El mundo no pertenece a los hombres. Pertenece a sus dueños.
Mientras los imperios mortales se desangran en guerras despiadadas e intrigas políticas por coronas de barro, los verdaderos hilos de Estirgia se mueven desde las sombras del plano divino. Doce Dioses Primordiales controlan el destino de la creación, y su voluntad se manifiesta en la tierra a través del Dogma: doce bendiciones místicas encarnadas en portadores mortales. Un poder absoluto capaz de reescribir la realidad, pero que exige un costo atroz: la erosión irreversible de la humanidad de quien lo canaliza.
En una tierra asfixiada por la traición, la necrosis y los caprichos de deidades implacables, las reglas del juego político están a punto de romperse. La guerra entre humanos es solo el preludio; el verdadero horror comienza cuando los peones divinos despiertan y Estirgia descubre el peso de la herencia de los dioses.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: El Peso de la Chatarra
El cielo de Tales no conocía las estrellas; solo el resplandor anaranjado de los hornos de inducción de las zonas industriales y el manto perpetuo de hollín que se pegaba a la garganta como una lija. Allí, el aire sabía a aceite quemado y a desesperación. En ese vertedero de almas, la luz del sol era un cuento de viejas y la compasión, un lujo que nadie podía costear.
Dieciocho años en ese agujero le habían enseñado a Jake que, en Tales, si no eras el martillo, eras el clavo. Caminó con la cabeza baja, esquivando un charco de agua aceitosa donde flotaba el cadáver de una rata mecánica. A su izquierda, en un casino clandestino de mala muerte, los gritos de un hombre al que le estaban arrancando los dedos por una deuda de juego se mezclaban con el traqueteo de los pistones de vapor de la calle. Nadie miraba. En Vox, mirar es involucrarse, e involucrarse es morir.
— Cinco monedas de hierro por la medicina, Jake. Me debes una —gruñó Marcus desde su puesto.
Esas cinco monedas de hierro equivalían a cincuenta dólares en el viejo mundo. A espaldas del comerciante, las jaulas de hierro albergaban a los "desechos": esclavos semihumanos destinados a las fundiciones de las Badlands. Sus ojos, vacíos de toda voluntad, siguieron al joven un segundo antes de volver a la oscuridad.
— Te las pagaré, Marcus. Lo juro por lo que queda de mi sangre —masculló Jake sin detenerse.
Tenía que llegar a su refugio. Elara no aguantaría otra noche de fiebre. Ella no era su hermana de sangre, pero en un imperio de acero frío, ella era el único fuego que lo mantenía humano. Sin embargo, un estruendo rítmico detuvo su pulso: el choque del hierro contra el pavimento. El caos de la calle se congeló. La gente se dispersó en un silencio sepulcral, deslizándose por las sombras como cucarachas asustadas ante la llegada de una patrulla de los Pacificadores de Vox.
Avanzaban con una precisión quirúrgica, con sus uniformes de cuero tratado y placas de acero pavonado brillando bajo la luz de las lámparas de ozono. No necesitaban la magia de los reinos lejanos; tenían mosquetes de repetición y la lógica fría de un imperio que procesaba vidas humanas como si fueran carbón.
— ¡Tú! ¡Ladrón! ¡Detente! —la voz del oficial resonó como el golpe de un mazo.
Un niño, no mayor de ocho años, tropezó frente a un burdel de paredes descascaradas. Un pedazo de pan duro rodó por el barro. El oficial no pidió que devolviera lo robado; en Vox, el recurso es secundario y la obediencia es lo único que importa. El soldado desenvainó un sable pesado, un arma de ingeniería perfecta diseñada para cortar hueso sin esfuerzo.
— La ley de Vox no perdona el hurto. El orden es absoluto —sentenció el hombre, levantando el acero.
No fue heroísmo. Fue una grieta en su propia cordura. Antes de que el sable descendiera, el cuerpo de Jake se movió solo. Se lanzó contra el brazo del oficial, desviando el tajo. El metal golpeó el suelo de adoquines, soltando una lluvia de chispas que iluminó la cara de terror del niño.
— ¡Corre, maldita sea! —le gritó Jake al pequeño.
El niño huyó, pero Jake se quedó allí, solo, frente a tres torres de acero y disciplina. El oficial lo miró sin odio; solo había una indiferencia técnica en sus ojos. El joven era un error en su algoritmo.
— Interferencia con la justicia imperial. Ejecución inmediata —dictó el soldado.
Un culatazo de mosquete en las costillas mandó a Jake directo al suelo, seguido de otro golpe en la boca. Sintió el sabor metálico de la sangre, el intenso dolor de sus huesos rotos y el frío de una bayoneta presionando su garganta contra el muro de un casino. Una mujer gritó desde una ventana superior, pero el sonido se cortó en seco. No gritó por la ejecución, sino por lo que estaba naciendo en el interior del joven.
En Estirgia, el Dogma no es una bendición; es una violación de la realidad. Es como si un dios metiera su mano en el pecho del mortal y revolviera su alma hasta que nada de lo que fue queda en su sitio.
— ¿Qué... qué es ese olor? —susurró uno de los soldados, dando un paso atrás.
El aire alrededor de los pies de Jake comenzó a pudrirse literalmente. El moho de las paredes se secó en un suspiro, convirtiéndose en ceniza blanca. Las ratas que huían por la alcantarilla cayeron muertas, con sus cuerpos encogiéndose como si siglos les hubieran pasado por encima en un segundo. En la mente de Jake, el silencio fue reemplazado por un coro disonante: una nana de cuna entrelazada con el grito de un agonizante.
Levantó la cabeza. Sus ojos bicolor —el derecho de un verde esmeralda vibrante de una vida antinatural y el izquierdo de un oro líquido, antiguo y cruel— parecían ver a través de la carne del oficial.
— ¿Un... un usuario de Dogma? —balbuceó el hombre. Su entrenamiento, su lógica y su imperio se desmoronaron ante el terror primigenio de lo divino— ¡Es una anomalía! ¡Fuego!
El soldado apretó el gatillo. La bala de plomo salió disparada, pero a centímetros de la cara de Jake, el tiempo pareció espesarse. El proyectil se oxidó, se deshizo en herrumbre y cayó al suelo como arena inofensiva. El joven estiró la mano y tocó la coraza del oficial. No hubo resistencia. Su armadura de acero, el orgullo de Vox, se volvió negra y porosa, devorada por una entropía que no pertenecía a este plano. El hombre no tuvo tiempo de gritar; su piel se marchitó, sus ojos se hundieron y su vitalidad fue succionada por Jake.
En ese instante, el dolor de las costillas rotas desapareció. Jake se sintió fuerte, rebosante de una energía que le quemaba las venas. Le había robado la vida al soldado para remendar la suya. Los otros dos soldados huyeron gritando sobre demonios y maldiciones que el viento de Tales se encargó de ahogar. Nadie salió a darle las gracias; nadie lo miró como a un salvador. En los ojos de la gente, Jake era algo peor que un soldado de Vox: era una aberración de los dioses.
Miró sus manos. De la derecha brotaba una energía dorada que hacía vibrar el aire con una promesa de curación; de la izquierda, venas de un rojo oscuro y profundo desprendía una entropia maldita, dejando una mancha de muerte negra en lo que tocaba. Había despertado el Dogma. Y en ese momento supo que, si Tales era un infierno, lo que vendría ahora sería mucho peor.