Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
NovelToon tiene autorización de thailyng nazaret bernal rangel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
2. Un capitán con corazón
...ALBERT:...
Después de fracasar como lord y ser una vergüenza para mi apellido, era de esperarse que me fuera pésimo en un viaje.
No debí ser capitán de barco.
Sabía que algo pasaría, de por si el viaje estuvo lleno de malas señales.
Una tormenta lo suficientemente fuerte para hundir mi barco, una fiebre que casi me mata lentamente, un ataque pirata, Eudora enamorándose del ayudante del rey en lugar de mí.
Lo último no me sorprendía, las mujeres siempre me evitaban, podían oler mi pasado irresponsable.
Yo, Albert Mercier siempre tenía la peor suerte.
Pero, esto ya era un karma escrito.
Una emboscada dentro de esas murallas del infierno, con un lunático que se creía tirano matando a nuestra flota hasta reducirnos a cinco, o mejor dicho seis, con el salvaje que resultó ser padre de Levi.
Aventaron nuestros traseros fuera de las murallas, a merced de salvajes hambrientos y de un frío que quemaba los huesos.
El rey tendría que pagarme más si sobrevivía a esto.
Eudora estaba inconsciente y Levi la cargaba en brazos.
— Estamos muertos — Jadeé llevándome una mano a la cabeza.
— La ventaja es que estamos entre las trampas y no se atreverán a cruzar — Dijo Marlon, mi vigía — ¿O si?
Los salvajes estaban a distancia, pero no lo suficientemente lejos.
No podíamos movernos, los alrededores de la muralla tenían trampas, pero quedarse no era opción.
— Mejor preocúpate de que no sea un grupo pequeño.
El salvaje se quedó alerta y señaló a los salvajes.
Estreché mis ojos, tenían arcos.
Pensé que tendríamos la suerte de que no tuvieran armas.
— ¡Al suelo! — Gritó Levi cuando dispararon.
Nos agachamos.
Las flechas se encajaron en los orificios de las murallas.
— ¿Nos están ayudando? — Pregunté, como un tono, al notar que de ahí salían las flechas que las trampas activaban.
— No lo creo, corran.
— Si corremos, las demás trampas que siguen activadas nos van a derribar.
— ¡Corran hacia ellos, luego nos debíamos, rápido, antes de que se aproximen! — Gritó Levi.
Empezamos a correr hacia los salvajes.
Ellos corrieron hacia nosotros.
Mierda, mis piernas dolían.
Cuando estuvimos lejos del campo de trampas, nos desviamos.
Los salvajes se quedaron un poco desconcertados, pero aún así no dejaron de seguirnos.
La nieve era espesa, imposibilitaba ir rápido.
El salvaje saltó al borde de una colina.
No me importaba si moría, prefería romperme el cuello que me arrancaran la piel, salí rodando por el barranco.
Habían unas piedras enormes al final, el salvaje se metió tras ellas.
Me agaché al verlo hacer lo mismo, el resto también se agachó.
Un simple barranco no los detendrían, escuché como se lanzaban para alcanzarnos.
Levi no dejaba de observar por el borde, supe que estaban muy cerca cuando dejó de hacerlo.
Gruñían y decían palabras extrañas y cortas.
Estaban gruñendo.
Era el fin, morir en la nieve era mi destino.
¿Rezar servía de algo?
Obtuve la respuesta cuando una salvaje apareció frente a nosotros.
Su vestimentas eran de piel de búfalo y lobo, incluso usaba una cabeza de lobo como gorro.
Su cabello castaño estaba enmarañado y lleno de nieve, tenía los ojos furiosos, de un azul profundo, las mejillas rojas al igual que la nariz, sus labios pálidos.
Su rostro era felino.
Apuntó su lanza hacia nosotros.
— Mermed (Mueran)
Saltó por las rocas y me desconcertó.
Iba a atacar a los demás.
Corrimos lejos de las rocas.
Observé hacia atrás.
La mujer atacó a varios de los salvajes, utilizando su lanza para atravesar sus cabezas.
Los dejamos atrás.
Logramos alejarnos por el momento, hallando más dunas de hielo y montañas lejanas.
