La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una variable inesperada
Salgo al día siguiente por la tarde con la firme intención de hacer algo sencillo, tranquilo y completamente libre de hombres misteriosos con complejos teatrales. El universo, por supuesto, se ríe en mi cara.
La feria está en pleno apogeo. Música alta, risas exageradas, vendedores anunciando milagros fritos en aceite dudoso y un aroma dulzón que se pega a la ropa y al alma. Camino despacio entre los puestos, con las manos cruzadas detrás de la espalda, fingiendo que soy una joven noble respetable y no alguien que considera seriamente robarse un postre y huir.
Me detengo frente a un puesto.
—Uno de esos —le digo al vendedor, señalando algo crujiente y sospechoso.
—¿Sabe qué contiene? —pregunta.
—Prefiero que no me lo digas —respondo.
Pago, muerdo y sonrío. El destino, una vez más, no me decepciona. Continúo caminando mientras observo a la gente. Me siento extrañamente ligera. Normal. Casi feliz. Lo cual debería haber sido la primera señal de advertencia.
La música cambia. Algo más rápido, más animado. Mis pies reaccionan antes que mi sentido común.
—No —me digo—. No lo hagas.
Lo hago.
Bailo. No demasiado, pero lo suficiente como para incomodar a una señora mayor y provocar risas en un grupo de jóvenes. Les dedico una inclinación exagerada. El arte debe respetarse.
Después de un rato, el ruido me cansa. Me alejo de la feria por un sendero lateral, buscando silencio. El bullicio queda atrás y el aire se vuelve fresco. Camino sin pensar demasiado hasta que el camino se abre y aparece un pequeño lago.
Perfecto.
Me siento sobre una roca, mirando el agua tranquila. Doy otro mordisco a mi aperitivo y suspiro.
—Esto sí es paz —murmuro.
—Coincido.
Casi me ahogo.
Giro la cabeza de golpe y lo veo. A pocos pasos. Capucha oscura, máscara negra, postura relajada como si no acabara de aparecer de la nada para provocar un infarto.
—¡¿Qué demonios?! —exclamo—. ¿De dónde saliste?
—Del sendero —responde con calma irritante.
—Imposible. Yo habría escuchado.
—Estabas distraída —dice—. Bailabas.
Lo miro fijamente.
—¿Me estabas mirando antes del baile?
—Antes y después.
—Eso no responde a mi pregunta —replico—. ¿Por qué apareciste antes de que bailara?
Se queda en silencio un segundo, como si evaluara cuánto decir.
—Porque te vi llegar a la feria —responde—. Y decidí quedarme cerca.
Cruzo los brazos.
—Eso se llama seguir a alguien, señor oscuridad.
Inclina la cabeza, divertido.
—Y tú sigues llamándome así.
—Te cubres la cara, vistes como una amenaza andante y apareces sin hacer ruido. ¿Qué esperabas?
—Esperaba creatividad —dice—. Y no me decepcionaste.
Resoplo.
—No sabía que estabas ahí.
—Lo sé.
—Eso no mejora tu caso.
—Nunca he tenido un buen caso.
Se acerca un poco y se sienta a una distancia prudente. Lo observo con atención. No parece peligroso. Eso, por experiencia, suele ser cuando más lo son.
—No sabía que te gustaban las ferias —digo.
—No me gustan.
—Entonces, ¿por qué estabas ahí?
—Porque tú estabas ahí.
Lo miro de reojo.
—Eso fue inquietantemente directo.
—La honestidad ahorra tiempo.
Apoyo los codos en las rodillas.
—¿Siempre apareces así o tengo un talento especial para atraer sombras con piernas?
—Solo cuando vale la pena.
—Qué alivio —murmuro—. Entonces dime, señor oscuridad, ¿vas a seguir acechándome en silencio o planeas hablar como una persona normal?
—Kael.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Mi nombre —dice—. Kael.
Lo observo con desconfianza.
—¿Y por qué me lo dices?
—Porque tú me diste uno —responde—. Señor oscuridad.
—Eso era sarcasmo.
—Lilith también.
Me tenso.
—No me llamo así.
—Lo sé —dice con calma—. Te llamas Lithya.
Lo fulmino con la mirada.
—Entonces no uses nombres que no son míos.
—Pero tú empezaste —replica—. Si me llamas señor oscuridad, yo te llamo Lilith. Reina del inframundo. Me pareció justo.
—Eres insoportable.
—Gracias.
Suspiramos casi al mismo tiempo. El lago sigue tranquilo, como si no estuviera presenciando una conversación cuestionable.
—¿Vas a decirme por qué realmente apareciste antes del baile? —insisto.
Me mira. Sus ojos rojos brillan levemente.
—Porque quería verte sin ruido alrededor —responde—. Sin miradas. Sin expectativas.
Trago saliva.
—Eso no es menos inquietante.
—Nunca dije que lo fuera.
Miro el agua, luego a él.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dice, poniéndose de pie—, caminamos un poco. O bailamos. O fingimos que esto es normal.
—Nada de esto es normal.
—Exacto.
Me extiende la mano.
—¿Bailarías conmigo, Lilith?
Lo miro, incrédula.
—No hay música.
—La imaginamos.
Dudo. Suspiro.
—Esto es una pésima idea.
—Las mejores siempre lo son.
Tomo su mano.
Y, por primera vez, no me importa no saber qué sombra estoy invitando a mi vida.
Bailo.
