Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Subiendo una colina.
Carlos salió de esa casa con un escozor que aumentaba poco a poco.
Al principio fue apenas un cosquilleo en la nuca, como si la marca despertara después de un largo sueño. Luego se convirtió en un ardor. Luego en un dolor sordo que le bajaba por la espalda, le rodeaba las costillas, le llegaba hasta el estómago.
Desde sus entrañas hasta su nuca.
Se estaban comenzando a ver los efectos del rechazo de la marca de Esteban.
Su cuerpo, que durante años había aprendido a convivir con esas feromonas extrañas, ahora las estaba expulsando como un veneno. Y el veneno, al salir, dejaba cicatrices.
Carlos caminó sin rumbo al principio. No sabía dónde ir. No tenía a nadie. No tenía nada.
Pero sus pies lo llevaron a un lugar conocido.
La casa antigua de sus padres.
Una casa estilo colonial, demasiado grande ya para él solo. Fachada de paredes encaladas, ventanas de madera oscura, un zaguán que daba a un patio interior lleno de macetas vacías.
En su tiempo, cuando ellos estaban vivos, era tan vibrante. Tan acogedora. La cocina olía a café y a galletas recién horneadas. La sala sonaba con la música que a su madre le gustaba. El jardín tenía flores de todos los colores, que su padre regaba cada mañana antes de ir a trabajar.
Más ahora se sentía tan vacía y sola.
Carlos empujó la puerta. No estaba cerrada con llave. Nunca lo estaba. No había nada que robar. Solo recuerdos.
Entró. El eco de sus pasos rebotaba en las paredes desnudas. Los muebles seguían cubiertos con sábanas blancas. El polvo seguía bailando en los rayos del sol.
Se dejó caer en el suelo de la sala. La espalda apoyada en la pared. Las piernas dobladas. La cabeza gacha.
El escozor se intensificó.
Llevó una mano a su nuca. La marca ardía. La piel estaba caliente, inflamada. Como si el cuerpo de Carlos estuviera rechazando un trasplante fallido.
Así que esto es lo que se siente, pensó. El rechazo. La otra cara de la moneda.
Esteban lo había rechazado. No oficialmente. No con un ritual. No con palabras bonitas. Simplemente lo había echado de su casa como a un perro sarnoso.
Pero el vínculo seguía ahí. La marca seguía ahí. Y ahora, sin las feromonas de Esteban para alimentarla, su cuerpo comenzaba a desmoronarse.
—No voy a morir —susurró, apretando los dientes—. No voy a darle ese gusto.
Pero el dolor le decía otra cosa.
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Carlos contactó al abogado de su abuela.
No quería hacerlo. Había jurado no volver a pedir ayuda. Había jurado ser fuerte solo. Pero su cuerpo ya no aguantaba más.
—Señor Cardozo —dijo, con la voz rota—. Soy Carlos. Necesito... necesito que me ayude.
—¿Qué le pasa? —preguntó el abogado, con la voz alerta.
—La marca. Él me rechazó. Y mi cuerpo... ya no sé si es mío. Necesito un médico. Por favor. Solo esta vez. Después no le volveré a molestar.
El abogado no dudó.
—¿dónde está? Le mandaré un médico, inmediatamente.
- En la casa de mis padres.
-No se mueva. Llegará en una hora.
—Gracias.
—No me lo agradezca. Se lo prometí a su abuela.
Colgaron.
Carlos se quedó en el suelo de la sala, con la espalda apoyada en la pared, esperando.
El escozor se convirtió en fiebre. La fiebre en escalofríos. Los escalofríos en náuseas.
Su cuerpo ya no le pertenecía.
Pero su mente... su mente seguía siendo suya.
Y mientras esperaba al médico, Carlos hizo un juramento en silencio.
Voy a sobrevivir. Voy a construir mi sueño. Y nunca, nunca más, voy a depender de nadie.
Afuera, el sol comenzaba a esconderse.
Las sombras se alargaban.
