Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.
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Capítulo 9 — Capas
El cansancio no llegó de golpe.
Se fue acumulando.
Primero, esa sensación áspera en los ojos cuando Cael se quitó las botas en el pasillo del departamento. Después, el peso en los hombros, como si alguien le hubiera apoyado las manos allí y no pensara retirarlas. Al final, el temblor leve en los dedos cuando intentó abrir la llave del agua y tardó un segundo en coordinar el giro.
Ese segundo le molestó más que el dolor.
Dejó correr el agua fría y se inclinó sobre el lavamanos. El espejo no devolvía la imagen de alguien que hubiera “contenido una amenaza”. Devolvía a un hombre con ojeras nuevas, piel pálida y una sombra azulada en el hombro donde la anomalía lo había alcanzado.
Pasó los dedos por la marca.
Retiró la mano rápido.
La sensación del contacto todavía estaba ahí. Ese frío que no era temperatura.
—Estoy bien —murmuró.
No sonó convencido.
Se secó la cara y fue a la cocina. No tenía hambre, pero sabía que ignorarlo iba a cobrarle factura de madrugada. Preparó algo sencillo, comió sin encender la luz principal y escuchó el murmullo de un televisor en el edificio de enfrente. Afuera, una sirena cruzó la avenida.
El teléfono vibró.
No lo tomó enseguida.
Cuando finalmente lo giró, el remitente era la Asociación.
“Necesitamos informe detallado de su intervención. Mañana.”
Nada agresivo.
Nada urgente.
Solo esa sensación de que su tiempo ya no era completamente suyo.
Dejó el teléfono boca abajo.
Apoyó los codos en la mesa.
No estaba enojado.
Estaba cansado de que cada cosa que hacía generara una consecuencia nueva antes de que pudiera entender la anterior.
El Sistema apareció en el borde de su visión.
[Estado: Estable.]
[Experiencia acumulada: 14%.]
[Recomendación: Descanso prolongado.]
—Siempre llegas tarde —murmuró.
Se dejó caer en la cama sin ducharse.
Durmió mal.
Sueños cortados: pasillos que se estrechaban, focos que parpadeaban sin apagarse nunca, puertas que se cerraban demasiado rápido.
Se despertó con el sonido de un colectivo frenando en la avenida.
Durante un segundo no supo dónde estaba.
Ese segundo lo inquietó.
Se sentó despacio. El hombro estaba rígido. Se vendó con movimientos medidos, evitando tensar de más. La Tenacidad del Caído amortiguaba el dolor, sí, pero no evitaba la rigidez ni la fatiga profunda que empezaba a instalarse.
Bajó por café.
En el pasillo se cruzó con la vecina del tercer piso, la que siempre lo saludaba como si lo hubiera visto crecer.
—Anoche hubo ruido —comentó ella.
—Sí. Fue lejos.
Ella lo miró con atención, como si notara algo distinto en su postura.
No preguntó más.
A veces el silencio es respeto.
El informe le tomó más tiempo del que pensaba.
No por redactar.
Por decidir qué omitir.
Describió horarios, ubicación, comportamiento de la anomalía.
No describió la sensación de frío atravesándole el hombro.
No describió la vecina del sillón mirando sin estar ahí.
No describió el peso de llegar antes que la Asociación.
Envió el archivo y dejó el teléfono sobre la cama.
El Equipo Gris llamó al mediodía.
—Encargo pequeño —dijo Lara—. Nada urgente.
—Voy —respondió.
La respuesta salió automática.
Eso le llamó la atención.
—No te apures —añadió ella—. Si no estás, lo dejamos.
Cael miró la luz entrando por la ventana.
No estaba entero.
Pero tampoco quería quedarse quieto.
—Estoy —repitió.
La escuela abandonada no parecía peligrosa.
Parecía triste.
Ventanas rotas. Pizarras cubiertas de polvo. Papeles viejos pegados a las paredes.
Ese tipo de lugar donde el eco exagera cualquier ruido.
La primera anomalía no atacó de frente.
Empujó puertas. Arrastró cosas. Intentó separar.
—No persigan —ordenó Maira por el comunicador—. Mantengan visual cruzada.
Cael se quedó cerca de la escalera.
Cuando la sombra apareció, no fue un salto. Fue un deslizamiento.
Activó el Filo con discreción. La luz azul apenas delineó la hoja.
El primer corte la fragmentó.
Pero no desapareció.
—Son fragmentos —dijo Cael—. Está repartida.
—Cierren sectores —respondió Ivo.
La pelea fue desordenada.
No espectacular.
Un resbalón en el piso húmedo. Una puerta que se cerró de golpe. Un golpe que no fue grave pero sí suficiente para recordar que el cuerpo tiene límites.
El hombro protestó.
Cael frenó medio segundo.
Respiró.
—No te fuerces —dijo Lara.
—No lo hago.
Y esta vez era cierto.
Atacó cuando tuvo el ángulo.
Cerró el flanco cuando Ivo quedó abierto.
La última sombra se disipó sin ruido.
La escuela volvió a ser solo polvo suspendido en la luz.
Afuera, dos vecinos miraban desde la esquina.
No aplaudieron.
Pero se quedaron hasta que el equipo salió.
Eso era otra forma de agradecer.
En la camioneta de regreso, el silencio era cómodo.
No pesado.
—Si algún día me ven más torpe que de costumbre —dijo Cael de pronto—, díganmelo.
Lara lo miró de reojo.
—¿Eso es inseguridad o madurez?
—Prevención.
Ivo soltó una risa breve.
—Te lo vamos a decir. No prometemos suavidad.
—No la quiero.
Maira asintió apenas.
—Bien.
Cael no sonrió.
Pero sintió algo más estable que el día anterior.
Esa noche, otro mensaje de la Asociación.
“Se programará evaluación médica la próxima semana.”
Lo leyó dos veces.
No respondió.
No era rebeldía.
Era necesidad de espacio.
Se sentó en el suelo del departamento, la espada apoyada en las rodillas.
La hoja estaba apagada.
Pasó el pulgar por el lomo del metal con cuidado.
—No me conviertas en algo que no quiero ser.
El Sistema apareció.
[Experiencia acumulada: 41%.]
[Aviso: Exposición repetida a inestabilidades incrementa carga del Núcleo.]
[Recomendación: Recuperación supervisada.]
Cael sostuvo la mirada invisible.
Carga del Núcleo.
Eso no estaba antes.
El cansancio no era solo físico.
Era acumulativo.
Cerró los ojos.
No quería ser tendencia.
No quería ser expediente.
Quería ser alguien que vuelve a casa, se quita las botas y siente que el día terminó.
No sabía si el mundo que habitaba permitía eso.
Pero por ahora, seguía intentándolo.
Y esa decisión —pequeña, obstinada— era lo único que aún no le habían pedido que entregara.