“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: Una nueva oportunidad
Narra Ángel Pacheco
Cuando llegamos a la casa de Gregorio ya estaba anocheciendo. El cuerpo me pesaba horrible del cansancio, mi llave. Después de caminar tanto, dormir mal y cargar preocupaciones encima, sentía que las piernas ya no me daban más.
Mi mamá venía callada abrazando a Meleydis, que ya estaba medio dormida otra vez. Yurani caminaba a mi lado cargando las bolsas pequeñas que nos quedaban.
Y cuando vi a Gregorio parado afuera esperándonos… no sé, sentí alivio.
Porque cuando uno llega a una ciudad sin nada y encuentra una cara conocida, el corazón descansa un poquito.
Gregorio apenas nos vio abrió los brazos.
—¡Nojoda, Ángel! —gritó acercándose.
Nos abrazamos fuerte como hermanos.
Después saludó a mi mamá.
—Doña Rosa, tranquila, acá ustedes no están solos.
Mi mamá le agarró las manos.
—Gracias, mijo… Dios te bendiga.
Gregorio sonrió.
—Primero entren y descansen un rato.
La casa era sencilla pero cómoda. Apenas entramos, sentí esa tranquilidad que uno siente cuando por fin deja de caminar después de tanto tiempo.
Meleydis se quedó dormida de una vez en un sofá pequeño.
Yurani se sentó al lado de ella acariciándole el cabello.
Gregorio me miró.
—Ven, vamos a hablar con el casero antes que se meta pa’ dentro.
Yo asentí rápido.
—Vamos pues.
Salimos otra vez y caminamos unos metros hasta donde estaba el señor dueño de los departamentos. Era un hombre moreno, barrigoncito, como de unos cincuenta y pico de años, con acento full barranquillero y una pantaloneta vieja.
Estaba sentado en una silla plástica tomando café.
Gregorio habló primero.
—Ajá, don Efraín, mire… el muchacho que le dije ya llegó.
El señor levantó la mirada y me observó de arriba abajo.
—Ajá, mijo, ¿cómo es tu nombre?
—Ángel Pacheco, señor.
Él asintió.
—Mucho gusto. Gregorio me contó la situación de ustedes.
Yo bajé un poco la mirada.
—Sí señor… venimos de Santa Marta.
El señor suspiró.
—Nojoda… ese terremoto dejó mucha gente fregada.
Yo asentí en silencio.
Gregorio habló otra vez.
—Don Efraín, él anda buscando aunque sea un apartamentico pa’ quedarse con la mamá, la hermana y la sobrina.
El señor tomó un sorbo de café.
—Claro que sí, mi hijo. Aquí estamos pa’ ayudar.
Esas palabras me dieron una tranquilidad enorme.
De verdad.
Porque llevábamos días sintiendo que el mundo estaba encima de nosotros.
Yo rápido respondí:
—Gracias, señor. De verdad.
Él hizo una seña con la mano.
—No me agradezca nada todavía. Lo importante es que ustedes se acomoden.
Después miró a Gregorio.
—¿Y ese muchacho tiene trabajo?
Gregorio negó con la cabeza.
—No señor, apenas llegó hoy.
El señor me miró otra vez.
—¿Tú sabes trabajar?
Yo casi me río.
—De lo que salga, señor.
Él soltó una carcajada.
—Así me gusta, nojoda.
Después miró a Gregorio otra vez.
—Pues que mañana empiece a trabajar contigo de guachimán.
Yo abrí los ojos sorprendido.
—¿En serio?
Gregorio sonrió de una vez.
—¿Ves? Te dije que acá salía algo.
Yo sentí un alivio tan grande que casi se me aguaron los ojos.
Porque ya no era solo un lugar donde dormir.
También era trabajo.
Y eso significaba comida para mi familia.
El señor siguió hablando.
—No es la gran vaina, mijo, pero por algo se empieza.
Yo asentí rápido.
—Claro que sí, señor. Lo que sea sirve.
Gregorio me dio una palmada en el hombro.
—Bienvenido al mundo de los guachimanes entonces.
Yo me reí un poco.
—Nojoda, jamás pensé terminar así.
Gregorio soltó una carcajada.
