El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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SECRETO A REVELAR
Samuel había regresado con vida y con Camilo en brazos. Ambos presentaban diversas heridas, algunas superficiales y otras más profundas, y el cansancio era evidente en el rostro del alfa. En cuanto los guardias dieron aviso de su regreso, ambas familias corrieron a recibirlos sin importar el protocolo ni la compostura real.
—¡Mi hijo! —exclamó Luis con la voz quebrada al tomar a Camilo inconsciente entre sus brazos, apretándolo contra su pecho como si temiera que pudiera desvanecerse de nuevo.
Julia sollozaba en silencio, aferrándose a la capa de su madre, mientras sus ojos no se apartaban del rostro pálido de su hermano.
—¿Qué pasó? —preguntó Brisa a Samuel, avanzando hacia él con el corazón en la garganta, inspeccionando cada herida visible.
Samuel abrió la boca para responder, pero no tuvo oportunidad.
Klaus se acercó a él con pasos firmes y, sin previo aviso, le dio una bofetada que resonó en el patio, dejando a todos en absoluto silencio.
—¡Klaus! —reprendió Brisa con furia, interponiéndose un segundo después.
Samuel, aún con el rostro ladeado por el golpe, negó suavemente con la cabeza.
—No, mamá… me lo merezco —dijo Samuel, interviniendo antes de que su madre pudiera continuar—. Desobedecí una orden del rey y merezco un castigo.
Con solemnidad, Samuel se arrodilló frente a su padre. El gesto sorprendió a Klaus, quien se quedó inmóvil por unos segundos. Al observar alrededor, comprendió que su hijo no lo hacía como alfa ni como hijo, sino como heredero al trono, como símbolo del orden que sostenía el reino.
Los guardias y sirvientes observaban la escena con respeto y tensión. Aun siendo hijo de sangre del rey, Samuel debía pagar por su falta. Así lo dictaba el protocolo: cualquiera que desobedeciera una orden directa del rey debía ser castigado, sin excepción.
—Estarás castigado una semana, una vez que el doctor te revise —ordenó Klaus con voz firme—. Además, no recibirás la mitad de tu mesada durante tres meses.
Algunos sirvientes contuvieron el aliento, temiendo la reacción del príncipe, pues todos sabían cuánto detestaba estar encerrado. Sin embargo, Samuel levantó el rostro con serenidad. En los ojos de su padre ya no había ira, solo preocupación mal disimulada.
—Como ordene, padre —respondió Samuel con respeto.
Una vez dentro del castillo, los doctores se encargaron de revisar las heridas de cada uno.
Camilo fue atendido con sumo cuidado, mientras Julia y Luis permanecían a su lado sin separarse ni un segundo. Samuel, en cambio, fue revisado personalmente por el jefe de médicos, quien conocía bien las particularidades de su cuerpo y su capacidad de regeneración.
Tras finalizar el examen, Samuel cumplió su palabra. Sin que nadie se lo ordenara, se encerró en su habitación.
Cada día preguntaba a Raúl por el estado del omega.
—Sigue dormido, alteza —respondía él—. No está inconsciente, pero su cuerpo es frágil… enfermó tras el esfuerzo.
Esas palabras pesaban como piedras en el pecho de Samuel.
Los días pasaron en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando menos lo esperaba, la semana de castigo llegó a su fin. El día en que se le concedió nuevamente su libertad coincidió con el despertar de Camilo.
Samuel caminaba por el pasillo cuando notó a una sirvienta acercarse a la habitación contigua con una bandeja de alimentos.
—Yo lo llevo —dijo Samuel con suavidad.
La sirvienta asintió y se retiró en silencio. Samuel tomó la bandeja y se acercó a la puerta. Tocó suavemente y, tras unos segundos, escuchó una voz débil.
—Adelante…
Al entrar, los vellos de sus brazos se erizaron al instante. El aroma del omega, libre y sin bloqueadores, inundó la habitación.
