En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 11
La lluvia golpeaba los ventanales del ático con una furia rítmica, como si el cielo mismo estuviera tratando de advertirles sobre el caos que se desataría al amanecer. Dentro, el ambiente estaba cargado de una electricidad diferente, una que no tenía nada que ver con la guerra de carteles o las traiciones políticas. Era la tensión acumulada de dos depredadores que sabían que el mañana era una promesa incierta.
Clara se encontraba de pie frente al minibar, con los pies descalzos sobre la fría madera oscura. Llevaba solo una camisa de seda negra que le llegaba a medio muslo, desabrochada en el cuello. Sus dedos rodeaban un vaso de cristal con un poco de whisky, pero no bebía. Simplemente observaba el reflejo de la ciudad a través de la tormenta.
—Deberías estar durmiendo —dijo la voz de Gabriel. Estaba sentado en el borde del sofá, limpiando su pistola con una precisión casi meditativa. Sus hombros anchos y tatuados estaban tensos.
Clara se giró lentamente. La luz tenue de las lámparas de pie dibujaba sombras profundas en su rostro, resaltando la belleza gélida que la hacía tan temida.
—Dormir es para la gente que no tiene fantasmas llamando a su puerta, Gabriel —respondió ella, caminando hacia él con una gracia felina—. Y esta noche, mi puerta está llena de ellos. Volkov, Lorenzo, Julián... todos están ahí fuera, esperando a que cometa un error.
Gabriel dejó el arma sobre la mesa y se puso de pie. Se acercó a ella hasta que el calor de su cuerpo fue palpable. Sus ojos, oscuros y penetrantes, buscaron los de ella con una intensidad que siempre lograba desarmarla.
—No vas a cometer errores —aseguró él, su voz era un murmullo profundo que vibraba en el pecho de Clara—. Porque yo estoy aquí. Porque soy tu sombra tanto como tú eres la mía.
Clara dejó el vaso sobre la mesa auxiliar, sin apartar la vista de la de él. La vulnerabilidad que había fingido ante Lorenzo esa noche se había transformado en algo real, algo que solo Gabriel podía provocar. Ella era la líder de la mafia más temida, la mujer que no se inclinaba ante nadie, pero en la intimidad de esas paredes, Gabriel era el único que veía las grietas en su armadura de hierro.
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella, extendiendo una mano para rozar la cicatriz en el hombro de Gabriel—. No es solo por el dinero. Ni por la lealtad que le tenías a mi padre. ¿Qué es lo que buscas realmente, Gabriel?
Él la tomó de la cintura, atrayéndola con una brusquedad que la hizo soltar un pequeño suspiro. El contraste entre la seda de su camisa y la piel dura de las manos de él era embriagador.
—Busco lo mismo que tú, Clara —dijo él, su rostro a milímetros del suyo—. Busco sentir que sigo vivo. Y la única vez que el mundo deja de ser una tumba es cuando estoy contigo.
El beso fue una colisión de necesidad y desesperación. No hubo preámbulos suaves; fue una explosión de deseo contenido por días de estrategia y sangre. Clara enredó sus dedos en el cabello corto de Gabriel, tirando de él con una dominación que le era natural, mientras él la levantaba sin esfuerzo, haciendo que sus piernas se envolvieran alrededor de su cintura.
La llevó hacia el gran escritorio de madera de roble, el mismo donde ella trazaba los planes para destruir imperios. Con un movimiento rápido, Gabriel barrió los papeles y mapas al suelo, haciendo espacio para ella. Clara se sentó sobre la superficie fría, sintiendo el choque térmico contra su piel, pero el calor que emanaba de Gabriel era suficiente para incendiar la habitación.
—Esta noche no hay sombras, Clara —susurró él contra su cuello, dejando un rastro de besos ardientes que la hicieron arquear la espalda—. Solo estamos nosotros.
Gabriel bajó la camisa de seda por los hombros de Clara, revelando su piel pálida bajo la luz ambarina. Sus manos recorrieron sus curvas con una adoración que rozaba lo religioso. Clara jadeó cuando la boca de él encontró uno de sus pezones, succionando con una intensidad que envió descargas eléctricas directamente a su vientre. Ella apretó los muslos contra los costados de él, buscando un contacto que nunca parecía ser suficiente.
—Tómame —ordenó Clara, su voz era un mando cargado de deseo—. No quiero pensar. No quiero ser la reina de nada esta noche. Solo quiero ser tuya.
