Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 2 – LA NUEVA REGLA
—¿Te parece profesional quedarte en silencio en medio de una reunión, señorita Morales? —La voz de Leví sonó como hielo resquebrajándose: firme, cortante, helada.
Camila parpadeó, sintiendo un calor súbito subir por su cuello. ¿Lo había estado mirando fijamente? No. Analizándolo, se corrigió internamente, aunque su corazón latía con una violencia que delataba su nerviosismo. Porque aquel niño flaco y retraído de sus recuerdos ya no existía. En su lugar, había un hombre imponente que parecía controlar no solo los hilos de esta empresa, sino también cada molécula de aire que ella intentaba respirar. Las luces LED del despacho se reflejaban en el brillo frío de su traje italiano, acentuando una atmósfera tan tensa que el silencio dolía.
—Lo siento —dijo al fin, forzando a su voz a sonar profesional, aunque por dentro era un torbellino—. Solo me sorprendió verte... aquí. En esta posición.
Leví no se inmutó. Sus dedos, largos y adornados con un reloj que costaba más que el apartamento de Camila, tamborilearon sobre el escritorio de mármol.
—Esto no es un reencuentro escolar, Morales. Aquí no somos amigos, ni conocidos. Aquí, yo soy tu jefe.
Él se acomodó en su silla de cuero negro como un rey que reclama su trono tras una guerra larga. Su mirada era fija y filosa, imperturbable como el acero.
—Y en mi reino, hay reglas.
Camila arqueó una ceja, sintiendo un ramalazo de esa antigua rebeldía que solía definirla. —¿Reglas? ¿Para una asistente de marketing?
—Reglas para ti —sentenció él. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Camila. Su mirada gris, tormentosa y profunda, parecía perforar sus defensas—. Regla número uno: nada de familiaridades. No quiero susurros en los pasillos ni miradas de nostalgia. Entre nosotros, no hay pasado.
Sus palabras resonaron en la mente de Camila como una bofetada seca. El pasado, ese que entre ellos era un campo minado de promesas rotas y silencios largos, acababa de ser sepultado con una sola frase. Ella sintió cómo sus nudillos se tensaban, apretando la correa de su bolso hasta que le dolió la mano.
—Regla dos: no cuestionas mis decisiones frente al equipo. Si tengo una orden, se ejecuta. Sin peros.
Camila sintió el pulso acelerarse. Quiso protestar, quiso recordarle que ella siempre había sido la que tenía las mejores ideas en el club de debate, pero la frialdad en los ojos de Leví la hizo callar. Este no era el chico que la escuchaba bajo el árbol del patio.
—Y la tercera... —hizo una pausa deliberada, recorriendo cada facción de su rostro como si estuviera leyendo un idioma antiguo que ya no deseaba hablar—: No intentes entenderme. No busques al Leví que recuerdas. No soy el mismo de antes.
Camila tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. No, definitivamente no lo era. Pero hubo un microsegundo, un destello casi imperceptible en sus ojos, donde creyó ver una sombra de tristeza bien escondida. Eso le dijo que el chico que conoció… aún vivía allí, en alguna parte. Encerrado. Herido. Protegido por murallas de dinero y arrogancia.
—¿Algo más que deba saber, señor Leví? —preguntó ella, dejando escapar una dosis de sarcasmo que no pudo evitar.
Él sonrió de lado. No fue una sonrisa de ternura, sino una cargada con ese filo que corta profundamente sin dejar rastro de sangre.
—Sí. La puntualidad es mi religión. Así que mañana, a las siete en punto, te quiero en mi oficina. No a las siete y uno, Morales. A las siete.
La orden quedó suspendida en el aire, pesada y definitiva. Camila se levantó, con el orgullo encendido y el pecho revuelto por una mezcla peligrosa de indignación y una curiosidad que sabía que la metería en problemas. Antes de salir, se detuvo frente a la puerta y lo miró una última vez sobre el hombro.
—Está bien, jefe. Pero recuerde algo: yo tampoco soy la misma niña que se quedaba callada.
Él no respondió. Se limitó a tomar una carpeta, ignorándola por completo.
Pero cuando el "clic" de la puerta se cerró tras ella, Leví soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mantuvo la vista clavada en el lugar exacto donde ella había estado parada. Su expresión se volvió indescifrable, pero el recuerdo lo golpeó con la fuerza de un trueno.
Por primera vez en años, el aroma de la oficina desapareció, reemplazado por el olor a lluvia de aquel último día en el colegio: el día que huyó sin despedirse, dejando un vacío que ni todo el poder del mundo había podido llenar.