En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
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Capítulo 4
Declan
Vaelkoria no perdona la debilidad, pero mucho menos perdona la sorpresa. Como Comandante Supremo, mi vida ha sido un ejercicio de previsibilidad y control. Mis hombres saben cuándo voy a atacar, mis enemigos saben cuándo van a morir, y el Consejo sabe qué leyes voy a imponer. Sin embargo, esta noche, el aire en el Gran Salón de los Espejos Negros vibraba con algo que nadie en la corte podía identificar: una incertidumbre eléctrica.
Me ajusté los guantes de cuero negro mientras observaba mi reflejo. El uniforme de gala, con las condecoraciones de oro y el águila de Vaelkoria en el hombro, se sentía más pesado que de costumbre. O quizás era la anticipación.
—Señor —Kael apareció tras de mí, con una expresión que rozaba el pánico—. Los Generales están esperando. Los embajadores de las Tierras Fronterizas están… inquietos. Han oído los rumores sobre la prisionera de Sundergard.
—Que esperen —dije, sin mirarlo—. Un hombre que no puede dominar su impaciencia no es apto para comandar un ejército.
—Pero, señor… presentarla así… romperá siglos de protocolo. Ella es una sirvienta. Una rebelde. El Consejo exigirá explicaciones.
Me giré lentamente, dejando que el frío de mi mirada silenciara sus palabras.
—El Consejo no exige nada a quien sostiene la espada que protege sus cuellos, Kael. Asegúrate de que la guardia de honor esté en posición. Y recuerda: quien se atreva a murmurar hoy, mañana no tendrá lengua con la que hacerlo.
Kael se cuadró y salió rápidamente. Me quedé solo un momento más, cerrando los ojos. Podía olerla antes de verla. Su aroma no era el de los perfumes caros de las damas de la corte, esas mezclas empalagosas de rosas y almizcle. Navira olía a lluvia, a tierra limpia y a ese fuego sordo que solo queda después de que un incendio ha pasado.
Escuché el suave roce de la seda contra el mármol y el tintineo rítmico, metálico y posesivo, de mi cadena.
Me di la vuelta. El aliento se me quedó atrapado en la base de la garganta, un nudo de deseo y orgullo que me costó tragar.
Había ordenado que le confeccionaran un vestido de terciopelo azul medianoche, tan oscuro que parecía negro bajo las sombras. Tenía la espalda descubierta hasta la cintura, revelando la curva elegante de su columna, y un escote que dejaba el espacio justo para que el collar de plata resaltara como una joya prohibida. Su cabello, usualmente recogido en un moño desprolijo, caía ahora en ondas castañas que enmarcaban su rostro pálido.
Pero lo más hermoso era su mirada. Seguía queriendo matarme.
—Te ves… —me detuve. La palabra "hermosa" era demasiado pequeña, demasiado común—. Pareces el castigo que me merezco, Navira.
—Solo soy el disfraz que has elegido para tu trofeo, Declan —respondió ella, caminando hacia mí con una gracia que me recordó por qué Sundergard fue tan difícil de conquistar. Sus habitantes se mueven como si la tierra les perteneciera, incluso cuando están encadenados.
Caminé hacia ella y tomé el extremo de la cadena. Sus dedos rozaron los míos por un segundo y sentí una descarga que casi me obliga a soltarla. No. Ella era el fuego, y yo estaba decidido a quemarme.
—Esta noche no vas a bajar la cabeza —le ordené, mi voz volviéndose áspera—. Caminarás a mi derecha. Y si alguien intenta mirarte como si fueras menos que una reina, mírame a mí. Yo me encargaré del resto.
—¿Una reina? —se rió con amargura—. Soy una esclava con un vestido caro.
—Eres la mujer del Comandante Supremo de Vaelkoria. Y para este reino, eso es lo mismo que ser una deidad.
Abrí las puertas del Gran Salón. El estruendo de las conversaciones y el tintineo de las copas de cristal se detuvieron en seco. Fue como si el tiempo se congelara. Cientos de ojos —generales, ministros, damas de alta alcurnia— se clavaron en nosotros. Vi el desprecio en las mujeres, la confusión en los hombres y la rabia contenida en los aristócratas más viejos.
Caminé con paso firme, tirando suavemente de la cadena para que Navira se mantuviera a mi costado. Cada paso nuestro era un golpe al corazón del protocolo de Vaelkoria.
