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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 1: Todo lo que no vendo

El estudio olía a trementina y a café recalentado. También un poco a gata, pero eso ya no lo notaba.

—¿Otra vez con la misma?

Laura estaba apoyada en el marco de la puerta con un brazo en jarras y una expresión que combinaba la burla con la resignación. Llevaba el pelo recogido en un moño imperfecto y una camiseta de un concierto que habíamos visto juntas hacía cinco años.

—No es la misma —dije sin dejar de mirar el lienzo—. Es la misma pero diferente.

—Es la misma, Irene. Es una tía sin cara. Como las otras quince que tienes ahí apiladas.

Señaló la esquina del estudio donde descansaban mis últimos seis meses de trabajo. Lienzos apoyados contra la pared, todos con la misma historia: cuerpos de mujer, posturas íntimas, gestos cotidianos. Y ningún rostro. Nunca el rostro.

—Diecisiete —corregí—. Son diecisiete.

—Más razón aún.

Laura entró sin pedir permiso, como siempre, y se dejó caer en el único sitio del estudio que no estaba manchado de pintura: un sillón naranja que mi tía Lucía había rescatado de la basura y que Blanca había reclamado como trono. La gata levantó la cabeza, me miró con desprecio, y volvió a dormir.

—¿Has comido? —preguntó Laura.

—Sí.

—Mientes.

—No tengo hambre.

—Peor.

Sacó del bolso un paquete de galletas y me lo lanzó. Lo atrapé por reflejo, más por instinto de supervivencia que por ganas.

—Son las diez de la noche —dijo—. Tu última comida fue el café que te tomaste conmigo ayer. Y eso no es comida.

—El café es comida líquida.

—Eres tan idiota.

Sonreí. Con Laura siempre era así. Nos conocíamos desde primero de Bellas Artes, cuando ella llegó tarde el primer día y yo fui la única que dejó una silla libre a su lado. Doce años después, seguíamos igual: ella diciéndome lo que tenía que hacer y yo haciéndole caso a medias.

—¿Qué ha dicho la galería? —preguntó.

Ahí estaba. La pregunta que llevaba todo el día evitando.

Abrí el paquete de galletas para no tener que responder. Mastiqué despacio, sintiendo el azúcar pegársele al paladar.

—Irene.

—Que ya veremos.

—¿Cómo que ya veremos?

—Eso. Que ya veremos. Que el estilo es "muy particular". Que el mercado ahora está buscando otra cosa. Que quizá más adelante.

Laura se incorporó en el sillón. Blanca protestó con un maullido.

—¿Te están pidiendo que pintes caras?

—Me están pidiendo que pinte lo que vende.

—Que es lo mismo pero con otras palabras.

—Eso.

Silencio. El estudio siempre se oía más vacío cuando alguien estaba en él. Las tuberías del edificio gemían. Abajo, el vecino del segundo discutía por teléfono con alguien. La noche entraba por la ventana como una losa.

—Pues que les jodan —dijo Laura.

—Eso mismo le dije a mi madre.

—¿Y ella?

—Que con eso no pago el alquiler.

—Bueno, tu madre tiene un punto.

La miré. Laura ya estaba con el móvil en la mano, seguramente buscando algo de comer de verdad porque las galletas no le parecían cena ni para mí.

—He quedado con Lucía mañana —dije—. Viene a Madrid.

—¿Tu tía? ¿La gemela?

—La única. Mi madre y ella son gemelas, no tengo más.

—Ya, ya. Me refiero a que siempre las confundo en las fotos.

—En las fotos sí. En persona no. Mi madre nunca llevaría ese collar de conchas que Lucía se trajo de no-sé-dónde.

Laura se rió.

—¿Y a qué viene?

—No sé. Dice que quiere verme. Que tiene algo que contarme.

—Igual se ha cansado de Berlín y vuelve.

—Ojalá.

Lo decía de verdad. Mi tía Lucía era lo más parecido a un adulto funcional que tenía en la vida. Mi madre me quería, pero me quería con miedo. Me quería como quien quiere a alguien que va a estrellarse. Lucía, en cambio, me quería como quien quiere a alguien que va a volar.

—¿Y tu madre?

—Mañana también. Cumpleaños.

—¿De quién?

—Del primo de no-sé-quién. Una comida familiar en su casa. Ha insistido.

—Ah, la tortura semanal.

—Mensual. Pero sí.

Laura se levantó y fue a la nevera. Una nevera diminuta, blanca, con un imán de la Alhambra que nunca había pisado. La abrió. La cerró.

—No hay nada.

—Ya te dije.

