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Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Status: En proceso
Genre:Romance / Romance de oficina / CEO
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: @ngel@zul

Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Decisiones

El sábado se presentó como una prueba de resistencia para la cual Joana no había redactado ningún protocolo de actuación. Se despertó antes de que la luz del sol lograra atravesar las pesadas cortinas de terciopelo de su dormitorio, sintiendo el peso de la oficina todavía oprimiendo sus hombros. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, un vacío que solía ser su zona de confort, su santuario de paz, pero que hoy se sentía como una sala de espera de un juzgado de guardia: fría, expectante y cargada de una tensión invisible.

​Se preparó un café, moviéndose por la cocina con la eficiencia mecánica que la caracterizaba. Sin embargo, al sostener la taza de porcelana entre sus manos, su mente traicionó el decreto de amnesia que se había impuesto la noche anterior. Inevitablemente, como un peritaje que no se puede impugnar, el recuerdo de Nick apareció en su memoria.

​Nick, su esposo, el hombre que había sido su ancla y su socio en la vida durante más de una década. Joana cerró los ojos, intentando evocar con precisión la sensación de sus besos. Los besos de Nick eran un puerto seguro; eran cálidos, familiares, cargados de una ternura previsible que le otorgaba una paz absoluta. Eran besos que reafirmaban un contrato de vida ya firmado y notarizado, sólidos como una sentencia firme de la Corte Suprema. Con Nick, el afecto era una construcción arquitectónica de confianza, una estructura que ella entendía, dominaba y habitaba con la seguridad de quien conoce cada viga y cada ladrillo.

​Pero entonces, como un intruso procesal que irrumpe en una audiencia privada, surgió la imagen de Marco. Y con la imagen, la sensación táctil de su beso sobre la mesa de la sala de juntas.

​Joana apretó la mandíbula, sintiendo un nudo en el estómago. No había comparación técnica posible, y eso era lo que más la aterraba. Lo de Marco no había sido un puerto seguro; había sido un naufragio en alta mar. Sus besos no pedían permiso ni reafirmaban nada; al contrario, lo impugnaban todo. Había una urgencia eléctrica en él, una vitalidad cruda y casi salvaje que Nick, en su madurez y sosiego de hombre maduro, nunca había proyectado. El beso de Marco sabía a riesgo, a insolencia, a una juventud que no pedía disculpas por su fuerza arrolladora.

​Se sorprendió a sí misma, con la mirada perdida en el vapor del café, reconstruyendo la apariencia física de Marco con una nitidez que rayaba en lo obsesivo. Recordó la textura de su camisa azul, ligeramente arrugada tras horas de trabajo, y cómo la tela se tensaba contra sus hombros anchos, revelando una musculatura fibrosa que no era fruto del gimnasio por vanidad, sino de una energía nerviosa y atlética. Marco tenía esa cualidad de llenar el espacio; no era solo su altura, sino su postura: siempre un poco inclinado hacia adelante, como si estuviera a punto de devorar el mundo o de descifrar un secreto.

​Visualizó su rostro con una precisión casi dolorosa. La mandíbula marcada, siempre con esa sombra de barba de dos días que le daba un aire de descuido calculado, de hombre que tiene cosas más importantes que hacer que afeitarse a la perfección. Pero eran sus ojos los que más la descolocaban: de un color avellana profundo que cambiaba de tono según la luz de la oficina, rodeados de pestañas oscuras y densas que le daban una mirada pesada, cargada de una intención que Joana nunca había visto en un subordinado. Y sus labios… labios que habían resultado ser mucho más firmes y cálidos de lo que su imaginación se hubiera atrevido a teorizar.

​—Es solo la novedad —se dijo a sí misma en voz alta, dejando la taza sobre la encimera con un golpe seco que resonó en la cocina vacía—. Es solo la adrenalina química de lo prohibido. Un desajuste de dopamina. Nada más.

​Decidida a recuperar su centro, Joana se impuso una jornada de actividad frenética. Fue al gimnasio del club, un entorno de acero y cristal donde buscó que el agotamiento físico silenciara el ruido mental. Corrió en la cinta más kilómetros de los habituales, fijando la vista en la pantalla frontal, intentando que el sudor lavara la sensación de las manos de Marco sobre su cintura. Pero incluso allí, el ritmo de sus propios pasos contra la banda de goma le recordaba el compás decidido de Marco caminando por el pasillo del bufete.

