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JUEGOS DE PODER Y PASIÓN

JUEGOS DE PODER Y PASIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Comedia / Romance / Completas
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Jessics8 Rodriguez

Valentina Cruz es una abogada brillante, sarcástica y que no se deja intimidar por nadie. Cuando entra a trabajar para Alejandro Montero, el CEO más poderoso y arrogante del país, chocan de inmediato. Acostumbrado a mandar y a que todos obedezcan, Alejandro encuentra en ella a la única persona que se atreve a desafiarlo, corregirlo y... ponerlo en su lugar.

Entre órdenes que no se cumplen, miradas cargadas de tensión y situaciones cómicas, nace una guerra de poder donde nadie quiere ceder. Pero lo que empieza como una batalla de voluntades se convierte en una atracción irresistible.

¿Podrá el hombre que siempre controló todo aprender a dejar que ella lleve las riendas?

Una historia de amor, humor y pasión donde la verdadera dominación es amar sin miedo.

NovelToon tiene autorización de Jessics8 Rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El Encuentro Explosivo

El aire en el piso 40 del edificio Montero Tower estaba cargado de una tensión silenciosa, mezclada con el olor a café recién hecho, cuero caro y éxito. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la ciudad que parecía pequeña desde esa altura, como si el mundo entero estuviera al alcance de la mano. Pero para Valentina Cruz, esa vista no era impresionante, sino simplemente un recordatorio de que estaba a punto de entrar en la guarida del león.

Se ajustó el saco de su traje sastre de color azul marino, un color que ella asociaba con la autoridad y la seriedad. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta alta y perfecta, sin un solo cabello fuera de lugar, y sus ojos almendrados miraban con una mezcla de determinación y desafío. A sus veintiocho años, ya era una de las abogadas laborales más respetadas del país, conocida por su inteligencia afilada, su capacidad para desmenuzar contratos como si fueran papel de baño y, sobre todo, por no tener miedo a nadie.

— Señorita Cruz, puede pasar. El señor Montero la espera — anunció la secretaria, una mujer joven que parecía nerviosa simplemente por estar cerca de la oficina del jefe.

Valentina asintió, respiró hondo y cruzó la puerta de madera maciza.

El despacho era inmenso, minimalista y ostentoso al mismo tiempo. En el centro, detrás de un escritorio de roble oscuro del tamaño de una pista de baile, estaba él. Alejandro Montero.

El hombre era la definición misma de poder. Treinta y dos años, porte imponente, traje italiano perfectamente cortado que resaltaba su anchura de hombros y su figura atlética. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, y sus ojos, de un color gris azulado intenso, se alzaron del documento que estaba leyendo para clavarse en ella. Esos ojos tenían la capacidad de hacer que la gente más segura se sintiera pequeña, como si estuvieran siendo juzgados y encontrados deficientes en segundos.

Alejandro bajó lentamente la pluma y la miró de arriba abajo, un escaneo rápido pero minucioso que pretendía intimidar. Estaba acostumbrado a que las mujeres entraran allí con sonrisas tímidas, miradas bajas y una disposición a complacer en todo. Esperaba ver lo mismo una vez más.

— Siéntese — ordenó él, sin siquiera ofrecer un saludo, señalando la silla de cuero frente a su escritorio con un gesto perezoso de la mano.

Valentina no se movió de inmediato. Se quedó de pie, cruzando los brazos levemente sobre su pecho, una postura defensiva pero segura.

— Buenos días, señor Montero — dijo ella, con una voz clara y firme que resonó en la estancia. — Creo que los buenos modales son fundamentales, incluso en los niveles más altos de la empresa.

La sorpresa cruzó fugazmente por el rostro de Alejandro. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía. Frunció el ceño, su expresión se volvió más oscura y autoritaria.

— No tengo tiempo para formalidades innecesarias, señorita... ¿Cómo dijo que se llamaba? — preguntó, fingiendo haber olvidado su nombre, una táctica clásica para hacer sentir al otro inferior.

