Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 11:La sangre que no recuerda
La noche cayó sobre Valenrith como un manto pesado.
Aelion permanecía despierto, sentado junto a la ventana de la posada. La luz de la luna se filtraba débilmente, iluminando sus manos temblorosas. El colgante descansaba entre sus dedos, tibio, casi vivo.
Desde que había visto aquella carreta, algo en su interior no había dejado de agitarse.
No era miedo.
Era reconocimiento.
Como si mi alma ya hubiera estado allí, pensó.
Encerrada. Silenciada.
—No has dormido —dijo Kael desde la penumbra.
Aelion alzó la vista. Kael se había quitado el abrigo oscuro; sin la armadura ni los símbolos imperiales, parecía solo un hombre cansado… pero sus ojos seguían siendo los de alguien que había visto demasiado.
—No puedo —admitió Aelion—. Siento que… si cierro los ojos, algo se perderá.
Kael se acercó despacio.
—¿El pasado? —preguntó.
—O el futuro —respondió Aelion con una leve sonrisa triste.
Kael se sentó frente a él.
Durante un instante, ninguno habló.
—En la novela —dijo Aelion de pronto— nunca explicaban por qué el emperador permitió todo esto.
Kael no apartó la mirada.
—¿Y qué decía de mí?
Aelion dudó.
—Que eras cruel. Que gobernabas con mano de hierro. Que no escuchabas al pueblo.
Kael cerró los ojos un segundo.
—Entonces no mentía —murmuró.
—Pero también decía —continuó Aelion— que antes de morir… cambiaste.
Kael abrió los ojos.
—¿Cambiar? —repitió—. ¿Después de cuántas muertes?
Aelion apretó el colgante.
—Por eso no quiero que llegue ese final.
Kael lo observó con atención. Había algo distinto en Aelion esa noche. Una firmeza suave, como si su fragilidad escondiera una fuerza antigua.
—Aelion… —dijo con voz baja—. El imperio no se sostiene solo con buenas intenciones.
—Lo sé —respondió—. Pero tampoco con miedo.
El silencio volvió a envolverlos.
Más tarde, cuando Kael salió para reunirse con un contacto, Aelion quedó solo.
Fue entonces cuando el ardor regresó.
Un dolor punzante en el hombro izquierdo, justo bajo la clavícula.
Aelion ahogó un gemido y se llevó la mano al lugar. La tela se humedeció con sudor frío. Al apartarla, vio cómo la piel parecía iluminarse tenuemente.
Un símbolo.
Antiguo.
Elegante.
Real.
—Esto… —susurró— no estaba en la novela.
La marca latía al mismo ritmo que el colgante.
Imágenes cruzaron su mente: un salón amplio, una mujer de ojos dorados llorando, un hombre con corona extendiendo los brazos… y luego oscuridad.
—¿Quién… soy?
El miedo no lo paralizó.
Lo impulsó.
En otro punto de la ciudad, Vhalderion Morthaine recibía un informe.
—Hemos confirmado movimientos del emperador en Valenrith.
El duque sonrió.
—Qué conveniente.
—Y… —el informante dudó— rumores sobre un omega de cabello blanco.
La sonrisa se borró.
—¿Dónde?
—Cerca del distrito bajo.
Vhalderion apretó los dedos sobre la mesa.
—Así que sigues vivo —murmuró—. Como una plaga que se niega a desaparecer.
Se levantó.
—Preparen a los hombres. Esta vez no habrá errores.
—¿Y si el emperador interviene?
Los ojos del duque se volvieron oscuros.
—Entonces le recordaré —dijo— quién ensució primero este imperio.
Cuando Kael regresó, encontró a Aelion pálido, pero decidido.
—Kael —dijo—. Si algún día descubro algo que pueda destruir el imperio… ¿me detendrás?
Kael frunció el ceño.
—Depende —respondió—. ¿Destruirlo para qué?
Aelion lo miró directo a los ojos.
—Para salvarlo.
Kael sostuvo esa mirada.
Y por primera vez desde que tomó la corona, sintió que no estaba solo frente al abismo.
—Entonces —dijo finalmente— estaré a tu lado.
Aelion sonrió, y en esa sonrisa había miedo… pero también esperanza.
Muy lejos, en la torre abandonada, una cadena oxidada cayó al suelo.
El pasado comenzaba a resquebrajarse.