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El Papá De Mi Alumno

El Papá De Mi Alumno

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: liligacaño

Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un

NovelToon tiene autorización de liligacaño para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — Lo que ya no podían esconder

La grabación terminó casi a las siete de la noche.

María José estaba agotada.

Las luces del estudio, las cámaras, las repeticiones infinitas y las sonrisas forzadas normalmente no le molestaban. De hecho, disfrutaba ese mundo. Le gustaba sentirse segura frente al lente, sentir que controlaba algo.

Pero esa tarde había sido imposible concentrarse.

Porque Alejandro seguía apareciendo en su cabeza una y otra vez.

Su mirada en la entrada del colegio.

Sus mensajes.

Sus celos.

“Ese es exactamente el problema.”

Todavía podía sentir el efecto de esas palabras recorriéndole el cuerpo.

—Majo, ¿sí estás aquí o te nos fuiste mentalmente? —preguntó Esteban riéndose mientras se sentaba a su lado.

Ella reaccionó de inmediato.

—Perdón. Estoy cansada.

—Ajá… cansada.

Él la observó divertido mientras tomaba una botella de agua.

—Nunca te distraes así en una campaña.

María José evitó mirarlo directamente.

—Todos tenemos días malos.

—O hombres complicados.

Ella soltó un suspiro.

—No voy a hablar de eso contigo.

—Entonces sí hay algo.

—Esteban…

Él levantó las manos en rendición.

—Está bien. Pero te conozco hace años, Majo. Y esa cara tuya no es de estrés laboral.

María José apretó los labios.

Tal vez el problema era justamente ese.

Que ya ni siquiera podía disimular.

Porque todo el mundo parecía darse cuenta menos ella.

O quizá sí lo sabía…

y solo estaba intentando negarlo.

Su celular vibró sobre la mesa.

Automáticamente lo tomó.

Y el corazón le dio un salto.

Alejandro.

“¿Ya terminó tu grabación?”

Se quedó mirando la pantalla varios segundos.

Demasiados.

Esteban sonrió apenas al notar su reacción.

—Definitivamente es él.

—Cállate.

Pero estaba sonriendo.

Y eso solo empeoró las cosas.

Respondió rápido antes de arrepentirse.

“Sí. Acabamos de terminar.”

La respuesta llegó casi inmediata.

“¿Estás bien?”

Dios.

¿Por qué una pregunta tan simple lograba afectarla tanto?

“Sí. ¿Por qué?”

Pasaron unos segundos.

“Porque llevas todo el día en mi cabeza y eso normalmente significa problemas.”

María José sintió un calor inmediato subirle al rostro.

—¿Ves? —dijo Esteban señalándola—. Esa sonrisa no es normal.

Ella bloqueó el celular enseguida.

—Te odio.

—No me odias. Solo estás enamorándote.

El corazón le dio un golpe tan fuerte que tuvo que apartar la mirada.

Porque escuchar esas palabras en voz alta daba miedo.

Mucho miedo.

Alejandro estaba sentado en la oficina de la empresa intentando trabajar.

Intentando.

Porque llevaba más de veinte minutos mirando el mismo documento sin leer una sola palabra.

Su mente seguía atrapada en María José.

Y eso comenzaba a desesperarlo.

Hacía años que ninguna mujer lograba desordenarle la cabeza de esa manera. Es más es que ninguna le había desordenado la cabeza así ni su difunta esposa Laura .

Pero ella aparecía y todo el autocontrol que había construido empezaba a romperse poco a poco.

Escuchó que tocaban la puerta.

—Pase.

José Luis entró tranquilamente.

—¿Sigues aquí?

—Sí.

Su amigo lo observó unos segundos antes de sentarse frente a él.

—Tienes cara de estar sufriendo.

Alejandro soltó una risa seca.

—Tal vez lo estoy.

José Luis levantó una ceja.

—Definitivamente es grave.

Hubo silencio unos segundos.

Y después Alejandro habló.

—Creo que me estoy enamorando.

José Luis abrió los ojos sorprendido.

—Mierda.

—Sí.

—No pensé escucharte decir eso otra vez en esta vida.

Alejandro apoyó la cabeza contra el asiento cansado.

—Yo tampoco.

José luis lo estudió con atención.

—¿Es la profesora de Samuel?

Alejandro levantó la mirada inmediatamente.

—¿Tan evidente es?

—Hermano… hablas de ella como si fuera la octava maravilla del mundo.

Alejandro pasó una mano por su rostro frustrado.

—Esto no debería estar pasando.

—¿Por qué?

