vida por un desconocido. Eso es bueno. Eso es más de lo que la mayoría haría.

Ella lo miró largamente. Luego, sin decir nada, volvió a poner la furgoneta en marcha y continuaron la marcha.

El sol ya había salido del todo cuando llegaron a las afueras de Richmond. Jessica aparcó la furgoneta en un área de servicio abandonada, medio oculta entre maleza y carteles oxidados.

—Aquí estaremos seguros unas horas —dijo—. Necesito dormir. Tú también.

—No puedo —protestó Kaeil.

—Puedes. Y vas a hacerlo. Porque si no descansas, cometerás errores. Y los errores nos matan.

Se recostaron en los asientos delanteros, tan cerca que sus hombros se tocaban. Kaeil sintió el calor de Jessica, su respiración acompasada. Poco a poco, el agotamiento pudo con él y se quedó dormido.

Soñó con fuego. Con una casa ardiendo en mitad de la noche, y un niño corriendo, siempre corriendo, sin mirar atrás. Soñó con archivos que llovían del cielo como cenizas, y con una mujer de ojos verdes que le tendía la mano.

Despertó sobresaltado. El sol estaba alto, las sombras cortas. Jessica ya no estaba a su lado.

El corazón le dio un vuelco. Miró alrededor, presa del pánico. La mochila seguía en el asiento trasero. El portátil, en su regazo. Pero Jessica...

La puerta de la furgoneta se abrió y ella apareció con dos botellas de agua y una bolsa de plástico.

—Desayuno —dijo, lanzándole la bolsa—. Croissants de gasolinera. No te quejes.

Kaeil la atrapó al vuelo, aliviado.

—¿Dónde estabas?

—A echar un vistazo. Hay una cabina de teléfono al lado de la gasolinera. Usé una tarjeta prepago para llamar a un contacto.

—¿Un contacto?

—Un periodista. De los buenos. Trabaja para un medio independiente, ha destapado varios casos de corrupción. Si logramos encontrar a Mateo, él puede ayudarnos a contar la historia.

—¿Y confías en él?

—No. Pero confío en su odio al gobierno. Es suficiente.

Kaeil asintió, mordisqueando un croissant grasiento. No estaba mal para ser de gasolinera.

—¿Y ahora qué?

—Ahora vamos a la dirección donde intentó alquilar el piso. Es una zona residencial, al sur de la ciudad. Hablaremos con el casero, veremos si podemos conseguir más información.

—¿Y si el casero avisa a la policía?

—No lo hará. Llevaré efectivo. Mucho. La gente habla por efectivo.

Terminaron de desayunar y reanudaron la marcha. La zona residencial resultó ser un barrio obrero de casas bajas, con jardines descuidados y coches viejos aparcados en las calles. La dirección los llevó a una casa de ladrillo visto con un cartel de "Se alquila" en la ventana.

—Tú esperas aquí —dijo Jessica—. Vigila.

Salió de la furgoneta y se acercó a la puerta. Kaeil la vio llamar, hablar con un hombre mayor que asomó la cabeza, y desaparecer dentro.

Pasaron diez minutos. Quince. Kaeil empezaba a impacientarse cuando la puerta se abrió de nuevo y Jessica salió, acompañada del hombre. Intercambiaron un apretón de manos y ella volvió a la furgoneta.

—¿Y bien? —preguntó Kaeil.

—El chico que buscamos estuvo aquí. Pagó tres meses por adelantado en efectivo. Se hizo llamar Miguel Romero. Dijo que era mexicano, que trabajaba en la construcción. El casero no sospechó nada.

—¿Y dónde está ahora?

—Se fue hace dos semanas. Dijo que tenía que volver a México por una emergencia familiar. Pero el casero me ha dado esto.

Jessica mostró un trozo de papel con una dirección escrita a mano.

—¿Qué es?

—Una nota que encontró en la habitación después de que se fuera. Pensó que era basura, pero la guardó por si acaso. Dice: "Si alguien pregunta por mí, que busque en el lago."

—¿El lago? ¿Qué lago?

—Hay varios en la zona. Pero el más cercano es el lago Anna, a unos cuarenta minutos. Zona turística, casas de veraneo, bosque. Buen sitio para esconderse.

Kaeil sintió una chispa de esperanza.

—¿Crees que estará allí?

—Puede. O puede ser una trampa. Pero es lo único que tenemos.

Pusieron rumbo al lago Anna. La carretera se volvió más sinuosa, rodeada de árboles y pequeñas urbanizaciones. El lago apareció de repente, una extensión de agua azul brillando bajo el sol de la tarde.

—¿Y ahora? —preguntó Kaeil—. ¿Cómo encontramos a alguien que no quiere ser encontrado?

Jessica estacionó la furgoneta en un área de picnic casi vacía.

—Pensemos —dijo—. Si yo fuera un fugitivo con veintidós años, buscado por el gobierno, ¿dónde me escondería?

—En un lugar con poca gente. Donde pueda verme venir a cualquiera. Con acceso a agua y comida.

