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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 2: Las gemelas

Domingo, dos de la tarde, Carabanchel.

El barrio olía a cocido y a humedad de patio interior. En la calle, los niños jugaban al fútbol con una lata y los mayores aprovechaban el sol de marzo como si fuera el último de sus vidas. Yo caminaba con una tarta de la plaza delante en la mano y una sensación de derrota anticipada en el estómago.

El portal de mi madre no había cambiado nunca. Misma puerta de madera marrón con el cristal sucio, mismo olor a lejía y a viejo, mismo ascensor que se paraba entre el primero y el segundo si no le dabas una palmada en el momento justo.

Le di la palmada. El ascensor obedeció.

Segundo piso, puerta derecha. Llamé con el codo porque llevaba la tarta y un bolso que pesaba como si llevara ladrillos.

—¡Ya voy, ya voy!

Pasos. El ruido de dos cerrojos (mi madre vivía con miedo a los ladrones desde que entraron en el bajo en el 98) y la puerta se abrió.

—Hija.

Sofía Costa llevaba el pelo recogido en un moño bajo, las gafas colgadas del cuello con una cadenita de plata, y un delantal con estampado de cerezas. Tenía la misma cara que Lucía, pero con diez años más de preocupaciones y tres kilos menos de alegría.

—Mamá.

Me besó en las dos mejillas y me arrebató la tarta como si fuera un tesoro.

—Has tardado. Tu tía ya está aquí. Y el pollo lleva media hora esperando.

—Son las dos y cinco.

—Media hora, te digo.

Entré. El piso de mi madre medía sesenta metros cuadrados y olía a fabada, a incienso barato y a ese perfume de mercadillo que usaba desde que yo tenía memoria. Los muebles eran los de siempre: el sofá beige con funda lavable, la mesa camilla con el mantel de ganchillo, la vitrina con la vajilla buena que solo se usaba en Navidad.

Y en el sofá, con las piernas cruzadas y una copa de vino blanco en la mano, estaba Lucía.

—Mi niña.

Se levantó y me abrazó como si no me hubiera visto en años, aunque solo habían pasado cuatro meses desde su última visita. Olía a tabaco, a perfume caro y a esa mezcla de sal y sol que se le pegaba en Berlín aunque pasara el invierno entero bajo la lluvia.

—Tía.

—Estás más flaca. ¿No comes?

—Todos me preguntan lo mismo.

—Pues porque es verdad.

Lucía tenía el pelo más corto que mi madre, teñido de un rubio ceniza que no era su color natural pero le quedaba bien. Llevaba un collar de conchas blancas que le llegaba casi al ombligo y una camisa de lino arrugada a propósito. A mi madre le habría dado un infarto llevar algo arrugado adrede.

—Siéntate, siéntate —dijo mi madre desde la cocina—. En cinco minutos está.

Me senté al lado de Lucía. La televisión estaba encendida pero sin volumen, un programa de cocina mudo donde una mujer cortaba verduras con precisión militar.

—¿Qué tal Berlín? —pregunté.

—Frío. Húmedo. Maravilloso.

—¿Sigues con...

—No.

—Ah.

—Se acabó. Seis meses y se acabó.

Lo dijo sin tristeza. Mi tía era así: las relaciones le entraban y le salían como las estaciones. Nunca la había visto llorar por un hombre. Nunca la había visto llorar por nada, la verdad.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo llevas lo del arte?

Bajé la voz.

—¿Podemos no hablar de eso delante de mamá?

—¿Tan mal?

—Peor. Ayer rechazaron mis obras en otra galería.

—¿Qué te dijeron?

—Que mi estilo es muy particular. Que ahora no es el momento.

—Qué hijos de puta.

Sonreí. Mi madre habría dicho "qué malas personas". Mi tía decía "hijos de puta". Era una de las muchas diferencias entre gemelas.

—¿Y tú qué haces? —preguntó Lucía—. ¿Cómo sobrevives?

—Tengo una entrevista el miércoles. Para secretaria.

—¿Secretaria? ¿Tú?

—Necesito dinero, tía.

—Pero si tú eres artista. Tú no sabes ser secretaria.

—Aprendo.

Lucía me miró con una expresión que no supe descifrar. Preocupación, quizá. O tristeza. O las dos.

—Ya —dijo—. Ya.

La comida fue un desfile de preguntas incómodas.

—¿Y tienes novio, hija? —preguntó mi madre mientras servía el pollo.

—No.

—¿Y novia?

—Tampoco, mamá.

—¿Y algo? ¿Alguien?

—Solo Blanca.