—Ni yo, parcero.
Don Efraín se levantó de la silla lentamente.
—Vengan, les voy a mostrar el apartamentico.
Lo seguimos por un pasillo sencillo hasta un segundo piso.
El apartamento era pequeño, pero limpio. Tenía dos cuartos, una cocina sencilla y un baño.
Mi mamá apenas entró miró todo en silencio.
Y después empezó a llorar.
Yo me asusté.
—¿Qué pasó, mamá?
Ella negó rápido mientras se limpiaba las lágrimas.
—Nada… solo que pensé que no íbamos a tener dónde dormir hoy.
Eso me rompió el alma.
Gregorio bajó un poco la mirada.
Y don Efraín habló suave:
—Tranquila, señora. Aquí pueden empezar de nuevo.
Mi mamá abrazó a Meleydis más fuerte.
Yurani también tenía los ojos aguados.
Yo respiré profundo mirando el lugar.
No era lujoso.
No era grande.
Pero era nuestro.
Y después de todo lo que habíamos vivido… eso ya era suficiente.
Gregorio empezó a mostrarme detalles.
—Acá llega agua en las mañanas, el ventilador a veces falla y la puerta hay que empujarla duro porque se traba.
Yo me reí.
—Perfecto entonces.
Él también se rio.
Después me miró serio.
—Mañana entras temprano conmigo, ¿oyó?
—Sí, señor supervisor.
Gregorio soltó otra carcajada.
—Respete al jefe.
Don Efraín habló desde la puerta.
—Bueno, muchachos, yo los dejo que descansen.
Yo me acerqué rápido.
—Gracias otra vez, señor.
Él me señaló.
—Agradezca trabajando duro, mijo.
—Así será.
Y cuando el señor se fue, me quedé mirando el apartamento otra vez.
Pequeño.
Caluroso.
Sencillo.
Pero lleno de esperanza.
Esa noche, mientras veía a mi mamá acomodando a Meleydis para dormir y a Yurani organizando nuestras pocas cosas…
entendí algo:
la vida nos había quitado demasiado…
pero todavía nos estaba dando oportunidades para seguir adelante.
Narra Ángel Pacheco
Cuando llegamos a la casa de Gregorio ya estaba anocheciendo. El cuerpo me pesaba horrible del cansancio, mi llave. Después de caminar tanto, dormir mal y cargar preocupaciones encima, sentía que las piernas ya no me daban más.
Mi mamá venía callada abrazando a Meleydis, que ya estaba medio dormida otra vez. Yurani caminaba a mi lado cargando las bolsas pequeñas que nos quedaban.
Y cuando vi a Gregorio parado afuera esperándonos… no sé, sentí alivio.
Porque cuando uno llega a una ciudad sin nada y encuentra una cara conocida, el corazón descansa un poquito.
Gregorio apenas nos vio abrió los brazos.
—¡Nojoda, Ángel! —gritó acercándose.
Nos abrazamos fuerte como hermanos.
Después saludó a mi mamá.
—Doña Rosa, tranquila, acá ustedes no están solos.
Mi mamá le agarró las manos.
—Gracias, mijo… Dios te bendiga.
Gregorio sonrió.
—Primero entren y descansen un rato.
La casa era sencilla pero cómoda. Apenas entramos, sentí esa tranquilidad que uno siente cuando por fin deja de caminar después de tanto tiempo.
Meleydis se quedó dormida de una vez en un sofá pequeño.
Yurani se sentó al lado de ella acariciándole el cabello.
Gregorio me miró.
—Ven, vamos a hablar con el casero antes que se meta pa’ dentro.
Yo asentí rápido.
—Vamos pues.
Salimos otra vez y caminamos unos metros hasta donde estaba el señor dueño de los departamentos. Era un hombre moreno, barrigoncito, como de unos cincuenta y pico de años, con acento full barranquillero y una pantaloneta vieja.
Estaba sentado en una silla plástica tomando café.
Gregorio habló primero.
—Ajá, don Efraín, mire… el muchacho que le dije ya llegó.
El señor levantó la mirada y me observó de arriba abajo.
—Ajá, mijo, ¿cómo es tu nombre?
—Ángel Pacheco, señor.