Y en la casa vacía, un joven roto empezaba a reconstruirse.
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A la casa poco tiempo después llegó un médico.
Ya con bastantes años de experiencia en su vida. Cara surcada de arrugas, pero no de esas que dan tristeza. Arrugas de haber sonreído mucho, de haber visto mucho, de haber vivido mucho. Paciencia en su andar. Manos que habían sostenido a miles de pacientes antes de llegar a Carlos.
Lo vio en el piso. Tiritando. O más bien con los músculos contrayéndose involuntariamente, como si su cuerpo estuviera peleando una guerra que nadie más podía ver.
—Muchacho —dijo, arrodillándose a su lado con una agilidad que desmentía su edad—. ¿Me escucha?
Carlos asintió. Sus dientes castañeteaban.
—Voy a revisarlo. No se mueva.
Comenzó a revisarlo inmediatamente. Le tomó el pulso. Le revisó las pupilas. Le palpó la nuca, donde la marca ardía como un hierro al rojo vivo.
—El rechazo —murmuró el médico, para sí mismo—. Hacía años que no veía uno tan avanzado.
Sacó su teléfono. Llamó a una ambulancia.
—Necesito una unidad en la siguiente dirección... Sí, es urgente... Preparen la clínica, voy a necesitar varias cosas... Sí, lo conozco. Es el nieto de Regina.
Colgó. Miró a Carlos. Sus ojos, cansados pero brillantes, se llenaron de algo que Carlos no supo identificar. Determinación. Compasión. Una promesa silenciosa.
—Vamos a llevarlo a mi clínica privada —dijo—. No se preocupe. Todo va a estar bien.
Carlos quiso decir algo. Quiso preguntar quién era. Quiso preguntar por qué lo ayudaba. Pero las palabras no le salieron.
Solo asintió.
Y se dejó llevar.
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Carlos estaba recostado en la cama de la clínica.
El lugar olía a antiséptico y a esperanza. Las sábanas eran blancas y estaban recién planchadas. El monitor cardiaco pitaba con un ritmo constante, como si su corazón estuviera aprendiendo a latir de nuevo.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Horas. Tal vez un día.
La puerta se abrió.
Ingresó el médico que lo había atendido en la casa. Ahora, con la luz de la clínica, Carlos pudo verlo mejor. Era un hombre mayor, de pelo cano y ojos claros. Su bata blanca estaba impecable. Su mirada, amable.
—Me presento —dijo, sentándose en la silla junto a la cama—. Soy Bernardo. El médico que envió el abogado de su abuela.
—Bernardo —repitió Carlos, probando el nombre. Le sonaba a algo sólido. A algo en lo que podía apoyarse.
—Lo atendí en la casa, pero su estado era crítico. Las convulsiones, la fiebre, el rechazo de la marca... no podía dejarlo allí. Así que lo trajimos en una ambulancia a mi clínica privada.
Carlos sintió cómo el pánico comenzaba a subirle por el pecho.
—No tengo dinero para pagar esto...
Bernardo levantó una mano.
—No se preocupe —dijo, con una calma que desarmó a Carlos—. Todos los gastos serán cubiertos por el fideicomiso de su abuela. El abogado ya se encargó de los trámites.
Carlos sintió cómo el aire volvía a sus pulmones.
—¿Entonces... no debo nada?
—No debe nada —respondió Bernardo, con una sonrisa—. Solo debe concentrarse en sanar. Su cuerpo ha pasado por mucho. La marca de ese Alfa... el rechazo... las secuelas... todo eso va a tomar tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
Bernardo lo miró. Sus ojos eran viejos, pero no estaban cansados. Habían visto cosas. Habían sanado cosas.
—Eso depende de usted —dijo—. Pero yo voy a estar aquí para ayudarlo. No solo como médico. Como... como alguien que cree en las segundas oportunidades.
Carlos no supo qué responder. Nadie le había dicho algo así en años.
Solo asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez, tal vez, las cosas podían mejorar.