—Vamos a cenar fuera. Yo invito.

—No tengo hambre.

—No es negociable. Blanca, dile a tu madre que vamos a cenar.

La gata abrió un ojo, nos miró con desprecio absoluto, y volvió a dormir.

Cenamos en un italiano de Malasaña que conocía Laura de cuando trabajó de camarera. El dueño nos puso en la mejor mesa y nos trajo pan con ajo sin pedirlo. Laura pidió pasta. Yo también, porque si no, me iba a mirrar mal.

—¿Y el tío de la oficina? —pregunté para cambiar de tema.

—¿Cuál? Tengo varios.

—El que te gusta.

—Ah, Dani. Pues Dani está de prácticas y en dos semanas se vuelve a su pueblo.

—¿Y?

—Y nada. Es un idiota. Me dijo el otro día que mi portfolio era "interesante" pero que "quizá demasiado femenino" para lo que buscaban.

—¿Demasiado femenino? ¿Qué mierda significa eso?

—Que soy mujer y hago cosas de mujer, supongo. No sé. Que le den.

—Que le den.

Brindamos con Coca-Cola light porque ninguna de las dos bebía vino. Laura porque se mareaba. Yo porque no podía permitirme la resaca.

—¿Tú crees que estamos haciendo algo mal? —pregunté.

—¿En qué sentido?

—En el arte. En la vida. En general.

Laura masticó despacio. Tenía esa capacidad suya de pensar mientras comía, como si la pasta activara alguna parte de su cerebro que en otras personas estaba dormida.

—Yo creo —dijo— que el problema no es lo que hacemos. El problema es que el mundo está lleno de gente que decide qué es lo que vale y qué no. Y esa gente suele ser mayor, y suele ser rica, y suele ser hombre.

—Mi experiencia con hombres ricos es limitada.

—La mía también. Pero me los imagino. Trajes caros, despachos grandes, colecciones de arte en casas que nunca habitan.

—¿Colecciones de arte?

—Sí, ¿no? Los tíos así siempre tienen arte. Para aparentar. Para decir "mira, yo también soy sensible". Compran lo que otros les dicen que compren.

—Qué asco.

—Qué asco.

El camarero trajo más pan. Lo aceptamos como quien acepta un abrazo.

Cuando llegué a casa, el estudio estaba igual. Blanca seguía en el sillón, ahora boca arriba con las patas estiradas. La nevera seguía vacía. Los lienzos seguían mirándome desde la pared con sus ausencias de rostro.

Me senté en el suelo, frente al último. Era un óleo de tamaño mediano: una mujer recostada en una cama, el pelo revuelto, una mano sobre el pecho. Mi mano. Mi pecho. Mi cama. Y donde deberían estar mis ojos, mi nariz, mi boca, solo una mancha difuminada, como si la identidad se hubiera borrado con un trapo húmedo.

—Algún día —dije en voz alta—. Algún día voy a pintarme la cara y va a ser tan jodidamente increíble que todos van a querer comprarlo.

Blanca no respondió. Los gatos son sabios y saben cuándo no alimentar ilusiones.

El móvil vibró. Un mensaje de mi madre:

"Mañana comida en casa. 2pm. Trae algo de postre. Te quiero."

Otro mensaje, justo después, de un número que no tenía guardado:

"Buenas noches, Irene. Soy Sergio, de M&M Corporaciones. Quería confirmar su entrevista para el miércoles a las 10am. Adjunto dirección. Un saludo."

La entrevista. La había solicitado hace dos semanas, borracha de desesperación y después de que mi madre me llamara tres veces en un mismo día para preguntar "si había pensado en algo estable". Una secretaria. Buscaban a alguien para apoyo administrativo. No necesitaban experiencia en arte. Necesitaban a alguien que supiera usar Excel.

No sabía usar Excel.

Pero el alquiler no esperaba. Y Blanca necesitaba su comida cara de gato. Y yo necesitaba dejar de deberle dinero a Laura.

Respondí: "Confirmada. Gracias."

Apagué el móvil y me quedé mirando la noche a través del ventanal. Madrid brillaba ahí fuera, llena de luces, de gente, de galerías donde nunca exponía, de restaurantes donde no cenaba, de vidas que no eran la mía.

Y en algún lugar de esa ciudad, sin que yo lo supiera todavía, un hombre acababa de entrar en una galería del Barrio de las Letras. Un hombre con traje caro y mirada de coleccionista. Un hombre que se detendría frente a una escultura de bronce, una mujer sin cabeza, y sentiría por primera vez en años que necesitaba poseer algo.

Pero yo no lo sabía.

Todavía no.

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Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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