"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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Capítulo 17: La Inauguración del Matadero
El peso de las cenizas en la urna se sentía ligero, casi irreal, comparado con el odio que llevaba cargando durante años. Miré el recipiente plateado sobre mi cama y acaricié el frío metal.
—Ya casi, mamá —susurré, con una sonrisa que no nacía del alma, sino de esa oscuridad que ahora era mi motor—. Vas a ser libre. Me hablabas del mar, de ese azul infinito que nunca pudimos ver encerradas en esta casa de pesadilla. Te llevaré allá, pero antes... antes tengo que saldar la deuda de sangre que nos dejaron.
Me miré al espejo. A mis 17 años, ya no quedaba rastro de la niña asustada. La "Reina" me llamaban algunos, la "Sombra" otros. Me gustaba el miedo en sus ojos. Me gustaba que incluso los hombres del Viejo bajaran la vista al verme pasar. Había aprendido que el respeto se gana con balas y que la lealtad se compra con sangre. El dinero que me sobraba, los lujos del Viejo, las cuentas saldadas con el Tumba... todo era secundario.
De repente, el grito del Tumba rompió mi momento de paz:
—¡Reina! ¡Baja, tenemos una sorpresa para ti!
Sentí un presentimiento eléctrico. Bajé las escaleras con paso firme y los seguí hasta las camionetas negras estacionadas en el patio. El sol de la tarde quemaba, pero yo sentía el cuerpo frío, expectante.
—Abre la cajuela —dijo el Tumba con una sonrisa ladeada.
Al hacerlo, mi corazón dio un vuelco. Allí, atado y amordazado, estaba el hombre que había convertido mi infancia en un infierno. Pedro. Por un segundo, el mundo se detuvo. No quise que me viera, no así. Cerré la cajuela de un golpe y le hice una seña seca a los muchachos.
—Esperen aquí. Tengo que cambiarme.
Corrí a mi habitación. No era un día cualquiera; era la inauguración de mi destino. Me puse el pantalón de combate negro y la camisa táctica del mismo color. Me ajusté la máscara personalizada que cubría cada centímetro de mi piel, dejando solo mis ojos libres, los cuales oculté tras las gafas oscuras. El negro era mi uniforme, mi escudo y mi esencia.
Cuando bajé, el silencio se apoderó del grupo.
—Apareció la Sombra —murmuró alguien con respeto.
—Tráiganlo —ordené con voz gélida—. Es hora de estrenar la bodega.
Caminamos hacia la nueva instalación. Había colocado una cinta roja en la entrada, un toque de ironía para el horror que estaba por suceder. Saqué unas tijeras, corté la cinta bajo los aplausos de los chicos y abrimos las pesadas puertas metálicas. El olor a hierro y cemento fresco nos recibió.
—Esto parece un matadero de verdad —soltó el Tumba, impresionado por la pulcritud de las mesas de acero y las herramientas dispuestas.
Sentaron a Pedro en una silla reforzada en el centro. Él forcejeaba, gritando insultos ahogados por la venda. Cuando le quitaron la máscara, su rostro estaba congestionado por la ira.
—¡Malditos! ¡Los voy a matar a todos! ¡Sáquenme de aquí! —rugía, sin saber que sus gritos eran música para mis oídos.
—Grita todo lo que quieras, viejo, de aquí no sales —se burló el Tumba.
Caminé lentamente por la habitación, pasando mis dedos enguantados por el set de cuchillos, por las pinzas diseñadas para arrancar huesos y tendones... pero no, todavía no. Quería algo que durara. Agarré un juego de dardos de acero, probando su punta con el pulgar.
Me acerqué a él por la espalda, deslizándome como un fantasma hasta quedar a centímetros de su oído.
—Mírate, Pedrito... qué flaco estás —solté con una voz cargada de un veneno que él no pudo identificar.
—¿Quién eres tú? ¿Qué quieren de mí? —preguntó él, temblando por primera vez.
Solté una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad.
—Solo quiero jugar un rato contigo, Pedro. ¿Qué te parece?
—¡No te conozco! ¡Déjenme ir!
—Qué inútil eres... —le susurré, mientras clavaba el primer dardo en la madera de la silla, justo al lado de su cuello—. Tranquilo. Muy pronto te vas a acordar de mí. Cada golpe, cada encierro, cada lágrima de mi madre... te los voy a devolver con intereses.