​Al mediodía, realizó tareas mundanas con una minuciosidad casi patológica. Pasó por la tintorería, organizó su agenda de la semana entrante y fue al supermercado orgánico. Vestía su "uniforme" de civil: jeans oscuros de corte perfecto, una camisa blanca de lino impecablemente planchada y el cabello recogido en una coleta tan tirante que le tensaba las sienes. Necesitaba orden. Necesitaba que cada átomo de su existencia volviera a su casilla correspondiente, bajo el imperio de la lógica y la prudencia.

​Por la tarde, se sentó en su estudio personal, una habitación revestida de estanterías cargadas de tratados de derecho internacional. Abrió un volumen de derecho comparado, decidida a sumergirse en la aridez de los tecnicismos para purgar cualquier residuo emocional. Pero las letras parecían bailar sobre el papel de alto gramaje. Cada vez que leía palabras como "vínculo irrevocable", "resolución de conflictos" o "vicios del consentimiento", la voz de Marco, grave y vibrante, resonaba en las paredes de su cráneo.

​"El juicio ya ha comenzado, Joana..."

​Cerró el libro de un golpe, el estruendo rompió el silencio de la tarde. Se levantó y caminó hacia el gran ventanal de su sala, observando el skyline de la ciudad. Desde esa altura, los problemas humanos parecían minúsculos, manejables bajo el peso de la estadística. Allí, frente al cristal frío, Joana dictó su propia sentencia de defensa.

​—El lunes .—murmuró para su reflejo, viendo a la mujer exitosa y contenida que le devolvía la mirada—. El lunes, Marco D’Lorenzo volverá a ser un asociado senior bajo mi supervisión. Aplicaré una política de exclusión total. No hubo beso, no hubo oficina vacía, no hubo vulnerabilidad. Solo hubo un error de interpretación que no se repetirá.

​Diseñó una estrategia de distanciamiento que envidiaría cualquier experto en contención de daños. Decidió que no volvería a haber reuniones a solas después de las cinco de la tarde. Las puertas de su despacho permanecerían abiertas en todo momento cuando él estuviera presente. Mantendría un tono estrictamente formal, recuperando el "usted" si era necesario para marcar la brecha generacional y jerárquica. Incluso consideró la posibilidad de transferir la supervisión directa de Marco a otro socio, alegando una sobrecarga de trabajo con la fusión internacional.

​Era un plan sólido. Era una defensa impenetrable. Estaba basado en la lógica, en la preservación de su carrera y en el respeto a la memoria de Nick, cuya foto en el escritorio de la sala parecía observarla con una serenidad que ahora le resultaba casi reprochatoria.

​Sin embargo, al irse a la cama esa noche, la oscuridad de la habitación se convirtió en un lienzo donde la figura de Marco se proyectaba con una insistencia casi insolente. Joana se descubrió a sí misma tocándose los labios inconscientemente con la punta de los dedos en medio de la penumbra. El rastro de él seguía allí, una marca invisible que desafiaba cualquier decreto de distancia o moción de desestimación.

​Se sentía ridícula, una mujer de treinta y seis años, socia de uno de los bufetes más prestigiosos del país, comportándose como una pasante deslumbrada. Pero no era deslumbramiento; era un hambre vieja que Nick había saciado con ternura y que ahora Marco despertaba con un fuego que ella no sabía cómo apagar sin quemarse en el proceso.

​El fin de semana terminaba y Joana, por primera vez en su impecable trayectoria profesional, sentía que se dirigía a una audiencia para la cual no tenía pruebas suficientes. La estrategia estaba trazada, el muro estaba levantado y las leyes de su mundo volvían a estar vigentes. Pero mientras cerraba los ojos, la última imagen antes del sueño no fue un contrato ni una sentencia, sino la media sonrisa triunfante de Marco, recordándole que hay pasiones que no entienden de jerarquías ni de códigos de conducta.

​Mañana sería lunes, y el verdadero juicio de Joana estaba a punto de comenzar.

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Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Carmen Palencia
eres una excelente escritora y gracias por actualizar más capitulos por favor que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela por favor más capitulos que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Buenísima historia 👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Joana arriésgate a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
👏👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
Joana atrévete a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
👏👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
🔥🔥🔥🔥
Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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