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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

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Capítulo 11: El estallido del cristal

Fuera de la puerta del apartamento 402, el silencio del pasillo era denso, casi asfixiante. Ethan Blackwood permanecía de pie, inmóvil, con la tarjeta magnética clonada apretada entre los dedos. El metal frío se le clavaba en la palma, pero no tanto como el dolor sordo de los celos que le comprimía el pecho. Su respiración era errática, pesada. Cerró los ojos, apoyando la frente por un segundo contra la superficie de madera de la puerta, intentando desesperadamente encontrar ese interruptor mental que siempre le permitía congelar sus emociones y actuar con la lógica fría de un cirujano.

Tenía que calmarse. Una parte de su cerebro, la parte que aún conservaba un rastro de cordura, le advertía que cruzar esa línea en el mundo físico cambiaría las cosas para siempre. Si entraba sin avisar, arriesgaba todo el terreno que había ganado pacientemente durante un año entero. Podía asustarla. Podía hacer que lo viera como un monstruo, como un acosador, y el miedo a leer el horror puro en los ojos de Alana lo paralizaba. Su mano tembló sutilmente al levantar la tarjeta hacia el lector. Se debatió en un infierno interno: ¿entrar rompiendo toda norma, o tocar el timbre como un hombre civilizado y fingir una excusa corporativa de domingo?

Toda la imponente valentía, el derecho de propiedad que había sentido abajo en el auto, pareció evaporarse por un instante, dejándolo expuesto ante su propia vulnerabilidad. Se sintió extrañamente nervioso, una sensación ridícula para el hombre que controlaba imperios tecnológicos. Pero entonces, la pantalla de su memoria reprodujo la imagen de Alana en la calle. Alana sonriéndole a ese guardia. Alana permitiendo que él cargara sus cosas. Alana compartiendo un espacio de su vida del que Ethan estaba excluido.

El recuerdo de la cercanía de ese tipo fue el detonante definitivo. La prudencia saltó por los aires, sepultada por una ola de posesividad ciega. Sin pensarlo un segundo más, Ethan deslizó la tarjeta por el lector. El pestillo electrónico emitió un pitido sutil y el cerrojo se abrió con un chasquido que sonó como un disparo en la quietud del lugar. Empujó la puerta y entró sin previo aviso, cerrándola de golpe a sus espaldas.

En la cocina, Alana estaba de espaldas, terminando de acomodar unas manzanas en el frutero. Al escuchar el impacto sordo de la puerta principal y el eco de unos pasos pesados y decididos sobre el suelo de madera, se le congeló la sangre. Dejó caer una de las frutas, que rodó por el mostrador, y salió apresuradamente al pasillo para ver quién demonios había logrado burlar la seguridad de su hogar.

Cuando sus ojos encontraron la figura de Ethan, Alana se quedó sin aliento. Retrocedió un paso, con una mano en el pecho y el corazón golpeándole las costillas.

—¿Señor... señor Blackwood? —tartamudeó, con los ojos abiertos de par en par, una mezcla de sorpresa absoluta y confusión total nublándole la mente—. ¿Qué... qué hace aquí? ¿Cómo entró?

Ethan no respondió con palabras. Avanzó hacia ella con la cadencia de un depredador que acorrala a su presa en un rincón estrecho. Su rostro estaba rígido, las facciones tan duras que parecían esculpidas en piedra, y sus ojos grises brillaban con una furia tan oscura que Alana sintió un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal. Antes de que ella pudiera reaccionar o exigir una explicación lógica, Ethan acortó la distancia, atrapándola contra la pared del pasillo. Apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Alana, atrapándola por completo con su cuerpo, abrumándola con su imponente estatura y el aroma pesado a sándalo, tabaco y lluvia que traía consigo.

—¿Te sorprende verme, Alana? —la voz de Ethan era un susurro denso, áspero, cargado de un veneno que la hizo temblar—. ¿O es que interrumpo tus planes de domingo? ¿Acaso estabas esperando que alguien más cruzara esa puerta?

