Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 1 LA MUJER QUE TUVE QUE SER
La puerta principal de la mansión se cerró detrás de ella con un golpe sordo, pesado, como si el destino mismo le hubiera cerrado todas las salidas de golpe. Elisa se quedó parada en el vestíbulo enorme, descalza, con las manos temblando y el anillo de bodas de Valeria apretado con tanta fuerza entre sus dedos que la piedra de diamante le clavaba en la carne. El aire olía a madera pulida, a perfume caro y a un silencio tan grande que casi podía escucharlo. Nunca en sus veintitrés años de vida había estado en un lugar tan inmenso, tan frío, tan ajeno. Y sin embargo, a partir de esa noche, todo aquello tenía que ser suyo. O al menos, tenía que fingir que lo era.
Dio un paso adelante sobre el mármol blanco que le helaba los pies. A su izquierda había un salón completo con muebles de cuero oscuro, cuadros que valían más que toda la vida que ella había tenido hasta ese día, una chimenea apagada que parecía no haber encendido nunca. A su derecha, una escalera de caracol subía hacia los pisos superiores, curvándose como una serpiente de piedra. Todo estaba en orden, todo era perfecto, todo era mentira. Porque esa casa no era la casa de Elisa. Esa vida no era la vida de Elisa. Esa vida era de la hermana que se había ido minutos atrás, dejándola a ella sola para que limpiara todo el desastre que había dejado atrás.
—No tienes nada mejor que hacer —le había dicho Valeria cinco minutos antes, con la maleta en la mano y la sonrisa fría que siempre usaba para lastimarla—. Mira cómo vives: una habitación de dos por tres, ropa que yo tiré hace años, ni siquiera nuestra madre te habla a menos que necesite que le planches la ropa. No tienes dinero, no tienes trabajo, no tienes a nadie que te quiera. Así que no me vengas con que no puedes. Vas a quedarte aquí, vas a fingir ser yo, vas a aguantar a ese tonto de Leonardo y a esos tres mocosos molestos, y vas a estar agradecida de que te dé la oportunidad de vivir como una persona por primera vez en tu miserable vida.
Esas palabras daban vueltas en su cabeza una y otra vez, como un disco rayado. Y lo peor de todo era que Valeria tenía razón. Era verdad. Ella no tenía nada. Desde que eran niñas, siempre había sido así: Valeria era la luz de los ojos de todos, la hermosa, la divertida, la que recibía regalos, besos y elogios por el simple hecho de existir. Y ella… ella era solo Elisa. La callada. La que se quedaba en la esquina. La que siempre tenía que pedir permiso para hablar, la que usaba la ropa que a Valeria ya le quedaba chica, la que estudiaba hasta las tres de la mañana a escondidas porque a nadie le importaba si terminaba el colegio o no. La patética, como le decía su propia madre cuando creía que no la escuchaba.
Respiró hondo, tratando de calmar el nudo que le apretaba la garganta, y empezó a subir las escaleras. Cada paso que daba le parecía que sonaba demasiado fuerte en aquel silencio. Sabía dónde estaba la habitación de Valeria: se lo había indicado ella misma antes de irse, con una lista de reglas fría como un contrato. Primera: usa siempre mis ropas, nada de tus trapos de pobre. Segunda: duerme en mi cama, no te atrevas a dormir en ninguna otra habitación. Tercera: si Leonardo te toca, déjalo. Es el precio del dinero. Cuarta: los niños no te importan. Dales de comer, que se bañen, y si lloran, diles que se callen como yo hago. Y la más importante: si alguien se da cuenta, te juro que te mato con mis propias manos.
Llegó al final del pasillo del segundo piso y abrió la puerta de la habitación principal. Era más grande que todo el departamento donde ella había vivido toda su vida. Una cama enorme con sábanas de seda blanca, un tocador lleno de frascos de cremas y perfumes que costaban más que su sueldo de un año, y un armario empotrado que ocupaba toda una pared, con puertas de espejo de piso a techo.
Elisa se acercó despacio. Se miró en el espejo.
Vio a Valeria.
Mismo rostro, mismos ojos oscuros, misma forma de la nariz, mismos labios. Si no se conocieran de adentro, nadie, absolutamente nadie, podría distinguirlas. Eran idénticas. Gemelas. Nacidas el mismo día, con solo siete minutos de diferencia. Siete minutos que le alcanzaron a Valeria para robarse todo el amor, toda la atención, toda la vida que a Elisa nunca le tocó.
—Tú eres la hermosa —le susurró al reflejo, con la voz quebrada—. Yo soy la sombra. Y hoy, la sombra tiene que tomar tu lugar.
Se puso el anillo de bodas en el dedo. El metal frío le quemó la piel, como si fuera una marca de esclavitud. Abrió el armario y se quedó sin aliento: cientos de vestidos, trajes, blusas, zapatos de tacón, carteras de marca. Todo nuevo, todo perfecto, todo para la mujer que se había ido. Eligió el vestido más sencillo que encontró: uno negro de algodón suave, sin mucho brillo. Se lo puso. Le quedaba perfecto. Claro que le quedaba. Tenían el mismo cuerpo.
Se sentó en la cama y miró alrededor. En la mesita de noche había una foto enmarcada: Valeria, de pie, con una sonrisa falsa y brillante, al lado de un hombre alto, guapo, de ojos serios y traje impecable. Leonardo. Su esposo. El hombre millonario que ella ahora tenía que llamar marido. Y entre los dos, tres niños pequeños, con la mirada triste, sin sonreír. Tomás, de ocho años. Benjamín, de seis. Mia, de apenas tres. Sus sobrinos. Los hijos que Valeria odiaba, que golpeaba, que ignoraba, y que ahora ella tenía que criar como si fueran suyos.
Justo en ese momento, escuchó algo.
Un llanto.
Venían del piso de arriba, del tercer piso. Era un llanto pequeño, débil, contenido, como si quien llorara tuviera miedo de que lo escucharan. Después, una voz de niño, susurrando con miedo:
—No llores, Mia. Si mamá se entera, se enoja otra vez.
Elisa se puso de pie de un salto. El corazón le empezó a latir a mil por hora. Sabía que no debía ir. Valeria le había dicho claramente que los dejara solos, que no se metiera, que si lloraban los ignorara. Pero no podía. Había pasado toda su vida siendo ignorada, siendo callada, siendo la que nadie protegía. Y ahora, escuchando a esos niños llorar con miedo a su propia madre, algo dentro de ella se rompió y se armó de coraje al mismo tiempo.
Salió de la habitación, subió las escaleras que llevaban al tercer piso. El pasillo estaba en penumbras, solo iluminado por una pequeña luz de noche al final. Había tres puertas. El llanto venía de la última.
Se acercó despacio, sin hacer ruido. Tenía las manos sudorosas, las rodillas temblando. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía si iban a reconocer que no era ella. Pero tenía que verlos. Tenía que asegurarse de que estuvieran bien.
Llegó frente a la puerta. La madera estaba fría bajo su mano.
Respiró hondo una última vez.
Y giró el picaporte.
La puerta se abrió despacio, haciendo un pequeño crujido.
Dentro de la habitación, las luces estaban apagadas, solo una lamparita de noche proyectaba una luz azulada suave. En una cama grande, juntos, apretados los unos contra los otros como si buscaran protección, estaban los tres niños. Tomás, el mayor, tenía los brazos alrededor de sus hermanos, con los ojos abiertos, llenos de miedo. Benjamín estaba dormido, pero tenía la cara arrugada, como si llorara incluso en sueños. Y Mia, la pequeña, tenía la cara empapada de lágrimas, el puño cerrado alrededor de un osito de peluche viejo y roto.
Los tres se quedaron quietos en el momento en que la vieron.
Elisa se quedó parada en el umbral, sin saber qué decir, sin saber cómo moverse. Sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al ver el miedo en sus ojitos. El miedo a ella. O mejor dicho, el miedo a la mujer que ellos creían que era ella.
Nadie habló. Nadie se movió.
Solo Mia, la pequeña, apretó más fuerte su osito, escondió la cara en el pecho de Tomás y susurró, con la voz temblando, tan baja que casi no se escuchaba:
—Por favor, mamá… no nos pegues esta noche.
Y en ese instante, Elisa supo dos cosas con absoluta certeza:
Primero, que jamás en la vida les haría daño.
Y segundo, que no importaba qué pasara, ni cuánto tuviera que mentir, ni cuánto miedo tuviera: ella iba a quedarse. Iba a ser la madre que esos niños nunca tuvieron. Iba a protegerlos, a quererlos, a curar todas las heridas que su propia hermana les había hecho.
Aunque para eso tuviera que dejar de ser Elisa para siempre.
Aunque para eso tuviera que convertirse, de verdad, en la impostora de su propia vida.