Gabriel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se deshizo de sus pantalones con movimientos torpes por la prisa. Cuando sus cuerpos volvieron a unirse, la fricción de piel contra piel fue como un bálsamo para el estrés de la guerra inminente. Él entró en ella con una estocada profunda, llenándola por completo, y Clara soltó un grito que se ahogó en el hombro de él.
El ritmo era frenético, salvaje. Cada embestida de Gabriel era una declaración de posesión, y cada respuesta de Clara era un desafío. Ella se aferraba a su espalda, sus uñas dejando marcas rojas que él apenas sentía. Estaban en el borde del abismo, y la sensación de peligro que los rodeaba en sus vidas reales solo servía para intensificar el placer.
—Mírame, Clara —gruñó él, su frente perlada de sudor.
Ella abrió los ojos, empañados por la lujuria. En la mirada de Gabriel vio algo más que pasión; vio una devoción absoluta, una que no se compraba con diamantes ni se imponía con armas. En ese momento, en el centro de esa tormenta de carne y gemidos, Clara se permitió soltar el control.
El clímax los alcanzó como un choque de trenes. Clara se tensó, con los músculos vibrando, mientras el mundo desaparecía en una neblina de éxtasis blanco. Gabriel se hundió en ella una última vez, liberándose con un gemido ronco que resonó en el ático. Se quedaron así por varios minutos, jadeando, unidos por el sudor y el latido acelerado de sus corazones, mientras la lluvia afuera comenzaba a amainar.
***
Horas más tarde, cuando la primera luz gris del alba empezaba a filtrarse por las cortinas, Clara estaba apoyada en el pecho de Gabriel. Él le acariciaba el cabello con suavidad, un gesto que en cualquier otro hombre ella habría despreciado, pero que en él le resultaba extrañamente reconfortante.
—Lorenzo estará llegando al banco en unas horas —dijo ella, su voz recuperando poco a poco su tono de mando, aunque con una suavidad residual.
—Y Volkov estará moviendo sus piezas hacia el almacén —completó Gabriel—. El cebo está puesto.
Clara se incorporó, dejando que la camisa de seda resbalara de nuevo sobre su cuerpo. Se sentía renovada, como si el acto de amor —o lo que fuera que eso era entre dos personas rotas— hubiera purificado el aire.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.
Gabriel soltó una pequeña risa y se levantó para empezar a vestirse. Se puso la funda del arma y ajustó su cinturón con la parsimonia de quien va a una oficina, pero su oficina era el campo de batalla.
—He muerto tantas veces por dentro, Clara, que una bala física no me asusta. Lo único que me daría miedo es que algo te pasara a ti y yo no estuviera allí para evitarlo.
Clara se acercó a él y le ajustó el cuello de la camisa. Lo miró con una seriedad que cortaba el aliento.
—Si algo sale mal hoy, Gabriel, quiero que me prometas una cosa. No intentes ser un héroe. Sal de allí. Tú tienes los contactos necesarios para empezar de nuevo en otro lugar.
Él la tomó por los hombros, obligándola a sostenerle la mirada.
—No voy a prometerte eso. Porque si tú caes, el mundo que yo conozco se acaba. Pelearemos juntos, Sombra. Y ganaremos juntos. O nos quemaremos en el mismo infierno.
Clara asintió, sintiendo un nudo en la garganta que se apresuró a tragar. El amor, en su mundo, era una debilidad que los enemigos explotaban, pero en ese momento, con Gabriel a su lado, se sentía como la armadura más resistente que jamás hubiera portado.
—Bien —dijo ella, poniéndose su traje sastre gris y sus tacones de diseñador. Su máscara de hierro estaba de vuelta—. Entonces es hora de ir a cobrar nuestras deudas.
Salieron del ático en silencio, dos figuras oscuras listas para enfrentarse al destino. El romance clandestino que florecía entre ellos se hundió de nuevo bajo la superficie, oculto tras la profesionalidad y el peligro, pero ambos sabían que lo que había pasado en ese escritorio los había unido de una forma que ni el poder ni la venganza podrían romper jamás.
La red se estaba cerrando, y mientras bajaban en el ascensor hacia el garaje blindado, Clara Mendoza ya no era solo la víctima de una traición o la líder de un imperio en peligro. Era una mujer que tenía algo por lo que luchar más allá de la corona, y eso la hacía infinitamente más peligrosa. El día de la verdad había llegado.