Alice, de 19 años, conoció a Alexei Fiore, quien se sintió atraído por ella y le propuso ser su novia. Ella rechazó, pero él ordenó atacar a su padre, dejándolo gravemente herido. Incapaz de pagar las cirugías, Alice terminó aceptando el trato de Alexei.
(En edición)
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Capítulo 1 (Editado)
[Narra Alexei]
El rugido del motor llenaba el silencio incómodo entre Daniel y yo mientras nos dirigíamos a la universidad Manhattan. Ese lugar siempre me provoca asco: un nido de mocosos de papi y mami, vestidos de marca, creyéndose dueños del mundo.
No es mi ambiente, jamás lo será. Pero hoy… hoy no tenía opción. Hacía tiempo que no veía a Annie, mi hermana menor, y aunque me cueste admitirlo, su ausencia comienza a pesar.
Estaba distraído con el celular cuando empezó a vibrar. En la pantalla apareció un nombre que me arrancó una sonrisa irónica: Stephanie.
Ella no es mi amiga, ni mi novia. Es simplemente mi veneno, mi perdición más carnal.
Respondí la llamada y puse el altavoz. Daniel ya la conoce demasiado bien, así que no hay nada que ocultar.
📲 Stephanie — Hola, Alexei… ¿cómo estás? Necesito pedirte un favor. —
Su voz era melosa, arrastrada, con ese tono que me eriza la piel. Siempre sabe cómo manipularme.
📲 Alexei — ¿Cuánto dinero quieres esta vez? —
📲 Stephanie — Solo 300 mil dólares. Dos días. Tú sabes que me gusta verme perfecta para ti. Créeme… el próximo fin de semana será inolvidable. —
Su promesa me quemó la mente. Cerré los ojos por un instante, imaginándola en mi cama, jadeando mi nombre. Sí, Stephanie era puro fuego… y peligro.
📲 Alexei — Está bien. Pero ya sabes que no deposito. Te mandaré el efectivo con mi asistente. —
Colgué sin darle más espacio a su veneno. Guardé el celular y noté a Daniel observándome con desaprobación, como si fuera mi maldito juez.
— ¿Por qué eres tan negativo? — le solté con burla. — Sabes tan bien como yo que Stephanie es una buena mujer. —
Daniel soltó una risa seca.
— ¿Buena mujer? No, Alexei. Buena en la cama, sí. Esa mujer solo quiere tu dinero. Pensé que eras más inteligente. Vas a terminar solo, rodeado de billetes y vacío por dentro. —
Mis puños se apretaron.
— No olvides con quién hablas. Si me quedo solo, será mi problema. Lo importante es que ahora disfruto mi vida. —
— Entonces hazla tu mujer — respondió con veneno. — Cásate con ella, si tanto te gusta. —
— No soy idiota. Stephanie es un pasatiempo. Nada más. —
El silencio nos cubrió como una tormenta hasta que Daniel, con una mueca de burla, pronunció el nombre prohibido:
— ¿Y qué hay de Myriam? —
Un latigazo de rabia recorrió mis venas.
— ¡Cállate! No vuelvas a nombrarla. Jamás. —
No hubo más palabras.
Finalmente, llegamos a la universidad. Al principio intenté esperar a Annie en el auto, pero media hora después mi paciencia estaba hecha pedazos.
— Maldita sea… — mascullé, bajando del vehículo.
Daniel y yo nos dividimos para buscarla. El campus era un laberinto, y Annie no contestaba el teléfono. El tiempo corría y mi sangre hervía más.
Abrí la puerta de un salón al azar. Estaba vacío… o al menos eso pensé.
Entonces la vi.
Una chica, sentada sola en una silla, con audífonos puestos y la mirada perdida en su celular. No era como las demás. No irradiaba esa superficialidad barata que tanto desprecio. No. Ella… era distinta.
Me acerqué. Mis pasos resonaron en el suelo hasta detenerme frente a ella. Toqué su hombro.
Ella levantó la cabeza, se quitó los audífonos y me miró.
En ese instante, el mundo se detuvo.
Sus ojos… eran un océano en el que podía hundirme sin remedio. Su voz, al pronunciar las primeras palabras, me atravesó como una daga envuelta en seda.
— ¿Sucede algo? —
Me quedé mudo. Literalmente sin aire. Mi corazón golpeó con violencia contra mi pecho.
No era posible… jamás había sentido esto.
Tragué saliva, intentando recomponerme.
— Busco a Annie Fiore… ¿la conoces? — pregunté, aunque lo único que quería era seguir escuchando esa voz.
Ella ladeó la cabeza, pensativa.
— Creo que sí. —
Mi mirada no pudo apartarse de su rostro. Cada detalle suyo parecía hecho a mano por un dios cruel que sabía cómo torturarme.
— ¿Sabes dónde está? — insistí, con la voz quebrada, como si me costara arrancar las palabras de mi garganta.
— Escuché un escándalo en la oficina del director. Pasillo 112. — Se levantó con una gracia que me dejó sin aliento. — Ahora debo irme. —
Se giró para marcharse. Y yo… yo no soporté la idea de verla alejarse.
Mi mano se adelantó y atrapó la suya.
Ella se detuvo. Sus ojos me fulminaron, desconcertados, casi desafiantes. Se soltó de inmediato, como si mi toque quemara.
— No piense mal… — dije rápido, nervioso. — Ella es mi hermana. No es mi novia. Ni siquiera tengo novia. —
— Mejor para usted. —
Su respuesta fue fría, cortante. Y sin más, salió del aula.
Me quedé paralizado. El aire me pesaba en los pulmones. Sentía que el suelo bajo mis pies se había derrumbado.
¿Quién era esa mujer?
¿Por qué me había desarmado con una simple mirada?
Nunca me había pasado. Nunca. Ni con Stephanie, ni con nadie. Ella no solo me gustó… me hirió. Me arrancó algo del alma sin siquiera saber mi nombre.
Y lo peor es que, en lo más profundo de mi ser, supe la verdad:
No me bastará con haberla visto.