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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 15

​La limusina blindada se detuvo frente a la imponente estructura de los Valerius con la precisión de un verdugo. La mansión, una fortaleza de cristal negro y piedra volcánica, se alzaba contra el cielo nocturno como un monumento a la arrogancia de Alan. Las luces exteriores, blancas y frías, diseccionaban la oscuridad, bañando el camino de entrada con una claridad clínica.

​El silencio dentro del vehículo era una criatura viva. Madelyn observaba a través del cristal reforzado, sintiendo cómo el peso del anillo en su dedo se volvía cada vez más real. A su lado, Alan permanecía inmóvil, con la mirada fija en el frente. El aroma de su perfume, mezclado con el rastro de pólvora que aún flotaba en sus ropas tras el incidente de la recepción, creaba una atmósfera de tensión eléctrica.

​Cuando Elías abrió la puerta, el aire frío de la madrugada golpeó el rostro de Madelyn. Ella se dispuso a bajar por su cuenta, con la barbilla en alto y la falda de seda recogida en una mano, pero antes de que sus pies tocaran el asfalto, una mano de hierro la detuvo.

​—Es una tradición, Madelyn —dijo Alan. Su voz era un susurro bajo, cargado de una autoridad que no admitía réplica.

​—Las tradiciones son para los que creen en los cuentos de hadas, Alan. Yo creo en la autonomía —replicó ella, intentando zafarse.

​Alan no respondió con palabras. Con un movimiento fluido y devastadoramente fuerte, la tomó por la cintura y las rodillas, levantándola en vilo. Madelyn se tensó instantáneamente, sus manos buscando apoyo en los hombros de él, no por afecto, sino por instinto de equilibrio. El contacto fue una colisión de voluntades. Ella podía sentir la dureza del músculo de Alan bajo el esmoquin, una fuerza que parecía no tener límites.

​Él no la cargaba con la ternura de un recién casado; la cargaba como un general que transporta un botín de guerra capturado en el campo de batalla. Sus ojos se clavaron en los de ella mientras caminaba hacia la entrada principal. Había una posesividad en su mirada que rozaba la locura, un brillo que decía claramente: Finalmente estás dentro de mis muros.

​—Suéltame —siseó Madelyn, y sus uñas se hundieron en el cuello de Alan, buscando la piel sensible sobre la nuca.

​—Bienvenida a casa, Madelyn Valerius —sentenció él, ignorando el dolor con una sonrisa gélida.

​Cruzaron el umbral. El sonido de los tacones de Alan contra el suelo de mármol del vestíbulo resonó como disparos en una catedral vacía. El espacio era vasto, frío y perfectamente ordenado. Cada mueble, cada sombra, parecía haber sido colocada por la mano de un hombre que odiaba el azar.

​Alan la depositó en el centro del vestíbulo, pero no la soltó de inmediato. Mantuvo sus manos firmes sobre la cintura de ella, obligándola a mantener la cercanía, a respirar su aire, a reconocer que el territorio ahora le pertenecía a él.

​—Mira a tu alrededor —dijo Alan, su voz reverberando en las paredes desnudas—. Este es tu nuevo mundo. Aquí, el ruido de afuera no existe. Aquí, solo existe mi orden. Y ahora que has cruzado esta puerta, el contrato ha dejado de ser un papel para convertirse en tu realidad.

​Madelyn sintió una náusea de rabia subiendo por su garganta. Se enderezó, apartando las manos de Alan con un gesto brusco. El zafiro en su cuello brilló bajo las luces halógenas, una marca azul que parecía quemar su piel. Se lamió los labios, saboreando el rastro de adrenalina y desprecio.

​—Tu orden es una prisión con mejor iluminación, Alan —escupió ella, y su voz sonó más letal que cualquier amenaza previa—. Crees que cargarme por este umbral te da el derecho de posesión. Crees que porque estas paredes son tuyas, mi voluntad también lo es.

​Se acercó a él, invadiendo su espacio hasta que sus pechos casi se tocaron. La diferencia de altura era evidente, pero Madelyn nunca se había sentido más grande.

​—Intenta domarme entre estas cuatro paredes y verás qué rápido se convierte tu santuario en un matadero —le desafió, sus ojos encendidos por un fuego que Alan no podía apagar—. He sobrevivido a hombres mucho más peligrosos que tú, hombres que no necesitaban esconderse tras algoritmos y escoltas. Si crees que voy a ser la esposa silenciosa que decora tus cenas, es que todavía no has entendido nada de la sangre que corre por mis venas.

​Alan la observó en silencio. La fascinación que sentía por ella estaba mutando en algo más profundo, una obsesión que lo impulsaba a querer romperla solo para ver cómo se reconstruía. Estiró la mano y le acarició la mejilla, rozando la pequeña herida del ataque.

​—Ese es el problema, Madelyn —susurró él—. He entendido exactamente quién eres. Por eso te quiero aquí. El mundo es demasiado pequeño para que dos monstruos como nosotros caminemos por separado.

​—No somos iguales —replicó ella, apartando su cara del contacto—. Tú matas por orden. Yo mato por necesidad. Tú buscas el control; yo busco el fin.

​Madelyn dio un paso atrás, observando el vasto y frío vestíbulo. Se dio cuenta de que Alan no había puesto flores, ni fotos, ni nada que indicara que alguien vivía allí. Era una oficina de lujo disfrazada de mansión.

​—¿Dónde está mi habitación? —preguntó ella, recuperando su máscara de frialdad—. Porque si crees que después de este despliegue de dominio voy a compartir tu cama esta noche, vas a necesitar muchos más sedantes de los que tienes en tu botiquín.

​Alan soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que la inquietó más que su silencio.

​—La habitación principal está arriba, al final del pasillo. Y como te dije en mi oficina, Madelyn: dormiremos en la misma cama. No por romance, sino porque no voy a dejar que la pieza más valiosa y peligrosa de mi tablero pase la noche fuera de mi vista.

​—Entonces espero que tengas buen sueño —respondió ella, dándose la vuelta y empezando a subir las escaleras de mármol—. Porque a partir de hoy, cada noche que cierres los ojos será una oportunidad que no pienso desperdiciar.

​Alan se quedó en el vestíbulo, observándola subir. El velo de su vestido de novia se arrastraba por los peldaños como la cola de una serpiente plateada. El punto azul en su pantalla mental —y en su tableta— le indicaba que el activo estaba en movimiento, pero por primera vez, Alan sintió que el control era una cuerda demasiado tensa que estaba a punto de romperse.

​La había cargado al entrar, había marcado su territorio, pero el desafío que ella le había escupido seguía ardiendo en su mente. No era sumisión lo que había conseguido, sino una declaración formal de guerra dentro de su propia fortaleza.

​—Que así sea, Madelyn —susurró Alan al aire vacío—. Que empiece la primera noche de nuestro infierno compartido.

​Alan apagó las luces del vestíbulo con un comando de voz, dejando que la mansión se sumergiera en una penumbra azulada. Subió las escaleras con paso firme, sintiendo el peso del anillo en su propia mano. La llegada a casa no había sido un final, sino el inicio de la cacería más peligrosa de su vida. Y mientras caminaba hacia el dormitorio donde Madelyn lo esperaba con los colmillos fuera, Alan Valerius admitió, por fin, que nunca se había sentido tan vivo como ahora que su imperio estaba en peligro de arder por la voluntad de una sola mujer.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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