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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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capítulo 18: El Limbo de Cristal

El estruendo del primer disparo fue el detonante del caos. Con el corazón en la garganta y Bianca sollozando en mis brazos, giré para correr hacia la planta alta. El pánico me nublaba la vista; los gritos de Ricardo y el sonido de los golpes en el salón se mezclaban con el zumbido de mis propios oídos.

Mis pies descalzos volaban sobre la alfombra de los escalones, pero el terror me traicionó.

A mitad de la escalera, el hombre del arma disparó de nuevo. La bala impactó en el pasamanos de madera, lanzando astillas que me rozaron la cara. Por puro instinto de protección, apreté a Bianca contra mi pecho para cubrirla con mi cuerpo, perdiendo por completo el equilibrio.

—¡Anaís! —el grito de Ricardo desgarró el aire, pero ya era tarde.

Mi pie resbaló en el borde del escalón y el mundo se volvió un torbellino violento. Sentí el vacío y luego el primer impacto. Mi hombro golpeó contra el borde de un escalón, y luego mi espalda. En un último acto de desesperación, logré lanzar a Bianca hacia el descanso de la alfombra para que ella no recibiera el golpe, pero yo no pude detenerme.

Rodé con una fuerza brutal, golpeando cada arista de la escalera de mármol hasta que mi cabeza impactó con un sonido seco y sordo contra el pilar de la base.

El dolor fue una explosión blanca que se convirtió rápidamente en una oscuridad fría. Me quedé tendida en el suelo, boca arriba, con la vista fija en el techo que empezaba a dar vueltas. Sentí un calor líquido y espeso naciendo en la parte posterior de mi cráneo. La sangre comenzó a brotar con una rapidez alarmante, extendiéndose como un halo oscuro sobre el suelo de mármol blanco, manchando mi bata de seda deshecha.

—¡Anaís! ¡No, no, no! —la voz de Ricardo sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua.

Él se deshizo del hombre que lo sujetaba con una furia inhumana, ignorando los golpes que estaba recibiendo. Se lanzó al suelo a mi lado, derrapando en su propia desesperación. Sus manos, que horas antes me habían sujetado con lujuria en el despacho, ahora temblaban violentamente mientras intentaba presionar la herida de mi cabeza.

—Mírame, Anaís... ¡Quédate conmigo! ¡Abre los ojos! —su voz estaba rota, cargada de un terror que nunca había mostrado.

La sangre de mi cabeza empapaba su camisa blanca, la misma que se había abrochado con calma en la mañana. Bianca gritaba desde arriba, pero Ricardo solo tenía ojos para mí. Sus manos se tiñeron de rojo mientras me acunaba el rostro, manchando mis mejillas con mi propia sangre.

—No te mueras... por favor, no te vayas tú también —susurró contra mi oído, y por primera vez, no era el dueño, ni el monstruo, ni el viudo. Era solo un hombre viendo cómo su última esperanza de redención se desangraba en sus brazos.

Mi vista se nubló por completo. Lo último que vi fue el rostro de Ricardo cubierto de mi sangre, su expresión de agonía pura, antes de que el frío de la inconsciencia me arrastrara lejos de los disparos, de las deudas y de su amor maldito.

Habían pasado tres semanas desde que el mármol se tiñó de rojo. El hospital privado era el único lugar donde Ricardo pasaba sus horas. No le importaban los negocios, ni las amenazas que seguían latentes fuera de esas paredes blancas. Estaba sentado en la misma silla de plástico, con la mirada perdida en el monitor que dibujaba los latidos constantes, pero débiles, de Anaís.

Ella parecía una muñeca de porcelana rota, conectada a tubos y cables que la mantenían en este mundo a la fuerza. Su rostro, sin el rubor de la excitación o el pálido del miedo, se veía extrañamente joven, casi angelical.

Ricardo extendió su mano y tomó la de ella. Estaba fría. Sus dedos, los mismos que habían sido bruscos y posesivos, ahora apenas rozaban su piel con un miedo sagrado.

—Despierta... —susurró él, con la voz quebrada por noches de insomnio—. Maldita sea, Anaís, despierta y grítame. Odiame si quieres, pero no me dejes solo con este silencio.

El remordimiento lo devoraba. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Anaís cayendo, veía la sangre brotando y recordaba su última mirada: una mezcla de sacrificio por Bianca y un terror profundo. Se dio cuenta de que la había tratado como un objeto para llenar el vacío de una muerta, y ahora que estaba a punto de perderla, la imagen de su difunta esposa se había desvanecido. Ya no buscaba a "ella". Ahora solo quería que Anaís, la mujer valiente y testaruda que lo había desafiado en el despacho, abriera los ojos.

De repente, la puerta de la habitación se abrió. Era Bianca, traída por Elvira. La niña se acercó a la cama con un dibujo en la mano.

—¿Sigue dormida, papá? —preguntó la pequeña con los ojos llenos de lágrimas.

Ricardo la subió a su regazo, apretándola contra su pecho.

—Sí, Bianca. Está descansando.

—Es por mi culpa, ¿verdad? —sollozó la niña—. Ella me salvó y se golpeó la cabeza.

Ricardo cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta que no lo dejaba respirar. No era solo culpa de Bianca; era la red de mentiras y deudas que él había tejido alrededor de una mujer inocente. Se inclinó sobre Anaís y le susurró al oído, mientras Bianca ponía el dibujo sobre su pecho inmóvil:

—Si vuelves... te juro que no habrá más contratos. No habrá más sombras. Solo tú y yo, Anaís. Pero tienes que luchar. No dejes que ella gane otra vez llevándote consigo.

En ese momento, el monitor emitió un pitido diferente, un cambio sutil en el ritmo cardíaco. La mano de Anaís tuvo un espasmo casi imperceptible bajo la de Ricardo. Fue apenas un segundo, una chispa de vida en medio del coma, pero fue suficiente para que Ricardo apretara su mano con una fuerza desesperada, rogándole a la oscuridad que se la devolviera.

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Rossy Bta
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