Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 11 – NO VOLVERÉ A HUIR
La cueva olía a tierra húmeda y a fuego recién apagado.
Afuera, la noche seguía viva, llena de sonidos que antes habrían puesto a Ariel en alerta constante.
Esta vez, sin embargo, el miedo no era lo único que sentía.
Había algo más.
Algo firme.
Algo que se negaba a seguir retrocediendo.
Ariel estaba sentado contra la pared de roca, envuelto en la capa de Kael. El delta permanecía de pie cerca de la entrada, vigilante, como si su sola presencia pudiera contener al mundo entero.
—No debimos detenernos —dijo Kael al fin, con el ceño fruncido—. Pudimos haber seguido hasta el río.
Ariel negó despacio.
—Si seguíamos, me habría desplomado —admitió—. No quiero ser imprudente.
Kael se giró de inmediato.
—No quise decir eso.
Ariel lo miró con atención.
Había aprendido a leer sus silencios. A reconocer cuándo la culpa intentaba colarse donde no le correspondía.
—Lo sé —respondió con suavidad—. Pero tenemos que hablar.
Kael se acercó lentamente, como si temiera romper algo frágil, y se arrodilló frente a él.
—Dime.
Ariel respiró hondo.
Sus manos descansaron sobre su vientre, casi por instinto.
Aún era pronto.
Aún no había señales visibles.
Pero lo sentía.
Ese pequeño latido había cambiado la forma en que veía el mundo.
—Hoy… cuando nos encontraron —comenzó—, por un momento pensé que iba a volver a perderme. Que me llevarían… y tú tendrías que elegir entre luchar o dejarme ir.
Kael tensó la mandíbula.
—Nunca te dejaría.
—Lo sé —repitió Ariel—. Pero yo sí estaba dispuesto a dejarme llevar.
El silencio cayó pesado.
Kael abrió la boca, pero Ariel levantó una mano.
—Déjame terminar.
Esperó.
—No porque quiera rendirme —continuó—. Sino porque durante mucho tiempo creí que huir era la única forma de sobrevivir. Que mientras más lejos estuviera… menos daño podrían hacerme.
Bajó la mirada.
—Pero hoy entendí algo.
Alzó el rostro otra vez.
—Mientras huya, ellos seguirán persiguiéndonos. Seguirán creyendo que pueden decidir por mí. Por nuestro hijo.
Kael lo observó en silencio.
No interrumpió.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó al fin.
Ariel sostuvo su mirada.
Y ya no había miedo en ella.
—Que no quiero pasar el resto de mi vida escapando —dijo—. No quiero que nuestro hijo crezca escondiéndose, creyendo que su existencia es un error.
Una pausa.
—O un secreto.
Kael inhaló profundamente.
—Eso significa enfrentarlos.
—Sí.
—Significa exponerte.
—Siempre lo he estado —respondió Ariel—. La diferencia es que ahora no estoy solo.
Sus palabras no temblaron.
—Y no voy a seguir siendo la víctima de una historia que otros escribieron por mí.
Kael cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, algo en su mirada había cambiado.
Se había alineado con él.
—Entonces no huiremos —dijo.
Se inclinó hacia adelante y apoyó una mano sobre el vientre de Ariel, con ese cuidado que nunca perdía sentido.
—Pero no lo harás solo.
Ariel sintió el peso de esas palabras asentarse en su pecho.
—No quiero que mueras por mí.
Kael esbozó una leve sonrisa.
—No moriré —respondió—. Ya he sobrevivido demasiadas vidas como para caer ahora.
Ariel soltó una risa breve, todavía cargada de emoción, y apoyó su frente contra la de él.
—Entonces lo haremos juntos.
Permanecieron así un momento.
Respirando.
Decidiendo.
Cambiando el rumbo de todo.
Cuando Kael se levantó, comenzó a trazar un plan con precisión.
Rutas.
Aliados potenciales.
Refugios.
Ariel lo escuchó.
Pero algo en su interior ya no se sentía pequeño frente a esas palabras.
—Hay algo más —dijo cuando Kael terminó.
El delta lo miró.
—Si vamos a enfrentarlos… quiero hacerlo como yo mismo.
Kael no respondió de inmediato.
—¿Qué necesitas?
Ariel sostuvo su mirada.
—Quiero hablar —dijo—. Quiero que escuchen mi versión. No para pedir perdón… sino para que entiendan que ya no pueden usarme.
Kael frunció levemente el ceño.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
Una pausa.
—Pero si no lo hago, siempre tendrán poder sobre mi nombre.
El silencio se alargó.
Luego, Kael asintió.
—Entonces hablaremos —dijo—. Y si intentan tocarte…
Su voz bajó.
—No habrá lugar donde puedan esconderse.
Ariel sonrió.
No con timidez.
Con certeza.
—Gracias.
Kael se inclinó y lo besó.
Lento.
Contenido.
No fue urgencia.
Fue promesa.
Cuando se separaron, Ariel apoyó una mano en el pecho de Kael.
—No importa lo que digan —susurró—. No importa cuántas veces intenten llamarme villano.
Sus ojos no vacilaron.
—Yo sé quién soy.
Kael cubrió su mano con la suya.
—Y yo también.
Afuera, la noche avanzaba.
Pero dentro de la cueva, algo había cambiado de forma irreversible.
Por primera vez desde que despertó en ese cuerpo marcado por el desprecio…
Ariel no estaba huyendo del futuro.
Estaba caminando hacia él.
Y esta vez…
lo haría con la cabeza en alto, el corazón firme…
y un amor que ya no estaba dispuesto a callar.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”