Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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CAPÍTULO 11 – NO VOLVERÉ A HUIR
La cueva olía a tierra húmeda y a fuego recién apagado. Afuera, la noche seguía viva, llena de sonidos que antes habrían puesto a Ariel en alerta constante. Esta vez, sin embargo, el miedo no era lo único que sentía.
Había algo más.
Algo firme.
Algo que se negaba a seguir retrocediendo.
Ariel estaba sentado contra la pared de roca, envuelto en la capa de Kael. El delta permanecía de pie cerca de la entrada, vigilante, como si su sola presencia pudiera impedir que el mundo volviera a irrumpir en su refugio.
—No debimos detenernos —dijo Kael al fin, con el ceño fruncido—. Pudimos haber seguido hasta el río.
Ariel negó despacio.
—Si seguíamos, me habría desplomado —admitió—. No quiero ser imprudente.
Kael se giró de inmediato, la tensión reflejada en su rostro.
—No quise decir eso.
Ariel lo miró con atención. Había aprendido a leer los silencios del delta, a reconocer cuándo la culpa intentaba colarse donde no le correspondía.
—Lo sé —respondió con suavidad—. Pero tenemos que hablar.
Kael se acercó lentamente, como si temiera romper algo frágil. Se arrodilló frente a él, quedando a su altura.
—Dime.
Ariel respiró hondo. Sus manos descansaron sobre su vientre casi por instinto. Aún era pronto, aún no había señales visibles, pero él lo sentía. Ese pequeño latido había cambiado la forma en que veía el mundo.
—Hoy… cuando nos encontraron —comenzó—, por un momento pensé que iba a volver a perderme. Que me llevarían y tú tendrías que elegir entre luchar o dejarme ir.
Kael tensó la mandíbula.
—Nunca te dejaría.
—Lo sé —repitió Ariel—. Pero yo sí estaba dispuesto a dejarme llevar.
El silencio cayó como una losa.
Kael abrió la boca para responder, pero Ariel levantó una mano, pidiéndole que lo dejara terminar.
—No porque quiera rendirme —aclaró—. Sino porque durante mucho tiempo creí que huir era la única forma de sobrevivir. Que mientras más lejos estuviera, menos daño podrían hacerme.
Bajó la mirada.
—Pero hoy entendí algo. Mientras huya, ellos seguirán persiguiéndonos. Seguirán creyendo que pueden decidir por mí. Por nuestro hijo.
Kael lo observó con intensidad, como si estuviera viendo algo nuevo emerger ante sus ojos.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó con cautela.
Ariel levantó la cabeza. Sus ojos ya no reflejaban miedo, sino determinación.
—Que no quiero pasar el resto de mi vida escapando —dijo con firmeza—. No quiero que nuestro hijo crezca escondiéndose, creyendo que su existencia es un error o un secreto.
Kael inhaló profundamente.
—Eso significa enfrentarlos.
—Sí.
—Significa exponerte —añadió Kael—. Arriesgarte.
Ariel asintió.
—Siempre he estado en riesgo —respondió—. La diferencia es que ahora no estoy solo. Y no estoy dispuesto a seguir siendo la víctima de una historia que otros escribieron por mí.
Kael cerró los ojos por un segundo, como si luchara consigo mismo. Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba cargada de algo feroz y profundamente leal.
—Entonces no huiremos —dijo—. Pero no lo harás solo.
Se inclinó hacia adelante y apoyó una mano sobre el vientre de Ariel, con el mismo cuidado reverente de la primera vez.
—Si decides enfrentarlos, yo estaré delante de ti. Siempre.
Ariel sintió un nudo en la garganta.
—No quiero que mueras por mí.
Kael sonrió, apenas.
—No moriré —respondió—. Ya he sobrevivido demasiadas vidas como para caer ahora.
Ariel soltó una risa breve, temblorosa, y luego apoyó la frente en la de él.
—Entonces lo haremos juntos.
Permanecieron así un largo momento, respirando el mismo aire, compartiendo una decisión que cambiaría el rumbo de sus vidas.
Cuando Kael se levantó, comenzó a trazar un plan con precisión militar. Rutas, aliados potenciales, refugios seguros. Ariel lo escuchó con atención, pero algo dentro de él ya no se sentía pequeño ante esas palabras.
—Hay algo más —dijo Ariel cuando Kael terminó—. Si vamos a enfrentarlos… quiero hacerlo como yo mismo. No como el villano que inventaron.
Kael lo miró.
—¿Qué necesitas?
Ariel dudó solo un segundo.
—Quiero hablar —dijo—. Quiero que escuchen mi versión. No para rogar absolución, sino para que sepan que ya no pueden usarme.
Kael frunció el ceño.
—Eso es peligroso.
—Lo sé —respondió Ariel—. Pero si no lo hago ahora, siempre tendrán poder sobre mi nombre.
El delta lo estudió en silencio. Luego asintió.
—Entonces hablaremos —aceptó—. Y si intentan tocarte, no habrá lugar donde puedan esconderse.
Ariel sonrió, no con timidez esta vez, sino con una calma nacida de la certeza.
—Gracias.
Kael se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, contenido, cargado de promesas no dichas. No hubo urgencia ni deseo desbordado, solo una conexión profunda, sólida.
Cuando se separaron, Ariel apoyó una mano en el pecho de Kael.
—No importa lo que digan —susurró—. No importa cuántas veces intenten llamarme villano. Yo sé quién soy.
Kael cubrió su mano con la suya.
—Y yo también.
Afuera, la noche avanzaba, pero dentro de la cueva algo había cambiado de forma irreversible.
Por primera vez desde que despertó en ese cuerpo marcado por el desprecio, Ariel no estaba huyendo del futuro.
Estaba caminando hacia él.
Y esta vez, lo haría con la cabeza en alto, el corazón firme…
y un amor que ya no podía ser silenciado.