Él asintió.
—Mucho gusto. Gregorio me contó la situación de ustedes.
Yo bajé un poco la mirada.
—Sí señor… venimos de Santa Marta.
El señor suspiró.
—Nojoda… ese terremoto dejó mucha gente fregada.
Yo asentí en silencio.
Gregorio habló otra vez.
—Don Efraín, él anda buscando aunque sea un apartamentico pa’ quedarse con la mamá, la hermana y la sobrina.
El señor tomó un sorbo de café.
—Claro que sí, mi hijo. Aquí estamos pa’ ayudar.
Esas palabras me dieron una tranquilidad enorme.
De verdad.
Porque llevábamos días sintiendo que el mundo estaba encima de nosotros.
Yo rápido respondí:
—Gracias, señor. De verdad.
Él hizo una seña con la mano.
—No me agradezca nada todavía. Lo importante es que ustedes se acomoden.
Después miró a Gregorio.
—¿Y ese muchacho tiene trabajo?
Gregorio negó con la cabeza.
—No señor, apenas llegó hoy.
El señor me miró otra vez.
—¿Tú sabes trabajar?
Yo casi me río.
—De lo que salga, señor.
Él soltó una carcajada.
—Así me gusta, nojoda.
Después miró a Gregorio otra vez.
—Pues que mañana empiece a trabajar contigo de guachimán.
Yo abrí los ojos sorprendido.
—¿En serio?
Gregorio sonrió de una vez.
—¿Ves? Te dije que acá salía algo.
Yo sentí un alivio tan grande que casi se me aguaron los ojos.
Porque ya no era solo un lugar donde dormir.
También era trabajo.
Y eso significaba comida para mi familia.
El señor siguió hablando.
—No es la gran vaina, mijo, pero por algo se empieza.
Yo asentí rápido.
—Claro que sí, señor. Lo que sea sirve.
Gregorio me dio una palmada en el hombro.
—Bienvenido al mundo de los guachimanes entonces.
Yo me reí un poco.
—Nojoda, jamás pensé terminar así.
Gregorio soltó una carcajada.
—Ni yo, parcero.
Don Efraín se levantó de la silla lentamente.
—Vengan, les voy a mostrar el apartamentico.
Lo seguimos por un pasillo sencillo hasta un segundo piso.
El apartamento era pequeño, pero limpio. Tenía dos cuartos, una cocina sencilla y un baño.
Mi mamá apenas entró miró todo en silencio.
Y después empezó a llorar.
Yo me asusté.
—¿Qué pasó, mamá?
Ella negó rápido mientras se limpiaba las lágrimas.
—Nada… solo que pensé que no íbamos a tener dónde dormir hoy.
Eso me rompió el alma.
Gregorio bajó un poco la mirada.
Y don Efraín habló suave:
—Tranquila, señora. Aquí pueden empezar de nuevo.
Mi mamá abrazó a Meleydis más fuerte.
Yurani también tenía los ojos aguados.
Yo respiré profundo mirando el lugar.
No era lujoso.
No era grande.
Pero era nuestro.
Y después de todo lo que habíamos vivido… eso ya era suficiente.
Gregorio empezó a mostrarme detalles.
—Acá llega agua en las mañanas, el ventilador a veces falla y la puerta hay que empujarla duro porque se traba.
Yo me reí.
—Perfecto entonces.
Él también se rio.
Después me miró serio.
—Mañana entras temprano conmigo, ¿oyó?
—Sí, señor supervisor.
Gregorio soltó otra carcajada.
—Respete al jefe.
Don Efraín habló desde la puerta.
—Bueno, muchachos, yo los dejo que descansen.
Yo me acerqué rápido.
—Gracias otra vez, señor.
Él me señaló.
—Agradezca trabajando duro, mijo.
—Así será.
Y cuando el señor se fue, me quedé mirando el apartamento otra vez.
Pequeño.
Caluroso.
Sencillo.
Pero lleno de esperanza.
Esa noche, mientras veía a mi mamá acomodando a Meleydis para dormir y a Yurani organizando nuestras pocas cosas…
entendí algo:
la vida nos había quitado demasiado…
pero todavía nos estaba dando oportunidades para seguir adelante.