—Y con salida rápida por si algo sale mal.

Miraron alrededor. El lago estaba rodeado de casas dispersas, la mayoría con muelles privados. Algunas parecían habitadas todo el año, otras eran claramente de veraneo, con ventanas tapiadas y jardines descuidados.

—Ahí —dijo Kaeil, señalando una casa algo apartada de las demás, al final de un camino de tierra, rodeada de árboles. Tenía un muelle pequeño y una lancha motora atada.

—Buena elección —aprobó Jessica—. Vamos a echar un vistazo.

Dejaron la furgoneta y se adentraron en el bosque, rodeando la casa para no ser vistos. Jessica se movía como una sombra, silenciosa, alerta. Kaeil intentaba imitarla pero cada rama que pisaba parecía un trueno.

—Quieto —susurró ella de repente, agarrándolo del brazo.

Kaeil se detuvo. A lo lejos, entre los árboles, vio movimiento. Una figura. Un hombre joven, moreno, con el pelo oscuro y ropa de faena. Estaba cortando leña junto a la casa, el hacha subiendo y bajando con ritmo regular.

—¿Es él? —preguntó Kaeil en un susurro.

—No puedo ver bien la cara. Demasiado lejos.

—¿Qué hacemos?

—Esperamos. Observamos.

Pasaron casi una hora escondidos entre los arbustos, vigilando. El hombre terminó de cortar leña, apiló los troncos junto a la pared y entró en la casa. Unos minutos después salió con una caña de pescar y se dirigió al muelle.

—Ahora —dijo Jessica—. Nos acercamos por detrás. Tú te quedas aquí. Si algo sale mal, corres y te escondes. No esperes, no mires atrás. ¿Entendido?

—Entendido.

Jessica desapareció entre los árboles. Kaeil la perdió de vista casi de inmediato. El corazón le latía con fuerza. Contó los segundos, los minutos. La tensión lo estaba matando.

De repente, vio al hombre en el muelle incorporarse de un salto. El hacha que había usado para la leña estaba ahora en su mano. Jessica había aparecido detrás de él, con la pistola en alto.

—¡Tranquilo! —oyó gritar a Jessica—. No voy a hacerte daño.

—¿Quién eres? —la voz del hombre llegó hasta Kaeil, tensa, aterrada—. ¿Quién te envía?

—Nadie me envía. Vine por mi cuenta. Necesito hablar contigo. Eres Mateo Vásquez, ¿verdad?

El hombre dudó. Kaeil podía verlo desde su escondite, la postura defensiva, el hacha lista para golpear.

—No sé de qué hablas.

—Sé quién eres. Sé lo que pasó en Siria. Tengo los archivos de la Operación Fénix. Y tengo a alguien que quiere ayudarte.

—¿Ayudarme? —la risa del hombre fue amarga—. La última vez que alguien quiso ayudarme, mi familia murió.

—No soy como ellos. Mírame. ¿Crees que si quisiera matarte ya no lo habría hecho? Podría haberte disparado desde los árboles. Pero no lo hice. Porque necesito que confíes en mí.

Hubo un largo silencio. Luego, lentamente, el hombre bajó el hacha.

—¿Qué archivos? —preguntó.

—Los originales. Los informes, las órdenes, las fotografías. Todo. Incluso la orden firmada por Crawford.

Al oír ese nombre, el hombre se estremeció.

—Crawford —repitió, y su voz era un susurro lleno de odio—. Ese hijo de puta.

—Podemos hundirlo. Pero necesitamos tu ayuda. Necesitamos que hables. Que cuentes tu historia.

—¿Para qué? ¿Para que me maten? ¿Para que desaparezca como mi padre, como mi madre, como mi hermana?

—Para que no hayan muerto en vano.

Otra pausa. Luego, el hombre se volvió hacia la casa y gritó algo en español. Kaeil no entendió las palabras, pero sí el tono. Era una llamada.

La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer joven, morena, con un niño pequeño en brazos.

Kaeil sintió que el corazón se le paraba. No era solo Mateo. Tenía una familia. Había formado una vida.

—Puedes salir —oyó decir a Jessica—. El que te habló de los archivos. Puedes salir.

Kaeil dudó un instante, luego salió de entre los arbustos con las manos en alto, en señal de paz. Se acercó lentamente al muelle, sintiendo la mirada de Mateo clavada en él.

—Soy Kaeil —dijo—. Kaeil Grahan. Fui quien encontró los archivos. Y juro por lo que más quiero que solo queremos ayudar.

Mateo lo miró largamente. Luego miró a Jessica, a la mujer en la puerta, al niño.

—Pasad —dijo al fin—. Pero si esto es una trampa, juro que os mataré con mis propias manos.

Entraron en la casa. La puerta se cerró tras ellos, y por un momento, solo se oyó el rumor del lago y el canto de los pájaros.

Pero en la distancia, en la carretera que bordeaba el lago, una furgoneta negra acababa de detenerse. Y de ella bajaban hombres con auriculares y armas largas.

La cacería no había hecho más que empezar.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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