O algo parecido a bailar, porque no hay música y aun así mis pies se mueven como si el mundo hubiera decidido tocar una melodía solo para nosotros. El lago refleja el cielo, los árboles murmuran con el viento y Kael guía mis pasos con una facilidad irritante. Demasiada. Como si supiera exactamente cuándo girarme, cuándo acercarme, cuándo dejar el espacio justo para que no huya.
Eso es lo que me delata.
El recuerdo.
El beso.
No debería pensar en eso ahora. No aquí. No con él tan cerca. Pero mi traicionera memoria decide proyectarlo con lujo de detalles. El roce de sus labios, la sorpresa inicial, la forma en que su mano me sostuvo como si no pensara soltarme jamás. El calor. El descaro. Mi descaro.
Me sonrojo.
Lo siento de inmediato. El calor sube por mis mejillas como si mi cuerpo gritara culpable sin juicio previo.
Kael lo nota.
Por supuesto que lo nota.
Inclina un poco la cabeza y su voz baja apenas un tono.
—¿Te estás sonrojando, Lilith?
Aprieto la mandíbula.
—No me llames así.
—Pero te queda bien.
—Estoy considerando empujarte al lago.
—Sería una muerte digna.
—No bromees con eso.
—No bromeo.
Genial. Fantástico. Perfecto para calmar mis nervios.
Sigo moviéndome, concentrándome en no pisarle los pies, aunque una parte de mí está demasiado consciente de la distancia entre nuestros cuerpos. O mejor dicho, de lo poca que es. Mi mano descansa en la suya y la otra se apoya en su hombro. Su mano en mi cintura es firme, cálida, peligrosa para mi autocontrol.
Esto es una pésima idea.
—Te pusiste tensa —dice de pronto.
—No.
—Sí.
—No.
—Estás pensando demasiado.
Lo miro.
—¿Siempre eres así de observador o es un talento reservado para incomodar mujeres nobles?
—Solo a las que bailan conmigo junto a lagos.
—Ah, entonces es un nicho.
Da una risa baja.
—¿En qué piensas? —pregunta.
Trago saliva.
—En… nada importante.
—Mientes mal.
—No te debo sinceridad.
—Nunca dije que sí.
Giramos lentamente. Mis pasos se vuelven torpes por un segundo y él me sostiene con naturalidad, acercándome más de lo necesario. Demasiado cerca. Mi corazón da un salto estúpido.
Maldito recuerdo.
El beso vuelve a cruzar mi mente y esta vez no logro expulsarlo. Recuerdo cómo tomé la iniciativa, cómo lo sorprendí, cómo su rigidez inicial se rompió en un instante. Cómo respondió. Cómo me hizo olvidar que estaba siendo imprudente.
Me arde la cara.
Kael se detiene.
—Definitivamente estás sonrojada.
—Cállate.
—Interesante.
—No es interesante.
—Lo es cuando no sé la razón.
Aprieto los labios.
—No preguntes.
—Ahora quiero hacerlo más.
—Es una pésima costumbre.
—Me han dicho cosas peores.
Se inclina un poco, lo justo para que su voz solo sea para mí.
—¿Tiene que ver conmigo?
Mi silencio es respuesta suficiente.
Se queda quieto un segundo. No se burla. No sonríe. Eso me inquieta más que cualquier broma.
—Lilith —dice con suavidad—, no te incomoda, ¿verdad?
Lo miro de golpe.
—¿Qué?
—Lo que pasó —aclara—. No quiero que pienses que crucé un límite.
Abro la boca, la cierro, la vuelvo a abrir.
—No —respondo al fin—. No me incomoda.
—Entonces…
—Pero tampoco lo estoy procesando con normalidad —añado—. Así que no te emociones.
Una leve risa vibra en su pecho.
—Jamás me emocionaré con facilidad.
—Eso suena a mentira ensayada.
—Tal vez.
Retomamos el movimiento. El baile vuelve a fluir, más lento ahora. Más consciente. El silencio pesa distinto. No es incómodo, pero sí cargado.
—Kael —digo de pronto.
—Dime.
—¿Por qué realmente estabas en la feria?
No responde de inmediato. Sus pasos no se detienen, pero su atención se afila.
—Te lo dije.
—Me diste una versión elegante.
—La verdad suele ser menos amable.
—Inténtalo.
Suspira.
—Porque sabía que saldrías.
Me tenso.
—¿Cómo?
—Hay cosas que se saben —dice—. Movimientos. Ritmos. Personas que no soportan estar encerradas.
—Eso no responde nada.
—Responde más de lo que crees.
Me separo un poco y lo miro a los ojos.
—No me gusta sentir que alguien me observa sin que yo lo sepa.
—Lo entiendo.
—No lo parece.
—Porque no huyo de lo que quiero ver.
La respuesta me deja sin palabras por un segundo. Maldición. Odio cuando dicen cosas que suenan profundas sin pedir permiso.
—No soy un espectáculo —digo.
—Nunca lo pensé así.
—Entonces, ¿qué soy?
Kael se detiene por completo. Me sostiene con una mano, la otra aún entrelazada con la mía.
—Eres una variable inesperada —responde—. Y eso me agrada.
Genial. Ahora soy una variable. Qué romántico.
—Eso no es un cumplido —murmuro.
—Para mí lo es.
Nos miramos en silencio. El lago permanece inmóvil, como si estuviera conteniendo la respiración con nosotros.
—Esto no debería pasar —digo al fin.
—Probablemente no.
—Va a traer problemas.
—Definitivamente.
—Entonces deberíamos parar.
No se mueve.
—Sí.
Ninguno lo hace.
Suspiro, derrotada.
—Eres un desastre.
—Y tú bailas conmigo de todos modos.
Lo odio un poco.
Tal vez demasiado poco.