Alana pegó la espalda a la pared, sintiendo el calor abrasador que irradiaba el pecho de su jefe a escasos centímetros del suyo. La cercanía física era idéntica a la que había provocado el viernes en la oficina, pero el contexto ahora era peligrosamente íntimo.

—No entiendo de qué habla... —alcanzó a decir ella, con la respiración entrecortada, obligada a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Usted estaba de viaje... ¿Cómo tiene una llave de mi apartamento? Esto es una locura, señor Blackwood, déjeme salir.

—¡No me hables de locura! —la interrumpió él, con un tono que rozaba la desesperación y el reproche más profundo. Se inclinó un poco más, tanto que Alana pudo sentir el aire caliente de su respiración golpeando sus labios—. Llevo días fuera de la ciudad, resolviendo un infierno, contando los malditos minutos para regresar... ¿Y qué es lo primero que encuentro al llegar? Te encuentro a ti, en la calle, sonriéndole a un don nadie. Paseando como si no tuvieras un solo cuidado en el mundo. Dime una cosa, Alana... ¿así es como aprovechas mis días de ausencia? ¿Tanto te urgía que me fuera para poder meter a otro hombre en tu vida? ¿Para estar con él?

Alana procesó las palabras y, por un instante, el miedo fue sustituido por una indignación desconcertada. ¿Su jefe la estaba vigilando? ¿La estaba reclamando como si tuviera algún derecho sobre su privacidad?

—¿Me estaba espiando? —reprochó ella, ganando una pizca de valentía mientras intentaba empujar el pecho de Ethan con las manos, aunque fue como intentar mover una montaña de músculos—. Mateo solo me ayudó con las bolsas porque mi auto está en el taller. Es el guardia del edificio, no tengo nada con él. ¡Y usted no tiene ningún derecho a entrar aquí a pedirme cuentas de mi vida privada! Soy su secretaria en la oficina, señor Blackwood. Fuera de ella, yo no le pertenezco.

Esa última palabra fue la gota que derramó el vaso en la psique de Ethan. *"No le pertenezco"*.

Ethan soltó una carcajada ronca, una risa carente de cualquier pizca de alegría, y atrapó las dos muñecas de Alana con una sola de sus manos, alzándolas por encima de su cabeza y presionándolas contra la pared con una firmeza incuestionable pero sin lastimarla. Con su mano libre, tomó la mandíbula de Alana, obligándola a mirarlo fijamente, obligándola a ver el abismo de obsesión que arrastraba.

—¿Que no me perteneces? —susurró él, con los ojos fijos en los labios temblorosos de ella, las pupilas completamente dilatadas por la lujuria y la rabia—. Llevas un año entero siendo mía en cada pensamiento que tengo, Alana. Cada café que me sirves, cada mirada que me das en la oficina... sé perfectamente lo que hiciste el viernes con el bolígrafo. Sé cómo me tocaste. Sé cómo te pusiste. Y no voy a tolerar que mires a otro hombre, que le sonrías a otro hombre, mientras me dejas a mí consumiéndome en este maldito infierno. Me importan una mierda las bolsas, me importa una mierda el taller. Si necesitas algo, me lo pides a mí. Si quieres salir, sales conmigo. No vuelvas a dejar que ese tipo, ni ningún otro, se te acerque a menos de un metro, ¿me has entendido?

Alana sintió que el mundo entero se desvanecía bajo sus pies. Las palabras de Ethan, la posesividad violenta de su tono y la mención exacta de lo que había pasado el viernes la dejaron en un estado de shock absoluto. Pero lo que realmente la hizo jadear, lo que encendió un fuego líquido e incontrolable entre sus piernas, fue la abrumadora coincidencia.

La forma en que Ethan la tenía sujeta, la intensidad de sus reproches, la autoridad con la que reclamaba su cuerpo y su alma... era exactamente el mismo tono, la misma psicología oscura y el mismo lenguaje carnal que Eros le había escrito en la pantalla la noche anterior. El juego de espejos estaba ahí, flotando en el aire del pasillo, y la línea entre su jefe real y su novio virtual.

1
Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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