Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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8. Malo o bueno.
...ALBERT:...
La costa estaba tranquila, el puerto funcionaba y el eco de los enfrentamientos quedaron silenciados con el pasar del tiempo. La victoria de Floris sobre Polemia no se podía negar, después de días en el castillo decidí volver a mi casa.
El rey Adrian me había entregado los documentos de identidad de Mermit mucho antes, pero con los enfrentamientos no pude regresar, afortunadamente todo se detuvo a tiempo y la cabeza de Barbany estaba exhibida en los muros como prueba de ello.
Floris estaba envuelto en alivio y jubilo.
Pasé unos días con mi primo Leandro, aunque seguía reacio a tratarme, ya no me aborrecía como antes y podía hablar conmigo.
Lo que siempre se preguntaban era el porque le di mi apellido a una salvaje y cual era mi propósito.
Todos desconfiaban de mí y entendía.
Me tomaría un tiempo antes de regresar al mar.
El rey me dió un buen pago por la misión y por mi colaboración en la resistencia del castillo, así que eso era suficiente para llenar las arcas de mi fortuna y ahorrar un poco.
Estar fuera de un barco me haría bien.
No había más nadie que pudiera cuidar de mi protegida en mi ausencia. Eudora tenía una vida y dos niños que cuidar, no podía achacar toda la responsabilidad y no era mi intención.
Antes de marcharme le agradecí por su apoyo y me deseó suerte.
Mermit no era lo suficiente independiente para permanecer sin vigilancia y no le gustaba estar sola.
Le faltaba mucho para adaptarse a Floris, a las costumbres nuevas y todo lo que suponía un nuevo mundo para sus ojos.
Los sirvientes tenían curiosidad, podía verlo en sus ojos cuando bajé nuevamente hacia el vestíbulo con Mermit siguiendo mis pasos por la casa.
— Mi lord, ya está el almuerzo servido — Dijo Aliz.
— Gracias, iré en seguida.
Ella observó a Mermit.
— ¿La señorita quiere algo en especial?
— No, así está bien, ella come de todo.
— Oh, me alegra.
Mermit se limitaba a observar.
— Necesitaré que pongas un espejo en su habitación y que guarde su ropa en el armario.
Hizo una reverencia.
— Como ordene, mi lord.
Me marché al comedor.
Mermit seguía curioseando el espacio, era pequeño y sencillo en comparación al del castillo, pero aún así se sorprendió por el espacio.
Las paredes eran color salmón, sin decoración, la mesa estaba en el centro, con seis sillas y un mantel de color blanco, había un jarrón con flores, eso me hizo recordar cuando ella intentó comer pétalos en una ocasión en el castillo.
Había unas ventanas grandes frente a la mesa, daban a una pequeña terraza en la parte trasera del jardín.
Ella se emocionó por ese pequeño detalle, rodeando la mesa para tocar el cristal de las ventanas.
Todas las noches que pasamos juntos y siempre mantuve mi control en alto, en el castillo nuestro días pasaron de forma habitual, incluso estuvimos un poco más distanciados.
Mermit se entretenía con otras cosas, le gustó recorrer todo el castillo, se entretenía con las estatuas, cuadros y adornos, también se sentía curiosa por los guardias y caballeros.
Recordaba su primera vez pisando Floris, en sus ojos se veía el impacto de lo que veía, las ciudades, el carruaje, los caminos verdes llenos de color.
Debía ser impresionante ver algo así por primera vez.
Mi sonrisa se borró al verla tan pensativa.
No nos entendíamos, pero en su rostro, algo me decía que no estaba bien.
Parecía decaída en ocasiones.
Al menos ya no insistía en hacer cosas vergonzosas que ponían en situación de aprieto.
Aún recordaba ese bochornoso momento en el barco, con el mentado libro prohibido. Marlon y Dilan seguían bromeando al respecto incluso después de tanto tiempo.
— Mermit — Le llamé al verla enfrascada con la ventana — Ven a comer.
Se giró, ya conocía esas palabras.
Había ganado más peso en los últimos meses.
Los vestidos moldeaban su figura con muchos atributos, un cuerpo fuerte y sensual.
Desvié mi mirada mientras apartaba una silla para ella, recordando que debía informarle a Aliz que ella debía encargarse del baño.
