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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3 — La discusión

Sus amigas le decían que era popular. Y era cierto, Aurelia lo era... solo que no por su belleza, sino por lo estrafalario de su manera de arreglarse.

—¡Danielaaa...!

El grito de Aurelia retumbó por toda la habitación. Daniela, que estaba tendiendo la cama, salió corriendo hacia su señorita.

—Sí, señorita, ¿qué pasa? —respondió al entrar al vestidor. Sus ojos se posaron en Aurelia, que parecía fastidiada.

—Saca todas estas prendas ahora mismo y tráeme un uniforme normal.

Aurelia fue arrancando de las perchas la ropa provocativa y la dejó caer al suelo. Luego escogió lo que le pareció más decente; en realidad quedaban algunas prendas rescatables, pocas, entre ellas el camisón que llevaba puesto.

Quizá debería ir de compras después de esto, se dijo.

Sin necesidad de más explicaciones, Daniela entendió lo que su señora quería. Fue por el uniforme guardado en el trastero. Por suerte, el primer uniforme de Aurelia no se había tirado y seguía bien doblado allí dentro. Lo tomó a toda prisa y se lo entregó.

Ya vestida con aquel uniforme —ni holgado ni ceñido, sino a su medida—, Aurelia se miró al espejo, se aplicó un maquillaje ligero y se dejó suelto el cabello ondulado.

Bajó las escaleras rumbo al comedor. Sus ojos se clavaron en dos figuras masculinas ya sentadas a la mesa. No le costó adivinar quiénes eran: su padre y su hermano.

Vaya par. Son tremendamente apuestos, pensó, mientras los dos hombres la observaban con dureza.

Aquellas miradas afiladas eran capaces de atravesarle el pecho. Ninguno de los dos apartó la vista mientras ella terminaba de bajar los peldaños.

—Ejem.

Solo entonces parecieron reparar en ella. Pero sus ojos se desviaron apenas un segundo antes de volver a fijarse, igual de severos, en aquella Aurelia de aspecto tan inusual.

—Si siguen mirándome así, van a terminar haciéndome un agujero —soltó ella con sarcasmo. Ninguno de los dos se dio por aludido.

—Qué raro verte hoy con un aspecto normal —dijo Alejandro Cassano, el hermano mayor de Aurelia. Alejandro era de esos hombres fríos y de pocas palabras, idéntico a su padre. Y, sin embargo, tras esa frialdad se escondía un cariño inmenso por Aurelia; solo que su manera de demostrarlo era tan torpe que se prestaba a malentendidos. Pero esta Aurelia era distinta: sabía muy bien de dónde venía aquel malentendido. La falta de comunicación los había ido distanciando, y ella estaba dispuesta a hacer todo lo posible por reparar la relación con esos dos hombres tan rígidos.

Ante el comentario sobre su aspecto, Aurelia se miró de pies a cabeza. No encontró nada raro, así que no le dio mayor importancia y se limitó a encogerse de hombros.

Valentín, por su parte, le dio un golpecito en el pie a Alejandro y le hizo un guiño a su primogénito para que dejara de comentar el aspecto de su hermana, que en verdad le sentaba mucho mejor que el de antes.

—¿Vas a ir al colegio, hija? —preguntó Valentín en un tono en apariencia frío, aunque al final de la frase se le coló una nota de afecto.

—Sí, papá —respondió Aurelia con sequedad. Y enseguida añadió—: Pero quiero llevar mi propio auto, no que me lleven. Y una cosa más: por favor, retira a los guardaespaldas que no dejan de seguirme.

Al oír aquel cariñoso "papá", algo se entibió en el pecho del hombre.

Alejandro intentó intervenir, pero, una vez más, Valentín lo frenó con una mirada de reojo.

Resultaba que su hija sabía que le habían asignado guardaespaldas para protegerla. Y no eran "unos cuantos": eran muchísimos, casi una decena, repartidos bajo toda clase de disfraces.

Sonaba exagerado, sí. Pero así de grande era el amor que su padre y su hermano sentían por ella.

¿Cómo lo sabía Aurelia? Por la novela, claro está, esa que había leído una y otra vez por ser su favorita.

Su padre y su hermano la rodeaban de guardias para protegerla, porque, al fin y al cabo, era la hija de un mafioso y tenía muchos enemigos; su seguridad estaba por encima de todo. Pero en la novela, Aurelia creía que esos guardaespaldas estaban allí para vigilar cada uno de sus movimientos, y de ahí nacía el eterno malentendido: sentía que su padre y su hermano le habían arrebatado la libertad.

Valentín guardó silencio un momento, sopesando la petición de su hija. En el fondo le costaba aceptarla, fruto de aquella preocupación desmedida.

Aurelia había crecido sin madre desde muy pequeña, y eso hacía que Valentín cuidara a su única hija con un celo extremo. A veces, sencillamente, no conseguía controlar sus emociones frente a ella, porque Aurelia se parecía demasiado a su difunta esposa; por eso aquel hombre solía rehuirla.

Tras una larga discusión, Valentín terminó cediendo: a partir de ahora solo habría dos escoltas cuidando de Aurelia, y desde lejos.

—Dos guardias, o ninguno —zanjó ella, tajante. Estaba harta del exceso de celo de su padre; y su hermano no se quedaba atrás en lo encendido de la disputa. Aun así, ninguno de los dos pudo ganarle.

La razón por la que Valentín y Alejandro le habían asignado tantos guardaespaldas no era otra que la incapacidad de Aurelia para defenderse: en la novela original, solo sabía derrochar y jamás quiso saber nada del trabajo de su padre y su hermano. Pero esta Aurelia era distinta. En su vida anterior era cinturón negro y tenía un cuerpo fuerte y entrenado; por eso se atrevía a rechazar la escolta, convencida de que podía cuidarse sola.

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