Llegamos al centro del estrado, frente al Gran General Valerius, un hombre que creía que su linaje le daba derecho a cuestionarme.
—Comandante Declan —dijo Valerius, su voz proyectándose para que todos escucharan—. Supongo que hay una explicación táctica para traer a esta… criatura de los suburbios a nuestra mesa de honor. ¿Es algún tipo de humillación para los rebeldes?
Un murmullo de risas aprobatorias recorrió el salón. Sentí cómo la mano de Navira se tensaba. Mi mandíbula se apretó.
No solté la cadena. En su lugar, la atraje más hacia mí, rodeando su cintura con mi brazo libre en un gesto que no dejaba lugar a dudas. El salón se hundió en un silencio sepulcral.
—No hay ninguna táctica, Valerius —dije, y mi voz, aunque no era un grito, resonó en cada rincón como el filo de una guillotina—. Solo hay un hecho. Vaelkoria se rige por la fuerza, y la fuerza de este reino reside en mi mano.
Di un paso adelante, obligando al General a retroceder.
—Navira no es una prisionera de guerra para vuestro entretenimiento. No es una sirvienta, ni una anécdota. A partir de este momento, ella es mi mujer. Es la extensión de mi propia voluntad.
El escándalo estalló en susurros.
—¡Es una insurgente! —gritó alguien desde el fondo—. ¡Es una traición a la sangre de Vaelkoria!
Desenvainé mi espada tan rápido que nadie vio el movimiento. La punta de acero negro quedó a milímetros de la garganta de Valerius. El silencio volvió, más pesado que antes. El General sudaba frío.
—Escuchadme bien, todos —mi voz era puro hielo—. Podéis odiar sus orígenes. Podéis odiar que Sundergard respire en este salón. Pero si alguno de vosotros le falta al respeto, si alguno de vosotros se atreve a mirarla con desdén o a dirigirle una palabra que no sea de absoluta reverencia… —hice una pausa, dejando que la amenaza calara hondo—. Os cortaré la cabeza en este mismo suelo, delante de vuestras esposas y de vuestros hijos. No habrá juicios. No habrá consejos. Solo acero.
Miré a mi alrededor, desafiando a cualquiera a hablar. Nadie se atrevió a sostener la mirada. El poder de un Comandante es absoluto, pero el poder de un hombre obsesionado es aterrador.
—Navira —dije, bajando la espada pero sin guardarla—. Si alguien en esta habitación te ofende, dímelo. Su vida termina en ese instante.
Ella me miró, y por primera vez, no vi solo odio. Vi asombro. Vi el miedo de alguien que se da cuenta de que la jaula en la que está no es de hierro, sino de algo mucho más peligroso: la devoción de un monstruo.
—¿Por qué haces esto, Declan? —susurró ella, solo para mis oídos—. Estás destruyendo tu reputación por una enemiga.
—Vaelkoria no necesita mi reputación, necesita mi espada —le respondí, acercándome a ella mientras el resto del salón permanecía inmóvil, como estatuas de sal—. Y yo… yo necesito que entiendas que el mundo puede arder fuera de estas murallas, pero aquí dentro, eres lo único que voy a proteger hasta mi último aliento.
Me incliné y, ante los ojos horrorizados de toda la corte, besé el dorso de su mano, justo donde la cadena de plata nacía de su muñeca. Fue un acto de sumisión pública que dolió más que cualquier herida de batalla, pero me dio un placer perverso.
La levanté y la miré a los ojos. Estaba enamorado de ella, de su resistencia, de su fuego. Mi mente se negaba a admitirlo, llamándolo "posesión" o "estrategia", pero mi corazón, ese músculo que creía convertido en piedra, latía con una violencia que me decía la verdad.
—Ahora —dije, dirigiéndome a la audiencia con una sonrisa gélida—. Traed el vino. Vamos a brindar por el futuro de Vaelkoria. Y por la mujer que caminará sobre sus cenizas a mi lado.
Navira no sonrió. No se rindió. Pero cuando nos sentamos en el trono principal, sus dedos rozaron los míos sobre la mesa. Fue un contacto breve, casi imperceptible, pero para un hombre que vivía en el invierno eterno, fue como sentir el primer rayo de sol del verano.
Y supe, en ese momento, que cortaría mil cabezas más solo por volver a sentir ese roce. Porque en Vaelkoria yo era el Rey en todo menos en el nombre, pero ella… ella era la única que gobernaba al Rey.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