¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 2
El bar "La Morgue" no se llamaba así por la muerte, sino porque, según los rumores locales, allí era donde la gente iba a enterrar sus penas antes de resucitar al día siguiente con una resaca monumental. Era un lugar oscuro, iluminado por neones violetas y dorados, donde el aire vibraba con un bajo tan profundo que podías sentirlo en la boca del estómago.
Lía se miró en el espejo del baño del club. El reflejo que le devolvía la mirada no era el de la mujer que esa misma tarde había encontrado a su esposo con su hermana. Elena, su mejor amiga, le había prestado un vestido de seda negra, corto y con una espalda descubierta que terminaba justo donde empezaba la tentación. Se había pintado los labios de un rojo sangre y sus ojos, aún algo hinchados, brillaban con una mezcla peligrosa de rabia y libertad.
—Estás increíble, Lía —dijo Elena, apareciendo detrás de ella y poniéndole una mano en el hombro—. Olvida a ese imbécil. Hoy eres una mujer libre.
—No quiero estar libre, Elena —respondió Lía, ajustándose el tirante del vestido—. Quiero estar anestesiada.
Salieron del baño y se abrieron paso hacia la barra. El ambiente estaba cargado de perfume caro, sudor y el aroma penetrante del gin-tonic. Lía pidió un tequila doble. Luego otro. Y un tercero. El alcohol comenzó a hacer su trabajo, transformando el nudo de hierro que tenía en el pecho en una calidez difusa. La traición de Julián comenzó a sentirse como algo lejano, como una película mala que alguien le había contado hace años.
—Voy a bailar —anunció Lía, su voz ya un poco más alta de lo normal.
Se lanzó a la pista. No era una bailarina experta, pero se movía con una urgencia eléctrica. Cerró los ojos y dejó que la música la envolviera. Por un momento, mientras el sudor empezaba a perlar su frente y el roce de desconocidos la rodeaba, se sintió poderosa. Ya no era la esposa invisible. Era un cuerpo, un deseo, una fuerza de la naturaleza.
Sin embargo, en medio del frenesí, una sensación extraña empezó a recorrerle la nuca. Un escalofrío que conocía bien.
Se detuvo en seco, ignorando el ritmo de la canción. Lentamente, abrió los ojos y miró hacia la zona VIP, una terraza elevada protegida por un cristal ahumado. Allí, sentado en una de las mesas de cuero, había un hombre.
Lía sintió que el aire se volvía denso. El hombre no estaba bailando, ni bebiendo con entusiasmo. Estaba solo, con un vaso de cristal tallado entre las manos, observándola. La luz de un neón azul pasó sobre su rostro y el corazón de Lía dio un vuelco que la dejó sin aliento.
Era él.
Esa mandíbula cuadrada, el cabello oscuro y ligeramente despeinado, la forma en que sus hombros llenaban la camisa de lino azul oscuro. Era el hombre de sus sueños. El mismo que esa mañana la había dejado con las sábanas empapadas y el alma en vilo. Lía parpadeó con fuerza, pensando que el tequila le estaba jugando una broma cruel. "Es el alcohol", se dijo a sí misma. "Estás proyectando tus fantasías porque estás rota".
Pero el hombre no se desvaneció. Al contrario, él inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo su mirada. Sus ojos, incluso desde la distancia, parecían quemar.
Lía, impulsada por un valor que no le pertenecía, se abrió paso entre la multitud. Subió las escaleras hacia la zona privada, ignorando al guardia que intentó detenerla; una mirada de Elena y un billete que su amiga deslizó hábilmente solucionaron el problema.
Cuando llegó a la mesa del desconocido, el ruido del club pareció amortiguarse, como si hubieran entrado en una burbuja de silencio absoluto. Él no se movió. Se limitó a mirarla mientras ella se acercaba, tambaleándose levemente por los tacones y la bebida.
—Te conozco —soltó Lía, sin preámbulos. Su voz era un susurro ronco.
El hombre dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie. Era mucho más alto de lo que imaginaba. Su presencia física era abrumadora, una masa de masculinidad tranquila y peligrosa que la hacía sentir pequeña y expuesta.
—¿Ah, sí? —su voz era una caricia de terciopelo y ceniza. Exactamente la voz que ella escuchaba en sus oídos cada noche—. No recuerdo haber olvidado un rostro como el tuyo.