Mi madre puso cara de circunstancias. Lucía soltó una carcajada.

—Déjala, Sofía. Si no tiene, no tiene.

—Es que a su edad, yo ya...

—Ya, ya. Lo sé. Con veintiséis años tú ya estabas casada y con una hija. Pero son otros tiempos.

—Eso no significa que tenga que estar sola.

—No está sola. Está contigo. Conmigo. Con Laura. Con su gata.

Mi madre resopló y miró al techo como pidiendo paciencia divina. Tenía esa costumbre desde siempre, como si Dios viviera en el piso de arriba y pudiera escucharla a través de las cañerías.

—¿Y tu trabajo? —preguntó Lucía, cambiando hábilmente de tema—. ¿Cómo es la empresa?

—M&M Corporaciones. Son de construcción, hoteles, cosas así.

—¿Dónde están?

—En AZCA. Torre Picasso, creo.

Lucía dejó el tenedor en el aire.

—¿M&M? ¿Moncada y Moncada?

—Sí, ¿los conoces?

—Los conozco de nombre. Son uno de los grupos más importantes del país. El fundador, Ignacio Moncada, tiene una fundación de arte. Bueno, su hijo la lleva ahora.

—¿Su hijo?

—Marcos Moncada. Cuarenta años, soltero, millonario, coleccionista. Un tipo interesante.

—¿Lo conoces?

—De vista. Va a muchas inauguraciones. Siempre solo. Siempre mirando. Nunca hablando.

Mi madre aprovechó el silencio para meter baza.

—¿Ves? Gente importante. A lo mejor conoces a alguien allí. Un chico guapo con dinero...

—Mamá.

—¿Qué? Es una oportunidad.

—Es una entrevista para secretaria. No para ligar.

—Lo uno no quita lo otro.

Lucía y yo cruzamos una mirada. La de ella decía: "Déjala, no va a cambiar". La mía decía: "Me quiero morir".

Después de comer, mientras mi madre fregaba los platos y nos negaba rotundamente la ayuda, Lucía me llevó al balcón. El de mi madre era diminuto, con macetas de geranios y una silla de plástico blanco donde nadie se sentaba nunca. Ella se apoyó en la barandilla y encendió un cigarrillo.

—¿Sabes por qué he venido? —preguntó.

—Porque querías verme.

—Eso también. Pero hay algo más.

—¿Qué?

Lucía dio una calada larga. El humo se perdió en el aire sucio de Madrid.

—Tengo una amiga en Berlín. Regenta una galería pequeña, de esas que apuestan por artistas emergentes. Le enseñé fotos de tu trabajo.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué?

—Le gustan. Mucho. Quiere que le mandes más. Y si le convencen, quiere exponerte en otoño.

—Lucía...

—No me des las gracias todavía. No es seguro. Pero es una oportunidad.

Me quedé sin palabras. El balcón de mi madre, los geranios, el ruido de los coches abajo, todo se desvaneció por un segundo.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y por qué no me lo has dicho antes?

—Porque quería verte la cara. Porque quería decírtelo aquí, no por teléfono. Y porque quería preguntarte algo.

—Lo que sea.

Lucía apagó el cigarrillo en una maceta (mi madre la mataría si se enteraba) y me miró fijamente.

—¿Por qué no pintas caras, Irene?

La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

—Ya te lo he explicado otras veces...

—No. Me has dado explicaciones. No me has dicho la verdad.

—Es mi estilo.

—Es tu excusa.

Me apoyé en la barandilla a su lado. El frío del metal calaba a través de la chaqueta.

—No sé —dije al fin—. No sé por qué. Cuando intento pintar un rostro, me sale mal. Me sale falso. Como si me pusiera una máscara. Prefiero pintar lo que de verdad siento.

—¿Y qué sientes?

Miré hacia dentro. Mi madre seguía en la cocina, canturreando una canción de los ochenta mientras secaba los platos. No se parecía en nada a nosotras. No se parecía en nada a nada.

—Que soy invisible —dije—. Y que a veces es mejor así.

Lucía no respondió. Solo me pasó el brazo por los hombros y me apretó fuerte.

Cuando volví a casa, esa noche, me senté frente al lienzo vacío.

Blanca saltó a mis rodillas y se hizo un ovillo.

—Tengo una oportunidad —le dije—. Una de verdad.

La gata ronroneó.

—Pero tengo que pintar. Y tengo que hacerlo bien.

Miré mis manos. Manchadas de pintura seca, de días y días de trabajo que no habían llevado a ninguna parte.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, empecé a dibujar.

Un rostro. El mío.

A ver qué salía.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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