Ambos se miraron fijamente durante unos segundos eternos. Samuel sintió amor… pero también algo que le dolió profundamente.
Miedo.
Miedo en los ojos de Camilo.
—¿Podemos hablar? —preguntó Samuel con la voz cargada de tristeza.
Camilo dudó, pero al ver su rostro afligido asintió con nervios.
—Escuché que apenas despertaste —dijo Samuel, acercándose—. Le dije a la sirvienta que me encargaría de traerte esto.
Colocó la bandeja cerca de la cama. Camilo intentó tomar la cuchara, pero su mano tembló y el esfuerzo lo hizo fruncir los labios en un pequeño puchero.
Eso fue suficiente.
Samuel se acercó de inmediato.
—Tranquilo, lo haré por ti —dijo, extendiendo la cuchara hacia sus labios.
Camilo aceptó el alimento con nervios. Su corazón latía con fuerza, desbocado, reaccionando a cada movimiento del alfa, a su cercanía, a su aroma.
Cuando terminó de comer y se sintió más estable, fue Camilo quien habló primero.
—¿Cómo es que puedes hacer eso? —preguntó, refiriéndose a la transformación.
Samuel se acercó un poco más, liberando sus feromonas para tranquilizarlo.
—Lo que te voy a contar no debes decírselo a nadie —susurró—. En mi reino, como ya viste en la fiesta de alianzas, existen personas con partes de bestia o apariencia bestial que poseen raciocinio humano. Pero dentro de la familia real, solo aquellos que la diosa Luna escoge como herederos pueden transformarse en su forma primitiva.
Camilo lo escuchaba con total atención.
—Eso explica por qué eras más grande que un lobo normal —murmuró.
—Sí. No solo eso —continuó Samuel—. Mi mordida es más fuerte, y mi velocidad y resistencia aumentan considerablemente una vez me transformo e incluso soy capaz de regenerar mis heridas.
—Ya veo… —Camilo dudó—. ¿Pero cómo fui capaz de escuchar tu voz en esa forma?
Samuel lo miró fijamente.
—Porque la diosa Luna me dio a ti como pareja.
El rostro de Camilo se tornó rojo como un tomate.
—¿Eso significa que tú y yo… que tú y yo somos destinados? —preguntó, confundido.
—Más que destinados —corrigió Samuel—. Nuestras almas ya se han enlazado. ¿Recuerdas el día de la fiesta, cuando te enseñé la flor Lira en los jardines?
—Sí… pero además de los besos no hicimos nada —respondió Camilo, exaltado.
Samuel sonrió con ternura.
—Esa noche entramos, tú en tu celo y yo en mi rut al mismo tiempo. En mi reino, si esto pasa es porque no solo somos destinados, sino que nuestras almas ya están entrelazadas. Aun sin tocarnos, sentirías el calor de mi cuerpo… y yo el tuyo.
—Ya… ya veo —susurró Camilo, tomando la mano de Samuel con timidez.
Samuel entrelazó sus dedos.
—Ahora debes prometerme que no le dirás esto a nadie. Ni siquiera a Julia, a nuestros padres o a Félix y su madre.
—¿Nadie debe saberlo? —preguntó Camilo.
—Por ahora, solo tú y mi padre lo saben —explicó Samuel al negar—. Él me vio transformarme por primera vez. No es que no quiera compartirlo, pero el protocolo de los herederos lo prohíbe, salvo en contadas excepciones.
—Está bien, lo prometo —dijo Camilo levantando la mano—. Si le digo a alguien, mi lengua será atravesada por mil cuchillos.
Samuel rio suavemente.
—No es necesario llegar a eso. Me alegra que lo entiendas.
Después de esa breve plática, algo cambió entre ellos. El miedo comenzó a disiparse y fue reemplazado por confianza, calor y un lazo más fuerte que nunca.
Sus corazones, sin saberlo, ya latían al mismo ritmo