Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 19 - Náuseas matutinas
Gerardo llegó al hospital empapado en sudor. A toda prisa se acercó a su jefe, que lo esperaba en el vestíbulo.
—A-aquí… aquí está la comida, señor.
Max miró su reloj. Eran la 01:03.
—Llegas trece minutos tarde.
—Sí… Perdón… Perdóneme, señor. Me retrasé buscando las patitas de pollo picantes…
—Bueno. Ya te puedes ir.
—¿Y usted qué hace en el hospital, señor? ¿Quién está enfermo? —preguntó Gerardo, intrigado.
—Mañana no voy a la oficina. Encárgate de todo. Si surge algo en lo que me necesites, me llamas.
Dicho esto, Max se fue, dejando a Gerardo plantado ahí, con cara de no entender nada.
Volvió a la habitación con el pedido completo de Camila. Según la doctora, no había ningún alimento que ella tuviera que evitar. Mientras su estómago lo tolerara, no había nada de malo en dárselo.
—¿Segura que te vas a comer todo esto? —preguntó Max, todavía incrédulo.
—Ajá —contestó Camila, masticando fruta, mientras estiraba la mano para recibir la comida.
Durante casi una hora, Max le hizo compañía mientras ella comía con un apetito voraz. Y, por increíble que pareciera, se acabó absolutamente todo lo que había pedido. Max no salía de su asombro.
—¿Todos los días comes así de mucho? —preguntó sin poder creerlo.
—Sí.
—¿Y quién te prepara toda esa comida?
—Doña Lupe…
—¿Doña Lupe? ¿La jefa de servicio?
—Sí…
—Mmm… Creo que de verdad tengo que darle las gracias. Pero si comes tanto, ¿por qué estás tan flaca? ¿A dónde se van todos esos nutrientes? —preguntó, extrañado.
Camila no tenía ningunas ganas de contestar. Con el estómago lleno, empezó a darle sueño. Bostezó varias veces, pero le daba pena quedarse dormida así nada más, y menos con ese hombre a su lado.
—¿Tienes sueño?
—Mjm —respondió ella, apenada.
—Bueno, entonces duérmete.
—No puedo dormir si hay alguien junto a mí…
—Yo voy a dormir allá —dijo, señalando el sofá—. Y no me pidas que me vaya, porque no me voy a ir. Eres mi responsabilidad. Ahora duérmete.
Max se levantó y caminó hacia el sofá para darle un poco de espacio.
La verdad es que su presencia todavía le daba miedo y la ponía en guardia. Pero el sueño pudo más y, al final, Camila se quedó profundamente dormida.
La mañana llegó demasiado rápido. A Camila la despertó un olor penetrante que no supo de dónde venía. Resultó que una enfermera le había dejado el desayuno junto a la cama. Se tapó la nariz de inmediato. El estómago se le revolvió. Parecía que todo lo que había comido la noche anterior ya estaba listo para salir.
A toda prisa descolgó la bolsa del suero. Max, que la observaba sin entender qué pasaba, corrió hacia ella y se la quitó de las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Camila no respondió. Salió corriendo al baño, con Max pisándole los talones. En cuanto llegó, devolvió todo lo que tenía en el estómago.
¡Bleeegh! ¡Bleeegh! ¡Bleeeeegh!
Toda la comida de la noche anterior parecía haber sido en vano; salió entera sin más. Max se quedó impactado ante la escena, pero enseguida se repuso. Se colocó detrás de ella y empezó a sobarle la espalda.
No sintió el menor asco al ver todo lo que ella vomitaba. Solo sentía lástima y pena por el estado en que estaba. Con paciencia le siguió masajeando la espalda, con la esperanza de que eso la hiciera sentir un poco mejor.
Pasaron casi veinte minutos en el baño. Camila estaba tan débil que no tenía fuerzas ni para ponerse de pie. Con mucho cuidado, Max le limpió la boca y le secó el sudor frío de la frente.
—Y-ya… —dijo ella con un hilo de voz.
—¿Ya no vas a devolver nada más?
Ella negó con la cabeza. Max la levantó con cuidado y la acostó en la cama del hospital.
Agotada, Camila se hizo un ovillo, encogida como un bebé en el vientre de su madre. Max la tapó con la cobija. Poco a poco ella volvió a quedarse dormida. En cuanto la vio dormida, él fue a buscar a la ginecóloga para consultarle lo que acababa de pasar.
Camila volvió a despertar al mediodía. Lo primero que vio al abrir los ojos fue aquel rostro tan apuesto. Enseguida jaló la cobija para esconder la cara de esa mirada penetrante.
—¿Ya despertaste?
Desde debajo de la cobija, ella asintió varias veces. Se moría de vergüenza; no podía ni verlo a la cara. Vomité delante de él sin el menor pudor. Y él, con toda la paciencia del mundo, me ayudó. Ahhh… qué vergüenza.
—Ándale, tómate primero este té de jengibre. Dice la doctora que el jengibre ayuda a calmar las náuseas.
Max tomó el vaso e intentó destaparle la cara. Al final, a Camila no le quedó más que obedecer a ese hombre tan dominante.
—¿Ya te sientes mejor?
—Sí…
—¿Esto te pasa todos los días?
—Mjm…
—¿Por qué me mentiste? Me dijiste que nunca tenías vómitos en las mañanas.
—N-no quería causar molestias…
—Tú nunca me causas molestias. Vas a ser mi responsabilidad hasta que nazca el niño. Lo que sea que te pase es completamente mi responsabilidad. Así que tienes que ser honesta conmigo en todo. ¿Entendido?
Camila asintió con la cabeza gacha. Max se sintió culpable por haber sido un poco duro con ella.
—¿Y normalmente hasta qué hora te duran las náuseas? Anoche te vi comer con muchas ganas. No te duran hasta la noche, ¿verdad?
—Solo en la mañana. De la tarde a la noche estoy bien…
—¿O sea que ahorita ya te sientes bien?
—S-sí…
—¿Se te antoja algo de comer?
Camila negó con la cabeza.
—Anoche comiste muchísimo. ¿En el día no te da hambre?
Ella volvió a negar, y a Max lo invadió de nuevo la preocupación.
—¿Qué se te antoja ahorita? Dime. Yo te lo compro.
—Nada…
—Tienes el estómago vacío. Aunque no tengas apetito, tienes que comer algo. Por nuestro bebé… digo, por el bebé. En el refri hay pudín y fruta. ¿Quieres algo de eso?
—Sí…
—Te traigo las dos cosas.
Max regresó con el pudín y la fruta. Aunque fuera de a poquito, Camila aceptó comer. A él le partía el alma verla así. Se quedó pensando: ¿Tendrá náuseas así todos los días? ¿Quién la cuida cuando se siente mal? ¿Mamá la habrá obligado a hacer todo el quehacer de la casa, estando así?
¡Arghhh!
La culpa lo estaba matando. Su decisión de dejarla vivir con su familia había sido un error. En lugar de cariño, Camila solo había recibido malos tratos. Max se maldijo a sí mismo.