Siempre tuve oportunidad de evitar tener que darle un baño a Mermit, afortunadamente, Eudora se encargó de ello y luego en el castillo la sirvientas lo hicieron.
Por fortuna, Eudora le enseñó en los últimos momentos como debía asearse y hacer sus necesidades.
Así que no estaba tan preocupado por ello.
Le hice señas para que se sentara, hizo lo que pedí.
Tal vez muchos se preguntarían de donde la saqué, pero el rey insistió que debía ser un secreto, las malas historias de los salvajes seguían propagándose, incluso después de que todo terminara.
Había bárbaros en Floris, el ejército de Barbany todavía tenía telarañas en nuestro reino, mientras no se terminaran de atrapar, muchas serían las especulaciones.
Ya se comentaba de que los bárbaros eran los salvajes de Polemia, así que decir que Mermit era una salvaje no era nada prudente.
Ella se aproximó y se sentó.
Me costó tejer una historia para justificar su presencia.
Todavía pensaba en cuando volviera mi madre, a ella no iba a mentirle.
Le serví de todo lo que me señalaba con el dedo.
Comía demasiado, pero eso me gustaba.
Después de terminar, me senté en mi lugar.
Mermit tomó la cuchara, aún le costaba usarla, pero siempre me observaba para recordar como debía hacerlo.
Era mi protegida.
¿Una hija?
Sacudí mi cabeza, no pensaba en Mermit como mi hija.
¿Una hermana?
Nunca hice nada por mi hermana Tiffany y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Sacudí mis pensamientos, mejor comía en paz.
Observé a Mermit, cada bocado que daba significaba un brillo de emoción en sus ojos.
Todavía no podía dominar los tenedores y cuchillos, pero con la cuchara era suficiente.
Comió con mucho afán.
— Rico — Dijo después de tragar.
— Lo está.
Quería que dejara de ser monosílaba y que pudiera entenderme por completo.
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— Esto es un caso grave — Dijo la institutriz, una señora mayor de cabellos blancos y gafas redondas, sentada en uno de los sillones del salón.
Se llamaba Adelaida.
Un viejo amigo la recomendó, la mujer tenía experiencia en casos extremos, aún así se quedó atónita al escuchar lo que conté.
— Mermit fue rescatada en uno de mis viajes, cuando la encontré era muy agresiva.
— ¿Dice que no sabe hablar ni entiende lo que hablamos? — Estaba atónita, observando hacia Mermit, quien estaba entretenida viendo el péndulo del enorme reloj que estaba en la pared.
— Algunas cosas puede entenderla, pero la mayoría las desconoce.
— Santo Dios — Ella jadeó — Pobre niña ¿Qué le habrá ocurrido para ser así?
Nada, era solo su naturaleza, su cultura, pero eso no podía decirlo.
— ¿Puede ayudarme?
La señora colocó la taza de té sobre la mesita y limpió su barbilla con una servilleta.
— Teniendo en cuenta la gravedad, tomará un poco de tiempo y energías — Suspiró, un poco preocupada — Pero, como institutriz no puedo quedarme de brazos cruzados viendo a esa pobre niña actuar así — Volvió a observar a Mermit — Es muy hermosa, da lástima que permanezca siendo tan ignorante.
Sus palabras eran crudas, pero se veía amable y buena.
— ¿Eso quiere decir qué si va a enseñarle?
— Sí, aunque ni siquiera sé por donde empezar.
— Empiece a enseñarle el nombre de todas las cosas, pídale que los memorice, es bueno haciéndolo, luego podremos ir con las palabras y letras.
— Bien, traeré todo lo que necesito para empezar mañana mismo — Dijo, levantándose e hice lo mismo — Suerte que soy experta en señas, me ha tocado lidiar con niños sordos, aunque su caso es diferente servirá para que comprenda más rápido lo que le pido.
— ¡Mermit! — La llamé y ella se acercó, observando a la institutriz.
— Ella es Adelaida — Dije y Mermit alzó las cejas al verla, se veía impresionada por la vejez de la dama.
— Un gusto, Mermit — Dijo extendiendo su mano.
Le hice señas, Mermit tomó la mano, pero no para estrecharla, sino para oler los dedos de la institutriz.
Ella se apartó impactada.
— Ah, también quisiera que le ensañara sobre cortesía — Dije, un poco apenado.
Esto iba a salirme caro, pero confiaba en que ella podía enseñarle.