Me dejé caer en la nieve, jadeando para descansar al igual que el resto.
Me percaté de que esa salvaje era la misma que observamos cerca de la muralla cuando el príncipe lunático Oraham nos dió un tour por el lugar.
— Esa salvaje... ¿Por qué atacó a esos otros? — Pregunté, con duda.
— Debe ser de otra tribu, tal vez los atacó por venganza — Dijo Levi, jadeando por llevar a Eudora en brazos — La lucha entre tribus, grupos y clanes es normal.
El salvaje padre de Levi susurró algo que sonaba como un cantico antiguo.
— De la que nos libramos — Suspiró Dilan.
— Parece ser la misma salvaje que vimos cerca de la muralla — Comenté — ¿Y esos otros salvajes? ¿Por qué atacaron las trampas?
— Tal vez querían entrar, están harto de esos malditos de las murallas, tanto como nosotros.
— Son caníbales, se comen a los salvajes — Dijo Eudora y sentí náuseas.
— Eudora.
Se incorporó un poco, tocandose la cabeza.
— ¿Estás bien? — Levi tocó su mejilla.
Mierda, jamás sentí tanta envidia.
Ella lo evaluó.
— Levi.
— ¿Cuándo despertaste?
— Hace unos segundos... ¿Dónde estamos? — Observó a su alrededor.
— Afuera de las murallas, fuimos echados a morir aquí.
— Suerte que te perdiste el ataque que acabamos de recibir — Dije,
— ¿Dónde están los demás? — Eudora observó que solo habíamos cinco hombres.
Me tensé, la responsabilidad no era solo de Levi, yo era el capitán, tenía que haber cuidado de mis hombres.
— Muertos — Susurró.
— Traté de evitar el ataque, pero los lobos obedecen a los hombres del rey — Dijo, con lágrimas en los ojos.
— No llores, esto no es tu culpa, es mía.
— No... Hicimos lo correcto, esa gente es horrible — Jadeó, temblando — No se alimentan de lobos, si no de salvajes que capturan o caen en las trampas.
Volví a sentir náuseas y arcadas al recordar la comida.
— Lo siento... La carne que comimos...
— Era de lobo, estoy seguro de eso — Dijo, Levi calmado — Conozco la carne humana y se como luce.
Parecía estar diciendo la verdad.
— Gracias al cielo — Suspiré, aunque aún estaba impactado — Eso significa que tú si comiste.
Todos se levantaron.
— Debemos seguir, el frío hará de las suyas en ustedes.
El muy maldito parecía inmune al frío, claro, siendo un hijo de salvaje.
Eudora iba a levantarse.
— No, yo te llevaré.
— Estoy bien, bájame.
Desvié mi atención cuando las cosas se pusieron íntimas.
Marchamos, el frío empezó a hacer de las suyas. Levi planeaba llevarnos por una cueva que daba a la costa, las murallas cubrían kilómetros de playa así que no había salida, pero según él había un atajo.
Yo soltaba una tos por el frío, mis pulmones se estaban debilitando y no era el único. Los temblores eran lo peor, el cuerpo parecía querer quedarse tieso.
Incluso el salvaje estaba sintiendo las consecuencias, su ropas viejas y roidas no hacían mucho para contrarrestar el frío.
— No volveré a pisar Polemia en lo que resta de mi vida — Juró Dilan.
— Solo tenemos que llegar a la playa, estoy seguro de que estamos cerca.
Unos gruñidos nos hicieron observar hacia atrás.
Oh, no.
Los salvajes restantes corrieron hacia nosotros.
— Mierda, otra vez no.
Empezamos a correr.
— ¡Bajame, no puedes correr bien! — Gritó Eudora a Levi.
— No voy a dejar que te atrapen, se lo que le hacen a las mujeres de otras tribus, te harán lo mismo a ti.
— ¿Le harían algo a la salvaje? — Pregunté sin poder evitarlo.
Los cinco salvajes que quedaban se aproximaron más.
Vaya, ella hizo bastante, matar a tantos debió ser una gran hazaña.
Nos rodearon y amenazaron con sus lanzas, gruñendo, amenazando, moviéndose de un lado a otro.