— Cruz. Valentina Cruz — respondió ella sin inmutarse, y finalmente se sentó, pero lo hizo con la espalda muy recta, ocupando su espacio sin encogerse. — Y creo que sí tiene tiempo, porque si vamos a trabajar juntos, la primera regla es el respeto mutuo.

Alejandro soltó una risa seca y cortante, una risa que no llevaba alegría, sino incredulidad. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, uniendo las puntas de los dedos. Su presencia se hizo más intensa, casi física, como una presión en el aire.

— ¿Trabajar juntos? — repitió, arrastrando las palabras. — Usted viene aquí a solicitar un puesto de trabajo en mi empresa. Yo soy quien pone las reglas, yo soy quien decide quién entra y quién sale, y yo soy quien decide cómo se hacen las cosas. ¿Entiende?

— Entiendo perfectamente que usted es el dueño, señor Montero — replicó Valentina, sacando una copia del contrato de trabajo que le habían enviado previamente y dejándolo sobre la mesa con un golpe suave pero firme. — Lo que no entiendo es cómo un hombre de su inteligencia puede pretender que alguien firme este despropósito.

Alejandro parpadeó, desconcertado por la audacia. Señaló el documento con el mentón.

— ¿Qué tiene de malo? Es un contrato estándar.

— Estándar para esclavos, quizás — dijo ella, y abrió el documento señalando las cláusulas con un bolígrafo rojo que había sacado de su bolso. — Mire aquí. Cláusula 4.2: "El empleado se compromete a trabajar las horas que sean necesarias, sin límite preestablecido, y renuncia a cualquier derecho a horas extras o compensación". ¿En serio? ¿Cree que en el siglo XXI todavía se puede firmar algo así? Esto es ilegal en casi cualquier jurisdicción civilizada.

— Es una cláusula de dedicación exclusiva — defendió él, su tono se endureció. — Quiero gente comprometida, no gente que mire el reloj cada cinco minutos.

— Compromiso no es sinónimo de explotación — lo cortó ella, levantando una ceja. — Y mire esto. Cláusula 7.1: "La empresa se reserva el derecho de trasladar al empleado a cualquier ciudad o país sin previo aviso ni compensación adicional". ¿Me está diciendo que si mañana decide mandarme a la Patagonia, tengo que ir corriendo?

— Si es necesario para los intereses de la compañía, sí.

— Pues le tengo noticias, señor Montero. Yo tengo una vida, tengo familia y tengo límites. Mis servicios profesionales son de primera categoría, y no voy a permitir que se trate mi carrera como si fuera un objeto que se mueve de un estante a otro.

El silencio que se formó en la oficina fue denso, casi eléctrico. Alejandro la miraba fijamente, intentando usar su famosa "mirada de hielo", esa que hacía temblar a ejecutivos experimentados y a socios poderosos. Pero Valentina no bajó la vista. Lo miró directamente a los ojos, desafiante, inteligente, hermosa y terriblemente segura de sí misma.

Había algo en ella que lo descolocaba. No había miedo, no había sumisión, no había esa adulación ciega que estaba acostumbrado a recibir. Había fuego. Había carácter.

— ¿Sabe con quién está hablando? — preguntó él, bajando la voz hasta convertirla en un ronquido grave y peligroso. — Podría hacer que nunca más consiga trabajo en esta ciudad. Podría borrar su nombre del mercado.

Valentina soltó una carcajada, una risa genuina y clara que rompió la tensión. Se recostó en la silla, cruzando las piernas con elegancia.

— Inténtelo, señor Montero — dijo, con una media sonrisa pícara y segura. — Mi reputación habla por sí sola. Y créame, sería una publicidad excelente para mí: "La abogada que se atrevió a decirle que no al Rey Midas". La gente adoraría esa historia.

Alejandro apretó la mandíbula. Estaba furioso, sí, pero también... estaba fascinado. Nunca nadie le había hablado así. Nunca nadie se había plantado frente a él con esa mezcla de profesionalismo y descaro. Se quedó observándola, estudiando cada rasgo de su rostro, la curva de sus labios, la inteligencia brillando en su mirada.

