Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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Fuego cruzado
El puerto olía a metal, lluvia y pólvora vieja.
Perfecto.
Las enormes grúas iluminaban la madrugada mientras las camionetas avanzaban lentamente entre contenedores apilados. Las luces industriales reflejaban sombras largas sobre el concreto mojado.
Nueva York nunca dormía.
Solo se volvía más peligrosa.
Pierce iba adelante revisando el movimiento de los hombres mientras yo descendía del vehículo.
Rachell salió detrás de mí.
Tacones negros.
Abrigo oscuro.
Cabello moviéndose con el viento frío del puerto.
Y aun así parecía perfectamente capaz de matar a cualquiera aquí.
—Romántico lugar —murmuró mirando alrededor.
—Intenté traerte flores.
Ella soltó una pequeña risa nasal.
—¿Siempre haces negocios en lugares tan miserables?
—Solo los importantes.
Comenzamos a caminar entre los contenedores mientras varios hombres se acercaban para entregarme información.
Uno de ellos me pasó una tableta.
—Dos cargamentos desaparecieron anoche.
Rachell tomó la tableta antes que yo.
Arrogante.
Impulsiva.
Molestamente inteligente.
—Interceptaron la ruta aquí —dijo ampliando el mapa—. Y aquí.
La observé.
Concentrada.
Fría.
Hermosa.
Maldita sea.
—¿Qué piensas? —pregunté.
Ella levantó apenas la mirada.
—Que tienes un infiltrado.
Pierce frunció el ceño.
—¿Tan rápido llegaste a eso?
—Nadie golpea dos rutas exactas sin información interna.
Volvió a revisar el mapa.
—Y el ataque fue demasiado limpio. Sin explosiones. Sin caos innecesario.
—Profesionales —dije.
—No. Inteligentes.
Eso me hizo mirarla unos segundos más.
Porque no estaba hablando por hablar.
Estaba analizando.
Calculando.
Como yo.
—¿Qué harías tú? —pregunté.
Rachell me devolvió la tableta.
—Mover rutas falsas primero.
Pierce la miró interesado.
Ella continuó caminando mientras hablaba.
—Haz que crean que tienen el control. Que intercepten un cargamento preparado para perderse.
—¿Y después?
—Encuentras quién entregó la información.
—¿Matándolo?
Ella sonrió apenas.
—Dependiendo de mi humor.
Pierce soltó una pequeña risa.
Yo no.
Porque estaba demasiado ocupado observándola.
Y por primera vez desde que la conocí...
No la vi como parte del plan.
Ni como una alianza.
Ni como la hija del hombre que destruyó mi apellido.
La vi como una persona.
Una mujer real.
Con inteligencia peligrosa.
Con disciplina.
Con cicatrices invisibles.
Con esa costumbre absurda de desafiarme incluso cuando debería apartarse.
Eso era un problema.
Uno enorme.
Seguimos avanzando hasta la zona principal del muelle.
Varios hombres revisaban contenedores mientras otros vigilaban desde arriba.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Rachell lo notó también.
—No me gusta el silencio —murmuró.
Pierce giró inmediatamente.
—¿Qué ves?
Ella recorrió lentamente el lugar con la mirada.
—Nada.
Eso hizo que yo también me tensara.
Porque Rachell Takahashi jamás decía "nada" sin razón.
Y entonces...
El primer disparo explotó.
Todo ocurrió rápido.
Demasiado rápido.
Uno de los hombres cayó muerto cerca de nosotros mientras los disparos comenzaban desde los contenedores superiores.
—¡CUBRANSE! —gritó Pierce.
Tomé a Rachell del brazo y la empujé detrás de una estructura metálica justo cuando otra ráfaga atravesó el lugar.
—Mierda —gruñí sacando mi arma.
Rachell ya estaba armada.
Claro que lo estaba.
—¿Siempre recibes visitas así? —preguntó mientras cargaba el arma.
—Solo cuando me extrañan.
Ella sonrió apenas.
Y luego salió disparando.
Precisa.
Rápida.
Letal.
Dos hombres cayeron antes de siquiera entender qué pasó.
La observé un segundo.
Y maldita sea.
Era hermosa peleando.
Peligrosamente hermosa.
Se movía como agua.
Rápida.
Fluida.
Cada disparo calculado.
Cada movimiento exacto.
Uno de los atacantes apareció demasiado cerca.
Rachell lo desarmó usando solo un giro brutal de muñeca antes de enterrarle una daga en el cuello.
Sangre.
Gritos.
Caos.
Ella ni siquiera respiró fuerte.
—¡A TU DERECHA! —gritó.
Giré disparando inmediatamente.
El hombre cayó.
Pierce estaba coordinando al resto mientras las balas seguían golpeando el metal alrededor.
—¡Nos están rodeando!
—Lo noté —gruñí.
Rachell apareció nuevamente a mi lado recargando el arma.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Son más de los que esperabas.
—Gracias por el análisis.
—De nada, idiota.
Disparé nuevamente mientras ella se movía delante de mí.
Un atacante intentó sorprenderla por atrás.
Lo vi antes que ella.
Lo maté primero.
Rachell giró apenas.
Nuestros ojos se encontraron.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Porque entendió exactamente lo que hice.
Y yo entendí que ella habría hecho lo mismo por mí.
Eso era todavía peor.
El tiroteo continuó brutalmente.
Explosiones.
Metal cayendo.
Gritos.
Y nosotros moviéndonos juntos entre el caos como si hubiéramos entrenado toda la vida.
Cubriéndonos.
Protegiéndonos.
Sin pensar demasiado.
Instinto puro.
Uno de los disparos golpeó cerca de Rachell y automáticamente tiré de ella contra mí antes de que el contenedor detrás explotara parcialmente.
Su cuerpo chocó contra el mío.
Fuerte.
Caliente.
Su respiración golpeó mi cuello.
Y por un instante...
Todo se volvió demasiado lento.
Sus manos aferradas a mi camisa.
Mi brazo rodeando su cintura.
Sus ojos negros clavados en los míos.
Cerca.
Demasiado cerca.
El mundo entero explotando alrededor...
Y aun así sintiendo solo esto.
Solo ella.
Mi mirada bajó apenas hacia sus labios.
Ella lo notó.
Lo sé porque dejó de respirar un segundo.
Maldita sea.
—Damien—
Otro disparo explotó cerca.
La realidad volvió violentamente.
Nos separamos al mismo tiempo.
Perfecto.
Porque eso estuvo demasiado cerca de convertirse en algo que no debía existir.
Rachell levantó nuevamente el arma.
—Después me miras así, Bloodworth.
Y volvió a disparar.
Yo solté una pequeña risa incrédula antes de seguir cubriéndole la espalda.
Pero algo ya había cambiado.
Y ambos lo sabíamos.