Él soltó una risa irónica.

—Es la profesora de mi hijo, José Luis .

—Y también es una mujer soltera y adulta.

—No entiendes.

—No. El que no entiende eres tú.

Alejandro frunció el ceño.

José Luis suspiró antes de continuar.

—Desde que Laura murió no habías mirado a nadie. Absolutamente a nadie.

El nombre de su esposa fallecida provocó ese vacío habitual en el pecho.

Todavía dolía.

Aunque menos que antes.

Mucho menos.

Y eso también le generaba culpa.

José Luis lo observó con calma.

—No estás traicionando a Laura por volver a sentir algo.

Alejandro bajó la mirada.

Porque exactamente ese era el problema.

Parte de él sentía que sí lo hacía.

Como si permitirse amar otra vez fuera incorrecto.

Como si avanzar significara olvidar.

Y jamás olvidaría a Laura.

Nunca.

Pero María José…

María José estaba despertando partes de él que creía muertas.

Y eso era aterrador.

Esa noche María José llegó a su apartamento más sensible de lo normal.

Se quitó los tacones apenas entró y caminó descalza hasta la cocina.

Necesitaba despejarse.

Pero era imposible.

Porque seguía pensando en Alejandro.

En sus ojos.

En su voz.

En cómo parecía perder la calma cuando otro hombre se acercaba a ella.

Y, sinceramente…

le encantaba.

Dejó el celular sobre la mesa intentando ignorarlo.

Duró exactamente tres minutos.

Cuando volvió a desbloquearlo encontró un nuevo mensaje.

Alejandro.

“¿Llegaste bien?”

Cerró los ojos un instante.

Eso ya estaba empezando a sentirse demasiado íntimo.

Como una costumbre.

Como algo de pareja.

Y eso era peligrosísimo.

“Sí.”

Los tres puntos aparecieron enseguida.

“Perfecto.”

Sonrió involuntariamente.

Y después de unos segundos escribió:

“¿Siempre es tan intenso?”

La respuesta tardó un poco más esta vez.

“Solo cuando alguien me importa.”

El corazón empezó a latirle tan fuerte que tuvo que sentarse.

Porque Alejandro jamás decía las cosas a medias.

Y ella entendía perfectamente lo que estaba insinuando.

Mordió su labio nerviosa.

“No debería decirme esas cosas.”

“Lo sé.”

“Entonces deje de hacerlo.”

Pasaron varios segundos.

Y luego apareció el mensaje que terminó destruyéndole la poca estabilidad emocional que le quedaba.

“No quiero.”

María José dejó caer el celular sobre el sofá.

Dios mío.

Ese hombre iba a volverla completamente loca.

Al día siguiente intentó mantenerse distante.

De verdad lo intentó.

Pero Alejandro parecía decidido a complicarle la existencia.

Porque cada vez que iba al salón por Samuel encontraba una excusa nueva para quedarse hablando con ella.

Y cada conversación empeoraba todo.

—Samuel dice que usted canta horrible —comentó ella divertida mientras acomodaba unos cuadernos.

Alejandro soltó una risa.

—Mi hijo es un traidor.

—¿Entonces sí canta horrible?

—Peor de lo que imagina.

Ella se rio bajito.

Y él se quedó observándola demasiado tiempo.

Otra vez.

María José sintió inmediatamente el cambio en el ambiente.

Porque Alejandro tenía esa manera de mirarla que hacía que todo alrededor desapareciera.

—¿Qué? —preguntó nerviosa.

Él tardó unos segundos en responder.

—Nada.

Mentira.

Claramente no era nada.

Y los dos lo sabían.

Samuel seguía dibujando tranquilo en una mesa sin prestarles atención.

Alejandro volvió a mirarla.

—¿Va a salir hoy con el modelo?

María José abrió los ojos sorprendida.

Y luego soltó una pequeña risa.

—¿Otra vez celoso?

—No estoy celoso.

Ella levantó una ceja.

—Claro.

Él se acercó apenas un poco más.

Lo suficiente para alterar completamente su respiración.

—¿Va a salir con él?

El corazón empezó a latirle peligrosamente rápido.

—No.

Alejandro sostuvo su mirada unos segundos.

Y después asintió despacio.

Como si esa respuesta realmente le importara.

Demasiado.

María José tragó saliva.

—Definitivamente sí está celoso.

Él soltó una risa baja.

Pero esta vez no negó nada.

Y sinceramente…

eso fue muchísimo peor.

Esa noche llovió intensamente en Medellín.

María José estaba terminando de organizar actividades cuando escuchó truenos afuera.

La mayoría de profesores ya se había ido.

Ella revisó la hora.

7:40 p.m.

—Perfecto —murmuró.

Tomó sus cosas rápidamente y salió del salón.

Pero apenas llegó al estacionamiento se detuvo en seco.

Porque una llanta de su moto estaba completamente desinflada.

—No puede ser…

Se pasó una mano por el rostro frustrada.

Lo último que necesitaba era quedarse atrapada bajo la lluvia.

Sacó el celular intentando pedir ayuda.

Pero antes de marcar escuchó una voz detrás de ella.

—¿Problemas?

Su cuerpo entero reaccionó antes de girarse siquiera.

Alejandro.

Llevaba una camisa negra ligeramente mojada por la lluvia y las mangas dobladas hasta los antebrazos.

Y Dios santo…

ese hombre debería ser ilegal.

—¿Qué hace aquí? —preguntó nerviosa.

—Samuel olvidó su chaqueta.

Ella levantó la mirada sorprendida.

Y por un instante ambos quedaron quietos escuchando únicamente la lluvia.

Alejandro observó la llanta.

—Pinchada.

—Gracias por el diagnóstico.

Él soltó una pequeña risa.

—Déjeme ayudarla.

—No es necesario.

—María José.

El tono de su voz hizo que el corazón le temblara.

Porque había algo peligrosamente íntimo en la forma en que decía su nombre.

Ella suspiró finalmente.

—Está bien.

La lluvia comenzó a caer más fuerte mientras Alejandro se agachaba junto a la llanta.

María José lo observó desde bajo el techo sintiendo el corazón completamente desordenado.

Porque verlo así…

ayudándola sin siquiera dudar…

la afectaba más de lo que debería.

Muchísimo más.

Después de unos minutos Alejandro se levantó nuevamente.

Completamente empapado.

—Listo.

—Gracias.

Él caminó hacia ella lentamente.

Y el aire cambió otra vez.

Ese silencio entre ambos ya no era normal.

Era tensión.

Pura tensión.

María José levantó la mirada despacio.

Y Alejandro estaba demasiado cerca.

Podía sentir el aroma de su perfume mezclado con la lluvia.

Sentir su respiración.

Su corazón empezó a latir tan fuerte que dolía.

—Alejandro…

Él sostuvo su mirada unos segundos eternos.

Como si estuviera luchando consigo mismo.

Y después habló bajito.

—Dime que esto también te está pasando a ti.

El mundo pareció detenerse.

Porque esa voz…

esa mirada…

la manera en que la estaba observando…

ya no dejaban espacio para mentiras.

María José sintió la respiración temblarle.

Porque sí.

Claro que le estaba pasando.

Cada segundo.

Cada mensaje.

Cada mirada.

Todo.

Pero admitirlo hacía que esto se volviera real.

Y real significaba peligro.

—Esto está mal… —susurró apenas.

Alejandro dio un paso más hacia ella.

—Lo sé.

—Entonces no deberíamos…

—Lo sé.

Pero ninguno se alejaba.

Ninguno podía hacerlo.

La lluvia seguía cayendo alrededor mientras el corazón de María José latía descontrolado.

Y entonces Alejandro levantó lentamente una mano.

Sus dedos rozaron apenas un mechón húmedo de su cabello.

Un gesto pequeño.

Suave.

Pero suficiente para incendiarle la piel completa.

María José cerró los ojos un segundo.

Perdida.

Completamente perdida.

Cuando volvió a abrirlos, Alejandro seguía mirándola igual.

Con esa intensidad capaz de destruirle toda la cordura.

Y entonces él habló otra vez.

Muy despacio.

Como si cada palabra le costara esfuerzo.

—Si no me detienes ahora… voy a besarte.

1
Maria Garcia
ay no vieja envidiosa que Alejandro la saqué de su casa y cuide amaría jose
Maria Garcia
Alejandro abre los ojos y cuída.y alluda amaría José te BA a necesitar y despide atu cuñada y suegra mandalas avolar
Maria Garcia
ayno pinche vieja de Valentina ojalá y todo le salga mal y Alejandro las saque de su casa
Rosana Ochoa
para leer la segunda parte por q lo cortas así como la busco
Maria Garcia
si que descubra aValentina y que se de cuenta que lo quiere separar de ella
Maria Garcia
si por fin están juntos
Maria Garcia
si que vien que se dejen de jugar
Maria Garcia
si que se balla de esa casa y viva aparte sin cuñada ni suegra que las mande avolar
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