— ¿Qué es lo que quiere entonces? — preguntó finalmente, con un tono que ya no era solo de ira, sino de curiosidad malsana. — ¿Aumento de sueldo? ¿Horarios fijos?

— Quiero un contrato justo — respondió ella, recobrando su seriedad. — Quiero un sueldo acorde a mi experiencia y a la carga de trabajo que voy a asumir. Quiero horarios razonables, con compensación clara si se requieren horas extras. Y quiero respeto. No quiero que me grite, no quiero que me trate como si fuera inferior y, sobre todo, no quiero que piense que porque soy mujer soy más débil o más fácil de manipular.

Se inclinó hacia adelante, igual que él había hecho antes, reduciendo la distancia entre ambos. Su voz bajó un tono, volviéndose casi un susurro que llegó directo a los oídos de él.

— Puede intentar intimidarme, señor Montero. Puede usar su poder, su dinero y esa mirada suya que parece que mata. Pero le aseguro que conmigo no funciona. O me contrata en mis términos, porque sabe que soy la mejor opción que tiene para limpiar el desastre legal que tienen en recursos humanos... o me voy ahora mismo y usted sigue buscando a alguien que tenga el valor de decirle la verdad.

El corazón de Alejandro latía con fuerza extraña en su pecho. Sentía una mezcla de rabia y una atracción inexplicable. Esta mujer era un desafío andando. Era como un caballo salvaje que necesitaba ser domado, y a él siempre le habían gustado los retos difíciles.

Sonrió lentamente, una sonrisa ladeada que mostraba un poco de dientes y que tenía algo de depredador.

— Tienes agallas, lo admito — dijo, y por primera vez usó el "tú", una forma de marcar territorio. — Muy pocas personas se atreven a cruzarme así.

— No cruzo, simplemente no me dejo pisar — corrigió ella.

Alejandro tomó el bolígrafo, lo hizo girar entre sus dedos con destreza y luego firmó en el margen del contrato con una letra grande y enérgica.

— Está bien. Te contrato — anunció, aunque sus ojos seguían desafiándola. — Pero prepárate, porque voy a ser el jefe más exigente que hayas tenido jamás. Voy a poner a prueba cada límite que has puesto aquí.

Valentina sonrió, una sonrisa victoriosa pero cautelosa.

— Y yo voy a ser la empleada que más le va a costar controlar, señor Montero. Prepárese usted también.

Se levantaron ambos al mismo tiempo. Se miraron durante unos segundos más, un duelo silencioso de voluntades en medio de aquel despacho lujoso. Sabían, ambos lo intuían con una claridad absoluta, que nada volvería a ser igual desde ese momento. Había empezado una guerra, una batalla de poder y voluntades donde ninguno de los dos tenía intención de perder.

— Bienvenida a bordo, señorita Cruz — dijo él, extendiendo la mano.

Ella la tomó. Su piel era suave pero su apretón fue firme, igual que la de él.

— Gracias, señor Montero. Veremos quién domina a quién.

Y con esa promesa implícita en el aire, Valentina salió de la oficina, dejando atrás a un hombre que, por primera vez en su vida, sentía que el control de la situación se le escapaba de entre los dedos... y extrañamente, no le importaba tanto como debería.

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Maribel Euan
m gusta sin tanto drama soluciones rápidas 🤭❤️
Jacquelyn Hernández
🤣🤣🤣🤣🤣 el CEO corriendo detras de un mapache. si la prensa se imaginara algo asi me serian la portada de revistas por años. 🤣🤣🤣
Helizahira Cohen
una historia de Sofia sería muy interesante
Helizahira Cohen
👏Excelente me gustó mucho bonita, corta y con una trama diferente
Helizahira Cohen
Esta interesante esta novela
Zuliner Chacon
Comenzaron a jugar con 🔥y se pueden quemar
Zuliner Chacon
Este se cree dueño de todo y que él es quien manda 😂 🤔 le llegó la orma de su zapato
Zuliner Chacon
Ninguno da su brazo a torcer, ambos son hueso duro de roer 😂
Zuliner Chacon
😂😂 Guerra de titanes osea Yo y Yo 😂😂
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