Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 2: El Imperio y el Santuario
El piso más alto de la torre Sterling en Manhattan no estaba diseñado para la comodidad, sino para imponer respeto. Las paredes de cristal blindado ofrecían una vista panorámica de un Nueva York cubierto por una ligera bruma matutina, pero hacia adentro, el ambiente era frío, pulcro y estrictamente corporativo. Detrás del imponente escritorio de caoba oscura se encontraba Dominic Sterling, un hombre cuya presencia física llenaba la habitación con la misma fuerza que su apellido llenaba las páginas de finanzas. Con su silueta alta, su cabello negro impecablemente peinado hacia atrás y esos ojos oscuros que parecían leer las debilidades de cualquiera, Dominic era el rey indiscutible de un imperio textil que él mismo había levantado desde el fango.
A diferencia de otras casas de moda que se alimentaban de la exclusividad basada en la superficialidad, Sterling Textiles se había consolidado bajo una premisa revolucionaria: la inclusión absoluta. Ropa de alta calidad para todas las tallas, siluetas reales, confección perfecta para cuerpos perfectos en su diversidad. Era un negocio noble, pero Dominic lo manejaba con una mano de hierro implacable. Para él, el éxito no era una cuestión de vanidad; era una fortaleza matemática que nadie podría derribar.
En ese momento, la sala de juntas contigua estaba repleta de ejecutivos de una firma inversora europea. Una reunión millonaria, un trato de expansión que definiría el rumbo del próximo trimestre. Dominic escuchaba el informe financiero con la barbilla apoyada en los dedos de su mano derecha, con una expresión indescifrable que mantenía a los hombres del otro lado de la mesa conteniendo el aliento. Un solo error en los márgenes de ganancia y Dominic desecharía el contrato sin parpadear. Él no negociaba desde la necesidad; negociaba desde el poder absoluto.
—Los costos de distribución en la zona norte están un dos por ciento por encima de lo pactado, señor Sterling —explicó el director de finanzas, aclarándose la garganta con nerviosismo—. Sin embargo, proyectamos que en los próximos seis meses...
El sonido sutil pero constante de una vibración interrumpió el discurso. No era el teléfono de la empresa, sino el dispositivo personal que Dominic guardaba en el bolsillo interior de su saco hecho a medida. Un teléfono cuyo número solo poseía una persona en todo el mundo.
Dominic levantó una mano, un gesto simple que congeló al ejecutivo a mitad de la frase. Sacó el teléfono y miró la pantalla. Al ver el nombre reflejado, la tensión imperceptible de su mandíbula desapareció por completo. Se puso de pie con una elegancia felina, abotonando su saco con un movimiento fluido.
—Revisen esos números de distribución de nuevo. Volveré en cinco minutos —dijo Dominic. Su voz, que hasta hacía un segundo era un latigazo de autoridad fría, sonó extrañamente pausada.
Sin esperar una respuesta, salió de la sala de juntas y entró a su oficina privada, cerrando la pesada puerta de roble detrás de sí para aislar cualquier ruido del mundo exterior. Se deslizó detrás de su escritorio y deslizó el dedo por la pantalla para aceptar la videollamada.
En la pantalla apareció el rostro dulce y un tanto cansado de Elena. Tenía el cabello castaño salpicado de canas y unos ojos claros que compartían la misma profundidad que los de su hijo, aunque desprovistos de la dureza de este. Al ver la imagen de su madre, el rostro de Dominic sufrió una transformación radical. Las líneas de tensión alrededor de sus ojos oscuros se suavizaron por completo, y una sonrisa genuina, cálida y protectora, se dibujó en sus labios. El monstruo de los negocios había desaparecido; en su lugar, solo quedaba el hijo devoto.
—Hola, mi reina —dijo Dominic, y su tono de voz era tan suave que resultaría irreconocible para cualquiera de los ejecutivos que temblaban en la habitación de al lado—. Qué alegría ver tu rostro tan temprano.
—Hola, mi cielo —respondió Elena con una sonrisa pequeña, acomodándose una manta tejida sobre los hombros—. Sé que estás en medio de tus reuniones importantes, no quería interrumpirte, pero quería escuchar tu voz antes de que el día se complique más.
—Para ti nunca estoy ocupado, mamá. El mundo entero puede esperar, pero tú no —aseguró él, apoyando los codos sobre el escritorio, concentrando toda su atención en la pantalla como si no existiera nada más en Manhattan—. Dime, ¿cómo te sientes hoy? ¿Te tomaste tus medicinas con el desayuno?
—Sí, Dominic. Ya me tomé todo, no te preocupes tanto, mi vida. La enfermera dice que mis niveles están perfectos hoy —contestó ella con un tono tierno, aunque en el fondo de su mirada siempre habitaba una sombra sutil, una fragilidad perenne que el tiempo no había logrado borrar del todo.
—Me preocupo porque eres lo más sagrado que tengo, mamá. Te amo más que a mi vida, recuérdalo siempre —afirmó Dominic con una seriedad absoluta, casi solemne. Cada palabra que salía de su boca llevaba el peso de una promesa inquebrantable—. Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, solo dímelo y estaré ahí en un parpadeo. No quiero que te falte nada en esa casa.
—Lo sé, mi niño. Me das tanto que a veces siento que es demasiado. Esta casa es tan hermosa, tan pacífica... a veces me cuesta creer que estemos aquí —comentó Elena, desviando la mirada por un segundo hacia la ventana de su hogar, un santuario que Dominic le había construido lejos del ruido de la ciudad.
Un santuario que, sobre todo, estaba lejos del pasado.
—Te mereces un palacio, mamá. Te mereces toda la paz del mundo —replicó Dominic, y por una fracción de segundo, sus ojos oscuros se ensombrecieron con un destello de pura furia contenida al recordar los motivos de esa paz.
Cada rincón de la vida actual de Elena estaba blindado porque Dominic se había encargado de borrar el rastro del hombre que casi destruye la cordura de su madre. Recordaba perfectamente los inviernos de su infancia, el sonido de los pasos pesados de su padre en el pasillo, el olor a alcohol barato y los gritos ahogados de Elena detrás de la puerta del dormitorio mientras él, un niño indefenso de apenas diez años, se encogía en una esquina prometiéndose a sí mismo que algún día sería lo suficientemente fuerte como para que nadie volviera a ponerle una mano encima a la mujer que le dio la vida. Su padre había usado la fuerza para infundir miedo; Dominic había usado su inteligencia y su ambición para construir una fortaleza económica y física donde los monstruos del pasado jamás pudieran entrar.
Por eso amaba a su madre de esa manera tan protectora, casi religiosa. Elena había sobrevivido al infierno, y Dominic se había convertido en su guardián. Su instinto de protección estaba tan arraigado en su piel que controlaba cada aspecto de su entorno para evitar que el caos volviera a tocar sus vidas. El amor, para Dominic, era sinónimo de cuidado, de control absoluto, de mantener los muros altos y las alarmas encendidas.
—Gracias, mi amor —dijo Elena, devolviéndolo al presente con su voz suave—. Ve a terminar tus negocios. Sé que tienes un gran día por delante con esa nueva colaboración de la que me hablaste.
—Así es. Hoy viene la diseñadora a presentar los primeros bocetos de la línea de alta costura —explicó Dominic, recuperando un poco de su postura profesional, aunque manteniendo la calidez—. Descansa, mi reina. Te llamo por la noche sin falta. Te amo.
—Y yo a ti, hijo. Que Dios te bendiga.
La llamada se cortó y la pantalla volvió a quedar en negro. Dominic se quedó inmóvil por unos instantes, contemplando el reflejo de su propio rostro en el cristal del teléfono. Suspiró profundamente, permitiendo que la armadura de acero se deslizara de nuevo sobre su cuerpo. El hijo dulce se guardó en el bolsillo del saco y el implacable Dominic Sterling regresó a la superficie.
Se puso de pie, enderezó los puños de su camisa blanca y caminó con paso firme de regreso a la sala de juntas. Al abrir la puerta, los ejecutivos guardaron silencio de inmediato, enderezándose en sus asientos. Dominic regresó a la cabecera de la mesa, apoyó ambas manos sobre la superficie de caoba y miró fijamente al director de finanzas.
—Bien, señores —dijo, con una voz que volvió a ser el eco de la autoridad pura de la torre de Manhattan—. Muéstrenme esos nuevos números de distribución. Y espero que esta vez sean perfectos.