—No me conoces de aquí —dijo ella, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Podía olerlo: sándalo y lluvia. El mundo empezó a dar vueltas—. Me conoces de... de otro lugar.
Él sonrió, una sonrisa lenta que no llegó a sus ojos, los cuales estaban fijos en los labios rojos de Lía.
—Estás borracha, preciosa. Y pareces estar huyendo de un incendio.
—Mi casa se quemó hoy —respondió ella, y por un segundo, la tristeza amenazó con romper su máscara—. Pero no me importa. Solo quiero saber si eres real.
Lía estiró la mano y tocó el pecho del hombre. Bajo la fina tela de la camisa, sintió el calor de su piel y el latido fuerte y constante de su corazón. No era un sueño. No era humo. Era carne, hueso y un deseo que vibraba en la misma frecuencia que el suyo.
Él atrapó la mano de ella con la suya, pero no la apartó. En lugar de eso, la presionó más fuerte contra su pecho.
—Soy muy real —susurró él, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de Lía—. Y tú eres exactamente como te imaginaba cuando cerraba los ojos.
Esa frase fue el detonante. Lía no analizó la lógica de sus palabras; no le importaba si él también la soñaba o si solo estaba siguiendo el juego de una mujer ebria. Se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso desesperado, con sabor a tequila y a venganza, pero también a un reconocimiento ancestral. Él respondió con una ferocidad que la hizo gemir contra sus labios. Sus manos bajaron a la cintura de Lía, apretándola contra él con una posesividad que Julián jamás había mostrado. En ese rincón oscuro de la zona VIP, el tiempo se detuvo. Lía se perdió en la textura de su lengua, en la fuerza de sus brazos, en la certeza de que este hombre era el destino cobrándose todas las deudas.
—Sácame de aquí —le pidió ella entre besos, jadeando.
Él no hizo preguntas. La tomó de la mano y la guio hacia la salida trasera del club, donde un coche negro de alta gama esperaba bajo la lluvia fina que empezaba a caer.
El trayecto fue un borrón de luces de la ciudad y caricias urgentes en el asiento trasero. Lía no sabía su nombre, no sabía a qué se dedicaba, pero sabía que sus manos en sus muslos eran el único remedio para el veneno que su hermana y su esposo le habían inyectado esa tarde.
Llegaron a un ático en el centro de la ciudad. El lugar gritaba riqueza y poder: techos altos, ventanales que daban a las luces de la metrópolis y una cama king-size que parecía esperarlos en el centro de la habitación.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el desconocido la acorraló contra la madera.
—¿Estás segura de esto, Lía? —preguntó él.
Ella se quedó helada.
—¿Cómo sabes mi nombre? No te lo he dicho.
Él le acarició la mejilla con el pulgar, mirándola con una intensidad que la hizo temblar.
—Te lo dije... te conozco de mis sueños. Y en ellos, siempre susurras tu nombre antes de que el sol nos separe.
Lía no tuvo miedo. En ese estado de embriaguez emocional y alcohólica, aquello le pareció la única verdad posible en un mundo de mentiras. Le desabrochó la camisa, dejando al descubierto un pecho esculpido y una piel que ella ya había memorizado en sus noches de soledad.
Esa noche, en ese ático, Lía no hizo el amor. Hizo la guerra. Se entregó a él con una entrega que rayaba en el delirio, explorando cada rincón de ese cuerpo que su mente había inventado y que ahora su tacto confirmaba. Él la tomó con una pasión que era a la vez salvaje y extrañamente delicada, como si ella fuera el tesoro más preciado y la presa más codiciada.
Cada gemido, cada roce de piel contra piel, era un clavo en el ataúd de su pasado. Bajo ese hombre, Lía dejó de ser la esposa traicionada para convertirse en la protagonista de su propia fantasía. Se hundió en el placer, dejándose llevar por las olas de un orgasmo que la dejó exhausta y vacía de dolor.
Finalmente, el cansancio y el alcohol ganaron la batalla. Lía se quedó dormida abrazada a ese torso cálido, sintiendo por primera vez en años que estaba exactamente donde debía estar.
Lo que no sabía era que el despertar le traería una sorpresa mucho mayor que cualquier sueño. Porque en la luz de la mañana, las fantasías tienen la mala costumbre de volverse complicaciones reales.