Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 2
Capítulo 002: El aroma que volvió del infierno
Sebastián no se movió.
Valeria tampoco.
Durante un segundo, la habitación quedó suspendida entre el golpe insistente en la puerta y el sonido brutal de su propia respiración. Cada bocanada le entraba demasiado limpia. Sin sangre. Sin plata. Sin acónito quemándole la garganta.
Limpia. Viva.
Valeria apretó los dedos contra su cuello hasta que las uñas le marcaron la piel. Estaba entera. La carne no estaba abierta. La lengua seguía en su boca. Su voz, ese tesoro que había perdido entre risas ajenas, seguía allí, temblando detrás de los dientes.
Quiso llorar.
Quiso reír.
Quiso caer de rodillas y besar el piso solo porque existía un piso bajo ella y no un muro de ejecución.
—Valeria.
La voz de Sebastián la obligó a enfocarse.
Él estaba a tres pasos de la cama, con la camisa negra abierta hasta la mitad, el cabello húmedo y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. No llevaba el abrigo manchado de sangre de la otra vida. No tenía quemaduras de plata en las manos. Sus ojos no eran dorados todavía, pero algo detrás de ellos se movía con una furia contenida.
Su lobo estaba cerca de la superficie.
Valeria lo sintió antes de entender cómo.
No como una idea, sino como presión sobre la piel, electricidad en las muñecas y un tirón profundo, casi doloroso, que nacía en el centro de su pecho y la empujaba hacia él.
Cedro negro, tormenta, cuero cálido.
El aroma de Sebastián llenaba la habitación y la memoria de Valeria se partió en dos. Una parte seguía en aquel muro, muriendo contra su pecho. La otra estaba allí, sobre sábanas oscuras, con el vestido de la noche anterior arrugado, viva frente al hombre al que había destruido por elegir mal.
—¿Qué hiciste? —repitió él.
No gritó.
Eso lo hacía peor.
Sebastián de la Vega no necesitaba alzar la voz para que una habitación cambiara de temperatura. Su dominancia se extendía con una calma pesada, invisible para los humanos, imposible de ignorar para cualquier lobo. Valeria la sintió en la nuca, como una mano firme que le ordenaba quedarse quieta.
En la puerta, Isabela volvió a golpear.
—Valeria, por favor. Sé que estás asustada. Si no sales ahora, él va a obligarte a aceptar el contrato. Ya sabes cómo es.
La dulzura de su voz fue una navaja.
Valeria cerró los ojos.
Gardenia empalagosa.
Azúcar quemada.
Y debajo, tan leve que antes jamás lo habría notado, el amargor verde del acónito.
Su estómago se contrajo.
Isabela ya olía a veneno.
Ya entonces.
Desde el principio.
—No la escuches —dijo Sebastián.
Valeria abrió los ojos.
Él había dado un paso más. Sus manos estaban cerradas a los costados, pero no se acercó hasta tocarla. Esa distancia, mínima y enorme, le dolió con una gratitud absurda.
En la otra vida, ella había recordado sus manos arrancando cadenas de plata.
En esta, él se detenía porque ella temblaba.
—No voy a hacerte nada —dijo él, más bajo—. Pero necesito saber si tomaste algo. Hay acónito en el aire.
Valeria soltó una risa rota.
Acónito.
Claro que la había.
En el té de Isabela. En las palabras de Adrián. En los documentos que ella estaba a punto de firmar. En cada paso que la había llevado, obediente y ciega, hasta su propia muerte.
—No tomé nada —dijo.
Su voz salió ronca, viva, imperfecta.
Valeria se llevó una mano a la boca.
El sonido la atravesó.
Una sola frase y, aun así, fue suficiente para que las lágrimas se le subieran a los ojos. No por tristeza. No todavía. Por el simple milagro de poder hablar.
Sebastián lo notó.
Su expresión cambió. La furia no desapareció, pero se abrió una grieta en ella. Algo parecido al miedo asomó por un instante.