La institutriz forzó una sonrisa.
— Bien, prepárate todo y vendré mañana temprano.
— Adelaida — Dijo Mermit, sonriendo.
Por lo menos no la mordió, cuando alguien le disgustaba hacía eso.
— Al menos aprende rápido — La institutriz alzó las cejas — Bien, me retiro, hasta mañana, mi lord.
— Adelante, nos vemos mañana.
Se marchó del salón.
Mermit sonrió nuevamente.
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— La señorita Mermit ya tomó un baño y se acostó — Informó Aliz, bajando las escaleras mientras yo iba a mi habitación.
— Muchas gracias, Aliz.
— Quisiera preguntarle algo, mi lord.
— Adelante.
Imaginé lo que quería decir.
— ¿De dónde la sacó?
— De uno de mis viajes.
— ¿Por qué es así? — Preguntó con sutileza.
— Nadie le enseñó lo que nosotros sabemos, por favor, trate a Mermit bien, ella no es culpable de lo que ocurre.
Hizo un gesto de tristeza.
— Entiendo, lo haré.
— Gracias.
Subí directo a mi habitación.
Al menos Mermit ya sabía vestirse sola, lo único que se le hacía difícil era atarse las trenzas de las botas, colocarse las medias y también los vestidos, pero esto último requería ayuda para todas las mujeres, más los corset.
Pude serenarme y tomar un baño, preguntándome si estaba haciendo lo correcto mientras reposaba en la bañera.
Al salir me dispuse a dormir, pero hallé a Mermit junto a la cama.
Tenía un camisón recatado, pero eso no me dejaba tranquilo.
— No podemos dormir juntos — Negué con la cabeza, la tomé del brazo para guiarla a la puerta, pero se resistió.
— Tonto.
La solté y resoplé.
— Tienes tu cama y tu propia habitación — Enterré la mano en mi cabello — ¿Por qué complicas todo?
Mermit se quedó observando mi rostro.
Su cabello estaba largo, le llegaba a la cintura.
Bajé mi mirada, estaba descalza, sus pies eran pequeños.
— Albert — Dijo y me tensé.
Cuando decía mi nombre olvidaba por un momento que había una barrera entre nosotros.
Nunca sabía lo que ella quería trasmitir o como me veía.
Tal vez no le parecía su salvador, sino un extraño que la raptó, llevándola a través de un mundo que la estaba abrumando.
Me hacía cuestionarme si yo era bueno o malo.
Mermit caminó hacia la cama y trepó.
— Será la última vez que duermes conmigo — Le advertí, como si pudiera saber lo que estaba diciendo, le colocaría el pestillo en la puerta.
Ella me observó, sentada sobre la cama, inclinando su cabeza a un lado.
— Duerme — Dijo, tirando de las mantas.
Rodeé la cama y me acosté en mi lado, dandole la espalda.
¿Por qué no le coloqué el pestillo?
Tal vez porque en el fondo me sentía solo y dormir acompañado era un consuelo.
Mi dureza me decía otra cosa, parecía felíz cada vez que Mermit venía a dormir.
No, era porque seguía siendo un maldito y mi control empezaba a flaquear.
Llevaba más de cinco años sin tocar a una mujer, así que Mermit era una constante tentación.
No sería un aprovechado, no quería serlo.
Su mundo era hostil, pero el mío lo era aún más.
A pesar de que todos eran aparentemente civilizados, nosotros seguíamos siendo peores que los salvajes.
Mi hermana recibió la peor crueldad y yo no podía olvidarlo.
Mermit ignoraba todo lo malo de este mundo y eso la hacía inocente, vulnerable, si yo le hacía algo, sería como la basura que perjudicó a Tiffany.
El movimiento de Mermit detrás de mí me hacía quedarme quieto, pero ella no volvió a hacer lo de antes, desde aquel día en que aventé ese libro sucio al mar, Mermit ni siquiera pronunciaba esas palabras que significaban fornicar.
Se mantenía quieta a mi lado.
Así que eso me aliviaba un poco.
Me decía que si yo hacía algún movimiento yo la estaría forzando.
En su tribu era algo normal, pero seguía siendo un acto inhumano.
Me dormí a pesar del descontrol que el olor a mi esencia en el cuerpo de Mermit causaban a mi masculinidad.
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste