Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Noche de fantasías
La casa estaba en silencio, un silencio tan denso que parecía pesar sobre las paredes. Eran las once y media, y Mathews no había llegado todavía. La costumbre de esperarlo se había vuelto un ritual doloroso: mirar el reloj, intentar leer, distraerme con cualquier cosa… hasta aceptar que me dormiría sola, como casi siempre.
En mi habitación, la luz tenue de la lámpara bañaba la estancia con un resplandor dorado. Me recosté contra los cojines con un libro entre las manos, pero leía sin entender nada. Las palabras se deslizaban frente a mis ojos sin dejar rastro. Cerré el libro de golpe, harta de fingir concentración, y me quité la bata de seda. La tela cayó al suelo con un susurro suave.
Me quedé en la lencería fina que había elegido casi por costumbre. No para él. No esa noche. Quizá para recordarme que aún podía sentirme viva.
Me acomodé bajo las sábanas. El satén frío contra mi piel desnuda me hizo estremecer. Cerré los ojos.
El sueño llegó lento.
Al principio, era Mathews. El Mathews de antes. El que me miraba como si yo fuera su refugio. Sentía su peso sobre mí, sus manos recorriendo mi cintura con ternura. Sus labios besaban los míos con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Suspiré en el sueño.
Su boca descendía por mi cuello, lenta, conocida. Mi cuerpo reaccionaba con nostalgia más que con deseo. Era un anhelo dulce, una memoria.
Pero algo cambió.
El ritmo.
La intensidad.
La forma en que me sostenía.
Cuando abrí los ojos dentro del sueño, no eran los ojos azules de mi esposo los que me miraban.
Eran grises.
Profundos.
Imposibles de ignorar.
Jonathan.
El reconocimiento fue inmediato, como un latigazo eléctrico. No sentí miedo. Sentí vértigo.
Su mirada no era dulce. Era firme. Intensa. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo al reemplazar la figura de mi esposo en mi propio sueño.
—Victoria… —murmuró, y mi nombre en su voz fue una caricia distinta, más grave, más cargada.
Mis manos no lo apartaron.
Al contrario.
Se aferraron a su espalda como si temiera que desapareciera.
Su boca me besó con una urgencia contenida, profunda, que me hizo olvidar cualquier otra sensación previa. No había ternura. Había hambre. Una conexión eléctrica que no pedía permiso.
—No deberías soñarme —susurró contra mis labios.
—Entonces deja de mirarme así… —respondí, aunque no sabía si lo decía en el sueño o en mi propia conciencia.
Su risa baja vibró en mi pecho.
—No te obligo a sentir nada.
Pero mi cuerpo lo contradecía.
Su aliento ardiente me quemaba, sus manos fuertes recorrían mi piel con la seguridad de quien sabe que será correspondido. Su boca descendía, rozando mis pechos, atrapando un pezón entre sus labios, arrancándome un gemido que se perdió en la oscuridad del sueño. Sentí mi cuerpo estremecerse, rendido.
Él bajó más, despacio, torturándome con esa lentitud cargada de dominio. Yo lo permitía, lo anhelaba. Cada beso en mi abdomen era un recordatorio de lo prohibido, de lo imposible, y sin embargo... era lo más real que había sentido en mucho tiempo.
—Dilo… —pidió en un susurro cercano a mi oído—. Dime que me quieres aquí.
Mi pecho subía y bajaba con dificultad.
Yo iba a responder.
Sus dedos me acariciaron suavemente entre las piernas, y el calor que explotó dentro de mí me hizo jadear. Mi cuerpo reaccionaba como si lo hubiera estado esperando, como si siempre hubiera sido él. Me aferré a sus hombros, temblando, rogando en silencio por más.
Jonathan se acomodó entre mis muslos abiertos, su mirada fija en la mía, retadora, posesiva. El roce de su erección me arrancó un gemido ronco. Sentía mi humedad palpitar, la necesidad desbordándose. La sensación era tan vívida que me juraba estar despierta.
Iba a cruzar una línea incluso dentro de mi propio sueño.
Y desperté.
Abrí los ojos de golpe, jadeando.
La habitación estaba oscura. La luz de la calle se filtraba en líneas tenues entre las cortinas. Mi corazón golpeaba con violencia contra mis costillas.
Mi piel ardía.
Mi respiración era irregular.
Sentía el eco del beso en mis labios, como si realmente hubiera ocurrido.
Giré lentamente la cabeza.
Ahí estaba Mathews.
Dormía profundamente a mi lado, de espaldas a mí, ajeno al caos que me recorría. Su respiración era estable, tranquila. El contraste me golpeó con brutalidad.
Llevé la mano a mi boca.
Luego la dejé caer sobre mi pecho, intentando regular el latido acelerado.
¿Cómo podía mi mente traicionarme de esa manera?
¿Cómo podía mi cuerpo reaccionar con esa intensidad por otro hombre?
Cerré los ojos con fuerza, pero la imagen regresó. Los ojos grises. La seguridad. La forma en que pronunciaba mi nombre.
Me incorporé lentamente, incapaz de seguir allí.
Deslicé las piernas fuera de la cama con cuidado de no despertarlo. Tomé la bata del suelo y me la coloqué con manos aún temblorosas.
Salí de la habitación.
El pasillo estaba frío. El silencio de la casa a esa hora tenía algo confesional, como si las paredes supieran demasiado.
Bajé a la cocina.
Encendí una luz tenue. El mármol de la encimera estaba helado bajo mis dedos. Abrí el refrigerador solo para sentir algo distinto, cualquier cosa que me anclara a la realidad.
Saqué una botella de agua.
Mis manos seguían temblando.
Me serví un vaso y bebí despacio, intentando enfriar el incendio interno que persistía en mi piel.
Apoyé ambas manos en la encimera y bajé la cabeza.
—No puede estar pasándome esto… —susurré al vacío.
Era absurdo.
Ridículo.
Había visto a ese hombre un par de veces. Habíamos intercambiado miradas, algunas palabras cargadas de doble intención. Nada más.
Y, sin embargo, mi mente lo había colocado en el lugar más íntimo que existía: mis sueños.
Me enderecé y caminé hacia la isla de la cocina. Me senté en uno de los bancos altos, cruzando las piernas, sintiendo todavía un leve temblor recorrerme.
No era solo deseo.
Era la forma en que me hacía sentir.
Vista.
Desafiada.
Recordada.
Jonathan no había tocado más que mi mano y mi espacio personal… pero su mirada me había tocado en lugares donde llevaba años sintiéndome invisible.
—Es solo atracción —me dije en voz baja—. Nada más.
Pero la negación no sonó convincente.
Lo que me perturbaba no era el sueño en sí.
Era lo que revelaba.
Que había una parte de mí despierta. Hambrienta. Necesitada de algo más que rutina y silencios compartidos.
Apoyé la frente en mis manos.
No podía creer que ese hombre —seguro, arrogante, peligrosamente observador— estuviera despertando en mí sensaciones que creía enterradas.
No podía creer que mi propio cuerpo lo hubiera elegido en el territorio donde no existen máscaras.
Me levanté y caminé hasta el ventanal de la cocina. Afuera, Atlanta dormía bajo luces lejanas.
Yo, en cambio, estaba completamente despierta.
Y por primera vez en mucho tiempo, no era la culpa lo que más me asustaba.
Era el hecho de que, en lo más profundo, una parte de mí no se arrepentía de haberlo soñado.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