Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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UNA VILLANA DESQUICIADA
La pistola temblaba en su mano, no por miedo, sino por la emoción perversa que le producía hacer daño a los más débiles. Valentína empezó a llorar en silencio, sus hombros temblando mientras se tapaba la boca con las manos para no hacer ruido. Mateo intentaba mantener la cabeza alta, pero sus piernas temblaban tanto que el sofá crujía bajo su peso. Santiago se abrazó a Luna con fuerza, sus pequeños dedos apretados en el pelaje de la perra mientras le susurraba «no temas, todo estará bien» con la voz rota por el llanto.
«Ustedes no son más que un lastre para Bruno», continuó Jezabel, acercándose tanto que su aliento caliente y hediondo rozaba la cara de los niños, «su padre fue un débil por quedarse con su madre, y ustedes heredaron esa misma debilidad. Y esa Ofelia que tanto aman… solo los tolera porque necesita que Bruno la apoye en su negocio de moda barata. Cuando ya no le sirvan, se deshará de ustedes como se deshace de un pañuelo sucio. Pero yo puedo cuidarlos – siempre y cuando sean buenos, hagan todo lo que les diga y nunca más hablen de su madre como si fuera una santa. Ella no lo era.»
Le dio a cada uno un golpe rápido pero doloroso en la cabeza con el mango de la pistola, dejando pequeños moretones rojos en su piel tierna: «Ahora, van a sonreír cuando vuelvan sus padres, ¿vale? Van a decirles que fuimos muy buenos amigos, que jugamos a las casitas y que esperamos que vuelva pronto. Si no lo hacen…» Apuntó la pistola directamente a la barriga de Luna, que gimió de miedo y se encogió más, y los niños asintieron con la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas y terror, sin atreverse a moverse ni pronunciar una sola palabra.
Cuando escucharon el sonido del automóvil de Bruno, Jezabel guardó la pistola con una velocidad siniestra y volvió a poner su máscara de sonrisa falsa, incluso sacando unos caramelos de su bolso para darles a los niños como si nada hubiera pasado. «Muy bien, pequeños. Recuerden – la verdad es un arma que solo hace daño a quienes la cuentan. Así que mejor callen, ¿eh?» Theo bajó justo en ese momento, disculpándose por tardar mientras se arreglaba el pelo, completamente ajeno a la pesadilla que habían vivido los niños en esos minutos.
Al llegar a casa, encontramos a los trillizos sentados en el sofá, sonriendo de forma tan forzada que parecía que sus caras se iban a romper, mientras Jezabel les contaba una historia insípida sobre sus viajes por Europa. Pero noté inmediatamente que algo no estaba bien: los ojos de Valentína estaban hinchados y rojos por las lágrimas reprimidas, Mateo tenía los puños apretados tanto que sus nudillos se veían blancos como la nieve, y Santiago no dejaba de mirar debajo de la mesa del comedor, donde Luna se había refugiado temblando, con las orejas bajas y la cola entre las patas.
«Parece que se llevaron muy bien», dijo Jezabel de pie para despedirse, dirigiéndose a Bruno con una mirada cargada de insinuaciones, «esperaré su llamada, primo. Tengo mucho que contarte de estos años… cosas que seguro que nadie te ha contado sobre tu hermano.»
Después de irse, cerré la puerta con tanta fuerza que las ventanas temblaron y me acerqué a los niños, agachándome para estar a su altura: «Mi amor, ¿qué pasó? ¿Por qué están así?» Pero todos negaron con la cabeza, temblando ligeramente mientras miraban hacia la puerta como si temieran que ella apareciera de la nada.
«No pasó nada, tía Ofelia», dijo Mateo con voz temblorosa, sus labios temblando tanto que casi no se entendía lo que decía, «solo jugamos. Theo estuvo aquí todo el tiempo.»
Bruno me miró con preocupación, su mandíbula apretada hasta hacerle daño: «Algo no está bien. Jezabel nunca ha sido buena gente – cuando éramos pequeños, siempre estaba obsesionada con mi hermano, llegaba a esconder las cartas que le escribía su esposa, la madre de los trillizos. Y Theo me acaba de decir que se tuvo que ir unos minutos y los dejó solos con ella.»
Mientras preparaba la cena, vi a Valentína dibujando en su cuaderno con una presión tan fuerte que el lápiz casi se rompía: una mujer con ojos verdes llenos de odio, una pistola en la mano apuntando a una perrita embarazada, y los tres niños pequeños asustados, con las manos tapándose la boca. Sabía que habíamos enfrentado a Sasha, pero esta nueva enemiga era peor – no usaba la fuerza bruta, sino la crueldad psicológica como arma, atacando donde más duele. Y juré por todo lo que es sagrado que nunca más permitiría que hiciera daño a mi familia ni a nuestra Luna.
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