El padre de Levi también gruñó, retando.
Los salvajes se enfurecieron más al comprender que nos defendía.
Eudora bajó de Levi.
Las puntas afiladas estaban cerca de nosotros.
Ella volvió, corriendo enérgicamente, con su cabello ondeando al viento y su lanza en alto, saltando.
Atacó a los salvajes.
Dos la rodearon.
Con tres era pan comido.
Los cinco nos acercamos, Levi tomó una lanza.
Uno de los salvajes intentó acercarse, pero lo golpeé en el rostro.
Dilan y Osmar también atacaron.
Los salvajes no se detuvieron, volvieron a levantarse, gruñendo.
Levi lució como lo que era, un salvaje, sosteniendo la lanza que arrebató.
Decidieron huir después de terminar desarmados.
La salvaje gruñía ante los que la sometían, lograron darle con la lanza en el costado.
— Hay que ayudarla — Dije, sin poder evitarlo.
— No, debemos aprovechar de huir — Gruñó Levi.
No parecía un salvaje, no quería ayudar a su gente.
— Tenemos que ayudarla — Gruñó Eudora.
Le dolía, pero la furia era más fuerte, nos observaba con amenaza.
— Más salvajes, no gracias — Gruñó Dilan.
— Debemos movernos, no podemos esperar que vuelvan esos salvajes con más de ellos y tampoco podemos esperar la noche — Dijo Levi, alejándose, su padre le siguió.
Maldito, él si pudo rescatar a su padre arriesgando toda la tripulación.
— Nos ayudó — Dije, sin moverse.
— No, no lo hizo, solo estaba atacando a los otros salvajes — Gruñó Levi, lanzando una mirada de reojo hacia mí — ¿Crees qué se dejará ayudar? Atacará en la menor oportunidad.
— Aún así fue de ayuda con esos salvajes — Gruñí, no iba a ser tan inhumano, no de nuevo.
Tenía muchas malas acciones con las que cargar como para sumarle más.
— Solo es porque andas desesperado por una mujer.
Infeliz, él no podía entenderlo.
— Eso no es cierto, es inhumano dejarla aquí a morir — Me intenté acercar a ella — Aunque sea una salvaje, debemos ayudarla.
— Albert tiene razón — Gruñó Eudora, lanzando una mirada a Levi.
Bien, con eso podría recapacitar el infeliz.
— Eudora.
— No podemos arriesgarnos — Dijo Marlon — Es peligroso.
— El padre de Levi no nos a atacado — Osmar estaba de acuerdo.
— Es solo porque su hijo le está haciendo de intermediario, si no estuviera aquí ya seríamos su cena.
El padre de Levi empezó a decir palabras en su idioma, observando a la salvaje. Me sonaba más como gruñidos y balbuceos.
— ¿Qué dice? — Exigí.
— Dice que es una rebelde, que una mujer no debe estar afuera, cazando, que eso le corresponde a los hombres, que su lugar es en la tribu, cocinando, criando niños, haciendo la ropa y que obtuvo su merecido por eso — Dijo Levi, ya veía de donde salía tanta insensibilidad.
— Dile que fue de ayuda con esos salvajes — Dije y levi observó a su padre, traduciendo.
El padre de Levi me observó, haciendo señas, por un momento pensé que pediría que fuera empalado con una lanza.
— Dice que tendrás que cargar con ella si la ayudas.
Me quedé un momento en silencio.
— Lo haré.
— Si es que se deja tocar — Levi tensó sus hombros.
Me aproximé con cuidado, cuando estuve cerca ella me gruñó y guió sus uñas a mi rostro, me aparté antes de que me dejara una marca.
— Tranquila — Elevé mis manos — No te haré daño.
Ella intentó moverse, pero la herida hizo de las suyas, haciendo que soltara un gemido de dolor.
Eudora se aproximó.
— Tranquila — Dijo, alzando mis manos — Levi, dile que solo queremos ayudarle.
Levi hizo lo que le pedí, diciendo solo tres palabras.
La salvaje lo evaluó, confundida por su apariencia, pero al ver los tatuajes que sobresalían de la camisa ropa, respondió con una palabra que sonó como un gruñido animal.
— Dice que la dejen morir.
— No, puede salvarse — Insistí.
Levi volvió a comunicarse con la salvaje, con señas.
Ella negó con la cabeza y habló.
— Dice que no tiene a nadie, que su tribu fue masacrada por otra tribu a la que pertenecen los hombres que nos atacaron, así que no tiene sentido seguir viviendo para ella, su gente fue asesinada, violada y masacrada.
El padre de Levi también habló, recogiendo una de las lanzas de los salvajes.
— Quesac comenta que hizo bien al tratar de vengar a su gente, que no es una rebelde y que no debe dejarse morir solo porque no le queda nada — Dijo él, por lo menos apeló a su favor — Nuestra tribu fue masacrada también, solo quedamos Merlla y yo, nada más, no por eso debemos echarnos a morir, ellos han recibido la gloria de los dioses.
La salvaje sopesó las palabras de Quesac.
Soltó la lanza.
— Dilan, ayúdame, registra a la mujer — Ordené a mi hombre, sabía como curar heridas.
Dilan no parecía convencido, pero se aproximó, alzando las manos.
La mujer gruñó, queriendo atacar, pero le dejó abrir su abrigo para ver su costado.
— Es una herida superficial, pero debe ser suturada o perderá mucha sangre.
— En el barco podemos suturar — Comentó Albert.
— ¿Planeas llevarla al barco? — Gruñó Dilan, como si me hubiese vuelto loco.
— No tiene a nadie, es mejor que vaya con nosotros.
— ¿Por qué? — Preguntó Marlon — ¿En qué sería útil?
Ni yo lo sabía, solo quería hacerlo como una forma de redimirme.
— Necesitamos gente para el barco, perdimos a más de la mitad.
— Ella no será adecuada, no sabe ni lo que es un barco — Insistió Dilan.
— Soy el capitán, si yo decido que viene con nosotros, lo hará — Siseé, enojado.
— Se ha enamorado tan rápido — Se burló Osmar.
Me tensé.
— No... No es eso, solo la podremos ayudar hasta que este en el barco — Gruñí, impaciente.
— La ayudaremos — Concordó Eudora — Es un ser humano.
— Será de tu responsabilidad y como eres, dudo mucho que puedas mantenerla controlada si se vuelva arisca en pleno océano — Dijo Levi.
Maldito, odiaba que se creyera tan perfecto.
Arranqué la manga de su camisa, se la tendí a Dilan para que la usara para mantener cubierta la herida.
Después, volvió a cerrar su traje.
— ¿Crees qué quiera ir al barco? — Preguntó él — Es una salvaje, Albert, no tiene razonamiento.
— Si lo tiene, no hubiese vengado a su gente de no tener conciencia.
— No digo eso, pero ella no conoce nada de nuestro mundo y si la llevamos a Floris, podría causar pánico su forma de ser, no queremos que el Rey Adrian acepte unirse a los locos de la muralla, lo hará si la ve — Dijo él, alejándose.
Eso lo vería después.
Intenté ayudar a levantar a la salvaje, pero ella lanzó sus dedos hacia mi rostro, nuevamente.
Me alejé de nuevo, alzando las manos.
Eudora se aproximó, tal vez ella podía hacerla dócil, siendo mujeres, a pesar de no hablar el mismo idioma podían entenderse más entre si.
— Tranquila, ayudará — Me señaló.
Ella se quedó quieta, evaluando si atacarnos o no.
Intentó levantarse, pero no pudo, el dolor parecía persistente.
No solo en su costado.
Observó su pierna.
— También está herida en la pierna.
Me acerqué.
Había una astilla enorme en su pantorrilla, la saqué rápidamente.
La salvaje gritó, queriendo atacarme, pero perdió la conciencia por el dolor.
Era toda una fiera.
Volví a arrancar otro pedazo de tela y rodeé su pierna con ella, cubriendo la herida.
La alcé en mis brazos, pesaba más de lo que imaginé.
Olía a pinos y dormida parecía una inocente criatura.
Albert Mercier:
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste