Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 1: Nico
El aula está vacía, pero Nico sigue dibujando.
No es un apunte, es una enredadera que sube por una fachada imaginaria, hojas pequeñas, casi caligráficas. Sus compañeros han salido ya; solo él permanece sentado, la barbilla apoyada en una mano, sus ojos azules perdidos en algún lugar que no es esta aula.
—Nico.
Mauro le da un golpecito en la mesa con los nudillos. Pelo negro, expresión seria, huele a café y a cedro.
—Vamos, que Leo te espera en la piscina.
Nico levanta la cabeza y sonríe, esa sonrisa limpia, la que le sale sin esfuerzo, la que le ha abierto puertas desde que tiene memoria.
—Me había perdido —admite, cerrando el cuaderno—. Pasa a veces.
—Sí, ya sé, cuando dibujas esas cosas.
Mauro no lo dice con reproche. Es su amigo, el más sensato, el que trabaja media jornada después de clase y llega a casa con los ojos brillantes de cansancio. Sabe que Nico no se pierde por despiste, sino porque su cabeza vuela.
Salen al pasillo. La facultad de Arquitectura huele a papel, a rotulador permanente, a sueños de maquetas que nunca llegarán a construirse. Nico se cuelga la mochila al hombro —vaqueros desgastados, zapatillas blancas, sudadera granate con el escudo de la universidad— y varios omegas que cruzan en dirección contraria desvían la mirada.
No es vanidad, él ni siquiera lo nota.
Pero Mauro sí y sonríe por dentro.
———
La piscina cubierta es el segundo hogar de Nico.
El cloro, el eco de los azulejos, el sonido del agua cuando alguien se lanza, todo eso le baja la presión del pecho. Se cambia en los vestuarios con la eficacia de quien lo ha hecho mil veces y sale al bordillo con el gorro de silicona ajustado y las gafas de nadar colgando del cuello.
Leo ya está dentro.
Pelirrojo, ojos verdes, cuerpo atlético de quien entrena desde los catorce. Flota boca arriba con los brazos extendidos como una estrella de mar, y cuando ve a Nico, levanta una mano.
—Tardaste arquitecto, Mauro me dijo que estabas dibujando tus cosas raras.
—No son raras.
—Son raras. La semana pasada dibujaste un puente que se convertía en un árbol.
—Eso se llama biomímesis.
—Eso se llaman tus hormonas de alfa aburrido.
Nico se ríe, se pone las gafas y se lanza.
El agua lo recibe como una caricia conocida. Baja el primer largo en mariposa, el más explosivo, el que le exige todo el cuerpo, al llegar al otro extremo, gira y vuelve en crol. El ritmo lo posee, brazada tras brazada, respiración cada tres, las piernas pateando con fuerza.
Aquí, piensa, aquí todo tiene sentido.
Cuando sale veinte minutos después, con el pelo rubio aplastado bajo el gorro y la piel clara ligeramente sonrosada, Leo ya está sentado en el bordillo secándose el cuello con una toalla.
—Te has dejado la última serie —dice Leo—. Ibamos a hacer juntos el doscientos estilos.
—Lo siento, me he venido arriba.
—Siempre te vienes arriba.
Nico se sienta a su lado, el olor de Leo —cítricos y jengibre, vibrante como él— llena el espacio húmedo. Es un alfa como él, como Mauro, pero su forma de estar en el mundo es distinta. Leo ríe más, se compromete menos, sus relaciones con omegas duran lo que un fin de semana.
—¿Has quedado con alguien esta noche? —pregunta Leo, como si le leyera el pensamiento.
—No.
—¿Nunca?
—A veces.
—¿Cuándo fue la última vez?
Nico tarda en responder. Se quita el gorro y el pelo rubio se le encrespa, húmedo, revoltoso. Los azulejos reflejan una luz fría que le dibuja los hombros, la espalda ancha, los brazos que el agua ha esculpido sin prisa.
—Hace meses —admite—, en una fiesta. No fue nada especial.
Leo resopla.
—Tú no eres normal, la mayoría de los alfas a tu edad van detrás de los omegas como si no hubiera mañana.
—La mayoría de los alfas no son yo.
—Eso lo sé, por eso eres mi amigo.
Leo le da una palmada en el hombro, justo sobre una marca de sol del verano pasado y Nico sonríe otra vez, esa sonrisa que le sale fácil, pero que esta vez no le llega del todo al fondo.
Ninguno de los dos dice nada más, el agua sigue sonando en la piscina vacía, y Nico, por un momento, se pregunta si está perdiendo el tiempo esperando algo que no sabe cómo se llama.
———
A la salida, el sol de la tarde es anaranjado y generoso, la ciudad huele a escape de coches, a tierra seca, a los puestos de churros que acaban de abrir en la esquina. Mauro los espera apoyado en la farola, su mochila negra, su expresión tranquila, ese aire de chico que trabaja desde los dieciocho para ayudar en casa y nunca se queja.
—¿Han terminado por fin? —pregunta con una ceja levantada.
—Nico se ha puesto a hacer el delfín —dice Leo—. No hay quien lo pare.
—Mientes —responde Nico—. Hemos hecho veinte minutos exactos.
—Veinticinco —corrige Mauro, mirando su reloj—. Llevo esperando diez.
Se ríen los tres. Es la risa de los que se conocen desde el primer año, la que no necesita explicaciones.
Cuando Mauro se acerca, Nico respira su aroma con familiaridad, café y cedro, le gusta. Le gustan los olores de sus amigos, de su padre, de su madre, de la casa con jardín donde creció. Todos le hablan de seguridad.
—¿Vamos al cibercafé? —propone Leo—. Me apetece un té helado y fastidiar a Mireia.
—Mireia no trabaja hoy —dice Mauro.
—Pues fastidiaremos a quien sea.
Nico se encoge de hombros, no tiene planes, no tiene prisa, no tiene a nadie esperándole en el piso que sus padres le regalaron cerca del campus.
—Vamos —dice.
Y echan a andar los tres, hombro con hombro, mientras el sol se derrite entre los edificios.
Nico no lo sabe todavía, pero esa tarde, en ese cibercafé al que ha ido cien veces, alguien nuevo está detrás de la barra.
Alguien que huele casi a nada.