—Tu voz...
Valeria negó con la cabeza demasiado rápido.
No podía explicarle eso. No ahora. ¿Cómo se le decía a un Alpha orgulloso, herido, convencido de que ella lo odiaba, que acababa de verlo llorar sobre su cadáver?
¿Cómo se le decía que su olor era lo único que la muerte no había logrado borrar?
Isabela golpeó otra vez.
—¿Valeria? Contéstame. Si estás con él, no tienes que fingir que estás bien. Adrián ya sabe lo que pasó. Puede ayudarte.
Adrián.
El nombre cayó entre ellos como veneno fresco.
Sebastián se quedó inmóvil.
Su aroma cambió.
El cedro se volvió más oscuro, la tormenta más cercana. La habitación pareció encogerse bajo el peso de su lobo.
—¿Rojas está aquí? —preguntó.
Valeria recordó la explanada. La camisa blanca. Las rosas marchitas. La voz suave diciéndole que Diego había muerto.
La nausea le subió tan rápido que tuvo que inclinarse hacia adelante.
Sebastián estuvo junto a la cama antes de que ella terminara de doblarse.
No la tocó de inmediato.
—Valeria.
Esa contención la rompió más que cualquier amenaza.
Porque Sebastián no era suave por naturaleza. Era filo, orden, territorio. Había nacido para mandar y para ser obedecido. Sin embargo, frente a ella, con su lobo empujando bajo la piel, se obligaba a esperar.
Valeria levantó la mirada.
—No dejes que entre.
La frase salió como una súplica vieja.
Los ojos de Sebastián se estrecharon.
—¿Isabela?
—Ninguno de los dos.
Algo se movió en su rostro.
—Hace una hora estabas dispuesta a escapar de esta casa con ayuda de tu hermana para romper nuestro contrato frente al Consejo.
Valeria sintió el golpe de la vergüenza.
Sí.
Eso había pasado.
En esta línea de tiempo, esa era la verdad. Isabela había entrado antes con lágrimas perfectas, le había hablado de libertad, de Adrián esperándola, de Sebastián como un monstruo incapaz de amar. Valeria había creído cada palabra porque quería creerlas.
Porque era más fácil llamar prisión a la Casa de la Luna que aceptar que su propia loba se calmaba con el aroma del Alpha al que rechazaba.
—Me equivoqué —dijo.
Sebastián no parpadeó.
—Eso no suena a ti.
—Lo sé.
—Tampoco hueles a ti.
El silencio se afiló.
Valeria dejó de respirar.
Sebastián inclinó apenas la cabeza. Sus fosas nasales se abrieron, no de una manera humana, sino precisa, depredadora. El dorado empezó a devorar el borde oscuro de sus ojos.
—Hay miedo en tu piel —dijo—. No miedo de mí. Miedo viejo.
Valeria apretó las sábanas.
—Sebastián...
—Hay sangre que no está aquí. Plata. Humo. —Su voz bajó hasta convertirse casi en un gruñido—. Y debajo de todo eso...
No terminó.
El aire entre ellos cambió.
Valeria sintió el tirón en el pecho con tanta fuerza que tuvo que agarrarse al colchón. La piel de sus brazos se cubrió de pequeños escalofríos. Un calor extraño le subió por el cuello, se extendió bajo las clavículas y se concentró justo donde, en otra vida, la plata la había mordido.
Sebastián también lo sintió.
Su mano se cerró sobre el borde de la mesa de noche. La madera crujió.
—No —murmuró.
Pero su lobo no estaba de acuerdo.
Valeria lo vio en la tensión de sus hombros, en la forma en que sus pupilas se dilataron, en el músculo de su mandíbula saltando una y otra vez.
*Mía.*
No fue su propia voz.
No fue la de Sebastián.
Fue algo más bajo, más salvaje, vibrando en el espacio entre ambos.
El lobo de Sebastián.
Valeria sintió que su pecho respondía con una punzada. Desde el pozo donde su loba seguía herida, algo levantó la cabeza.
Débil, roto, pero vivo.
*Tuyo*, susurró dentro de ella una voz casi apagada.
Valeria se cubrió la boca.
Sebastián dio un paso atrás como si ella lo hubiera golpeado.
—No juegues con esto.
La frase salió dura. Cortante. Pero el dolor debajo era demasiado claro.
Valeria bajó la mano.
—No estoy jugando.
—Me rechazaste.
—Todavía no.
El dorado en sus ojos ardió.
—Ibas a hacerlo.
Valeria no pudo negarlo.
El golpe en la puerta cesó por un momento. Isabela, al otro lado, seguramente estaba escuchando. Siempre escuchaba. Siempre esperaba el lugar exacto donde insertar la duda.
Valeria apartó las sábanas y se puso de pie.
El cuerpo le tembló. No de debilidad física, sino porque cada nervio seguía recordando cadenas que ya no estaban. Los pies tocaron la alfombra y el mundo giró.
Sebastián se movió por instinto.
Esta vez sí la tocó: una mano en su codo, nada más. Fue suficiente.
El contacto le encendió la piel. Un hormigueo rápido, casi furioso, le subió por el brazo hasta el hombro. Valeria aspiró entre dientes. Sebastián también se quedó inmóvil, como si el mismo relámpago le hubiera entrado por los dedos.
Sus aromas chocaron: jazmín nocturno apenas vivo, lluvia sobre piedra, cedro negro y tormenta.
Durante un instante, Valeria no escuchó a Isabela, ni el viento contra los ventanales, ni su propia culpa. Solo escuchó el latido de Sebastián, pesado, demasiado rápido para un Alpha que presumía de control.
Él soltó su codo.
—Valeria...
Esta vez su nombre no fue una orden. Fue advertencia y súplica al mismo tiempo.
Valeria dio un paso hacia él.
—No me dejes volver a elegirlo.
Sebastián respiró como si esas palabras le hubieran abierto el pecho.
—¿Qué dijiste?
—A Adrián. —El nombre le supo a óxido—. No me dejes volver a elegir a Adrián.
La puerta se abrió de golpe.
No del todo. Apenas una rendija antes de que Sebastián girara.
Su aura cayó sobre la habitación.
—Fuera.
Una sola palabra.
La orden de Alpha no iba dirigida a Valeria, pero aun así le hizo doblar las rodillas. El aire se volvió denso. En el pasillo, Isabela soltó un jadeo ahogado. La madera vibró contra el marco.
—Alpha Sebastián —dijo ella desde afuera, con la voz rota de una actriz perfecta—. Solo quería ayudar a mi hermana.
—Fuera —repitió él.
Esta vez el command golpeó más profundo.
Isabela retrocedió. Valeria escuchó el tropiezo de sus tacones, la respiración rabiosa que intentó esconder y, debajo de la gardenia, un hilo claro de acónito amargo.
La puerta se cerró.
Sebastián no apartó la mirada de la madera hasta que los pasos se alejaron.
Luego volvió a mirar a Valeria.
La habitación seguía oliendo a tormenta.
—Vas a explicarme todo —dijo.
Valeria se abrazó a sí misma. Su loba, débil y despierta, empujó una sola palabra contra sus costillas.
*Dile.*
Pero la muerte todavía estaba demasiado cerca.
Y si decía demasiado pronto que venía del infierno, tal vez Sebastián pensaría que el veneno ya le había roto la mente.
Así que Valeria eligió la única verdad que podía sostener sin caer.
—Primero —dijo, con la voz temblando, pero suya—, necesito que no firmes nada que venga de Adrián Rojas.
Sebastián la observó como si intentara reconocer a una mujer que llevaba años mirando sin verla.
—¿Y después?
Valeria levantó la barbilla.
La piel del cuello todavía le ardía con una muerte que ya no estaba.
—Después te voy a demostrar que mi hermana entró aquí para matarme.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho