Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 2
No dormí.
Y no, no es una metáfora dramática. Literalmente no dormí.
Me pasé la noche mirando el techo de una habitación que parecía demasiado grande para una mujer que acababa de descubrir que su vida era una broma de mal gusto. Cada sombra me parecía una respuesta no dicha. Cada tic del reloj, una burla.
A la mañana siguiente, bajé a buscar café con la misma determinación con la que uno va a la guerra: despeinada, cansada y con ganas de destruir algo. Preferiblemente a un Benedetti.
Lo encontré en la cocina.
Eitan.
Impecable. Camisa blanca. Café negro. Serenidad insultante.
—Buenos días —dijo, como si no se hubiera casado conmigo bajo una identidad equivocada.
—No —respondí, dejando caer en la silla a los lados de la encimera—. No son buenos. Son legales, tal vez. Pero buenos no.
Él alzó la vista con lentitud, evaluándome como si yo fuera una ecuación incómoda.
—Si vas a gritar, hazlo antes de que termine el café.
—Perfecto —sonreí con sarcasmo—. Así no se te enfría mientras me explicas por qué demonios me dejaste creer que eras Eiden.
El silencio volvió. Ese silencio denso que ya empezaba a odiar.
—Nunca te mentí —dijo al fin.
Solté una carcajada corta y amarga.
—Claro que no. Solo te presentaste, te casaste conmigo y aceptaste mis votos sin aclarar un pequeño detalle: que no eras el hombre al que yo había elegido.
—Elegido —repitió, con una mueca—. Qué palabra tan… romántica para un acuerdo comercial.
—No te atrevas —lo señalé—. No minimices esto. Yo tenía que casarme con Eiden. Era parte del trato.
—El trato era un matrimonio con un Benedetti —respondió con frialdad—. Eso se cumplió.
Sentí algo romperse dentro de mí.
—¿Así de simple? —pregunté—. ¿Un apellido basta para justificar una mentira tan grande?
—No fue una mentira.
—Entonces explícame —di un paso hacia él— por qué cuando te vi en la iglesia creí estar mirando a Eiden.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Por qué querías verlo a él? —cuando a el ni siquiera le interesas.
Eso dolió más de lo que esperaba.
—¿Y tú? —repliqué—. ¿Qué querías tú, Eitan? ¿Salvar la empresa? ¿El dinero? ¿O solo probar que podías quitarle algo más a tu hermano?
Por primera vez, perdió la compostura.
—No hables de lo que no sabes.
—Entonces dime —crucé los brazos—. Dime por qué fuiste tú quien se casó conmigo cuando no te correspondía.
Se acercó. Demasiado.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
—No —negué—. Eiden tenía que hacerlo.
—Eiden no podía.
—¿Y eso en qué momento se volvió mi problema?
Me miró fijamente, como si medir mis reacciones fuera más importante que responder.
—Porque ahora eres mi esposa.
La palabra me golpeó en el pecho.
—No me llames así —dije con voz temblorosa—. No cuando lo hiciste a base de engaños.
—No te obligué a firmar.
—Me obligó la vida —escupí—. Me obligó un hospital que no acepta lágrimas como pago y dos padres muertos que ya no pueden protegerme.
Algo cruzó por su mirada. Culpa. ¿Arrepentimiento?
—Lo sé.
—No, no lo sabes —reí sin humor—. Porque si lo supieras, no habrías jugado a intercambiarte con tu hermano como si yo fuera un juguete.
—Nunca serás un juguete para mi.
—Entonces compórtate como si yo fuera una persona —le exigí—. Una que tenía derecho a saber con quién se estaba casando.
Se pasó una mano por el cabello.
—Si te hubiera dicho la verdad, no habrías aceptado.
—Exacto.
—Y tu hermana…
—No te atrevas a usarla —lo interrumpí—. No la uses para justificar esto.
Nos quedamos frente a frente, respirando el mismo aire cargado de resentimiento.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije al fin—. Que ahora no sé si cada cosa que hagas es porque eres tú… o porque estás fingiendo ser quien yo creía que eras.
—No finjo —respondió—. Nunca lo hice.
—Entonces estamos peor de lo que pensaba.
Tomé mi café sin probarlo y caminé hacia la puerta.
—Esto no termina aquí —le advertí—. Puede que esté atrapada en este matrimonio, Eitan Benedetti, pero no voy a quedarme callada.
—Nunca esperé que lo hicieras.
Me giré una última vez.
—Bien —sonreí con amargura—. Porque pienso reclamar cada verdad que me debes.
Salí dejando atrás la cocina, el café intacto… y a un hombre que, aunque no quisiera admitirlo, acababa de convertirse en el mayor error de mi vida.
O quizás, el principio de algo mucho peor.