Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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LA PROMESA ENTRE LÁGRIMAS Y LA HERIDA AL DESCUBIERTO
El eco metálico del ascensor rompió la sofocante atmósfera del pasillo. Las puertas automáticas se abrieron de par en par y dos oficiales de la policía, uniformados y con la mirada seria, avanzaron con paso firme hacia el grupo. El oficial al mando sacó un documento firmado y plastificado, recorriendo la escena con la vista hasta fijarla en el magnate.
—¿Señor Carmelo Victorino? —preguntó el oficial con voz marcial—. Tenemos una orden de aprehensión emitida por la fiscalía en su contra. Hay una denuncia formal presentada por la familia Valenzuela. Debe acompañarnos a la comisaría de inmediato para rendir su declaración en calidad de detenido.
El oficial principal dio un paso al frente y extrajo las esposas de su cinturón. Carmelo no se movió; permaneció de rodillas, con la cabeza baja y los brazos flojos a los lados, dispuesto a dejar que el metal frío le ceñiera las muñecas sin oponer la menor resistencia.
Sin embargo, el sonido del chasquido de las esposas rompió el trance en el que se encontraba el pequeño Ariel. Al ver que los hombres uniformados se abalanzaban sobre el hombre de ojos azules para llevárselo preso, una ola de pánico absoluto inundó la mente del niño.
—¡No! ¡No se lo lleven! —gritó Ariel con un llanto desgarrador que cortó el aire como un cuchillo.
El pequeño soltó su oso de peluche y corrió desbocado por el pasillo. Se arrojó sobre el pecho de Carmelo, envolviendo el cuello del magnate con sus brazitos con una fuerza desesperada. Carmelo conmocionado cerró los brazos alrededor de su hijo, apretándolo contra su traje arrugado mientras el niño escondía el rostro en su cuello, empapándolo de lágrimas.
Ariel giró la cabeza, mirando a Anastasia y a su abuelo Adriel con los ojos desorbitados por el miedo y la angustia.
—¡No, mamita! ¡No dejes que me quiten a mi verdadero papá! —suplicó el niño entre hipos y sollozos desgarradores que hacían temblar su pequeño cuerpo—. ¡Por favor, mamá! ¡Por favor abuelito, ayúdenme! ¡No dejen que se lleven a mi papito ojos azules! ¡Papito, no te vayas, no te dejes llevar! ¡Yo quiero estar contigo, no me dejes solo, por favor, papito!
La voz del pequeño quebró el alma de todos los presentes. Anastasia se llevó las manos a la boca, tambaleándose por el impacto, mientras doña Natalia soltaba un sollozo ahogado. A su lado, la madre de Carmelo, Doña Sandra se cubrió el rostro con las manos, llorando desconsoladamente ante la escena.
Ariel, presa de una desesperación infantil fuera de control, comenzó a desabrocharse torpemente los botones de su pijama del hospital. Con manos temblorosas se quitó la camiseta, dejando al descubierto su pequeña espalda y su torso de piel bastante blanca. Esa tez límpida, tan idéntica a la de los Victorino, mostraba ahora crueles marcas violáceas, pellizcos antiguos y moretones atroces que hasta ese momento habían permanecido ocultos bajo la ropa.
—¡Miren! —gritó Ariel, mostrando su espalda a todos mientras lloraba inconsolablemente, ahogado en sus propias lágrimas—. ¡Patricio me maltrataba! ¡La abuela Petra y Patricio me pellizcaban y me pegaban cuando tú no estabas, mamita! ¡Me pegaban feo y me decían que me callara! ¡Mamita, no dejes que me lleven a mi papito, él es mi papá de verdad!
El niño levantó la vista hacia Carmelo, buscando esos ojos azules tan parecidos a los suyos y le acarició la mejilla con su manita temblorosa mientras le suplicaba entre lágrimas:
—Yo sé que mi verdadero papá no me va a pellizcar ni me va a pegar... ¿Verdad que no, papito? Yo quiero estar contigo... Papito ojos azules, dile a la policía que no te lleve, pídele a mi mamá que me deje ir contigo... Yo quiero a mi papito... Mamá, no dejes que Patricio ni la abuela Petra me vuelvan a tocar...
Un silencio macabro y absoluto cayó sobre el pasillo, roto únicamente por el llanto colectivo que estalló al ver la piel bastante blanca del niño surcada por el maltrato.
Doña Sandra rompía en llanto amargo abrazada a los hombros de su hijo menor. Sandro, el hermano de Carmelo, apretaba los puños con los nudillos blancos, llorando de rabia e impotencia con la mirada encendida en furia pura al ver el tormento de su sobrino. Al mismo tiempo, los hermanos de Anastasia, Andrés y Adrián, contenían las lágrimas mientras sus rostros se desfiguraban por una rabia salvaje al descubrir la barbarie cometida contra su pequeño sobrino. Todos en el pasillo —los Valenzuela y los Victorino— estaban unidos en un mismo llanto amargo y en una furia compartida.
Al ver la piel marcada de su hijo, Carmelo Victorino sintió que algo dentro de su alma se rompía para siempre. Una furia ciega, ancestral y asesina se mezcló con un remordimiento feroz. El magnate apretó fuertemente a su hijo contra su pecho, sepultando el rostro en los rizos del pequeño mientras sus propias lágrimas caían descontroladas sobre la espalda de Ariel.
—Perdóname, mi amor... Perdóname, hijo de mi vida... —suplicó Carmelo con la voz desgarrada por la agonía—. Perdóname por no haber estado a tu lado para defenderte... Perdóname por haberte dejado solo en el infierno... Pero te juro por mi vida, Ariel, que nadie más en este mundo te volverá a tocar un solo pelo. Te lo prometo por mi alma.
Carmelo levantó la vista. La angustia en el rostro del magnate se transformó en una máscara de rabia pura. Sus ojos azules ardían en un odio infinito dirigido a la memoria de la violencia infligida a su sangre. Miró a Adriel Valenzuela y luego a Anastasia, sosteniendo al niño en brazos con protectora firmeza.
—¡Se los imploro, Don Adriel! ¡Se los suplico por lo que más quieran en este mundo! —vociferó Carmelo con una voz potente que resonó en todo el edificio, temblando de furia y llanto—. ¡Déjenme vengar a mi hijo! ¡Permítanme destruir a Patricio Zapata y a esa maldita vieja de Petra con mis propias manos! ¡Dejen que use todo mi poder y mi dinero para hacerles pagar cada pellizco, cada golpe y cada lágrima que le sacaron a mi niño! ¡Después de eso, juro que me entregaré yo mismo a la policía y cumpliré la condena que me impongan sin chistar! ¡Pero denme la oportunidad de remediar el daño y proteger a mi hijo!
Anastasia observó el torso marcado de su pequeño. La culpa, el horror y la revelación de la barbarie que su hijo había sufrido en silencio durante años mientras ella intentaba mantener la paz en su hogar destruido la sobrepasaron por completo.
—¡Noooo! —gritó Anastasia con un alarido de dolor puro que desgarró el silencio del hospital, hincándose de golpe sobre el suelo frío.
La joven madre se cubrió el rostro con las manos, rompiendo en un llanto histérico y ahogado mientras el cuerpo le convulsionaba por la impresión.
—¡¿Por qué no dijiste nada, mi amor?! —gritó Anastasia hacia el niño, mirando las marcas en la piel blanca de Ariel con el corazón destrozado en mil pedazos—. ¡¿Por qué te guardaste ese dolor tú solo, mi niño?! ¡¿Por qué no me lo dijiste, Dios mío?!
Natalia y Adriel corrieron de inmediato a sostener a su hija, quien no dejaba de gritar y llorar sobre el suelo, sobrecogida por el dolor de madre.
Los oficiales de policía se congelaron, mirando la desgarradora escena familiar sin saber cómo reaccionar. Carmelo no soltaba a Ariel; lo mantenía acurrucado contra su pecho, besándole la cabeza una y otra vez mientras miraba a los Valenzuela con una súplica silenciosa de justicia que trascendía cualquier ley escrita.