Victoria Pérez descubre un secreto íntimo y peligroso de su jefa, Christina Jonas. Una verdad capaz de destruir la imagen impecable de una mujer con un matrimonio perfecto… y de abrirle a una simple empleada la puerta a un sueño que siempre le fue negado.
Convencida de tener el control, Victoria decide usar ese secreto para avanzar. Pero la extorsión se vuelve contra ella cuando el poder cambia de manos y el precio deja de pagarse con silencio o ambición, para exigirse en obediencia y entrega.
¿Qué sucede cuando los límites morales se quiebran y el cuerpo se convierte en moneda de cambio? A veces, la verdadera trampa no es la obligación… sino el deseo que despierta.
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CHRISTINA JONAS
NARRADOR
Christina Jonas, a sus 35 años se vistió aquella mañana con cuidado, tal como cada día. Había visto el lado vacío en su cama sin interés. Su esposo no estaba, siempre se despertaba primero.
Al llegar a la cocina una empleada usando el informe de servicio en color blanco y negro le sirvió el desayuno en silencio. No le gustaba que nadie le dirigiera la palabra por la mañana. Necesitaba varios minutos para revisar la agenda en su teléfono y también para leer varios correos que no tenían nada que ver con su trabajo.
Su matrimonio no era ni bueno ni malo. Se había casado hacía cinco años con un hombre guapo y adinerado. Su unión con Trevor Montalvo le había dado mayor reconocimiento y había incrementado la popularidad de su empresa. Él también había obtenido beneficios. Dos personalidades fuertes, poderosas y de buenas familias se habían unido creando una alianza perfecta y productiva.
El noviazgo entre los dos había sido breve. Solamente ella notó que no tenían mucho en común cuando llevaban seis meses de matrimonio.
Ni Trevor ni Christina hablaron de sus diferencias. No hacía falta. La convivencia era buena, casi escasa por sus apretadas agendas. En los compromisos sociales proyectaban poder y romanticismo, uno que no existía tal como el entendimiento.
Las preocupaciones del día a día para los dos eran sobre obtener más dinero, mejores contratos, mayores clientes. Rápidamente, sus rutinas, su adicción al trabajo y a las grandes ganancias los habían absorbido por completo.
La intimidad entre los dos no era mala, todo lo contrario. No había amor allí, solo una rutina de desahogo, una práctica pactada previamente, una obligación normal que llegaba con el matrimonio.
Los dos tenían gustos diferentes que no podían complementarse sin romper su rutina ni poner en peligro su unión y su imagen pública.
Trevor tenía gustos peculiares que su esposa no soportaba. No quería formar parte de ello. Ella, tenía sus propios intereses y gustos diferentes en los que el dinero no tenía poder.
Por el momento no habían existido escándalos de ningún tipo. Todo aquel que los veía suspiraba con envidia. Ella tenía un hombre guapo a su lado, rico y caballeroso. Él tenía a una mujer inalcanzable, educada, refinada y trabajadora de su brazo.
La dinámica del matrimonio y la rutina de la pareja estaba en peligro, aunque ninguno de los dos lo sabía.
Aquella mañana de viernes, Christina fue a su empresa. Quien la veía se apartaba de su camino reconociendo su valor y su poder. Le gustaba ser consciente del respeto que provocaba en los demás y la reacción de todos ante ello.
Ella observó con superioridad a todo aquel que casualmente se cruzaba en su camino y al entrar a su elevador privado que la llevaba a su oficina contempló su imagen. Su cabello prolijamente peinado, el vestido color crema que demostraba su belleza inalcanzable y su maquillaje sobrio y elegante.
Entró a su oficina quitándose el costoso abrigo y dejando su bolso de manera descuidada sobre su escritorio. Su secretaria, tan eficiente como temerosa acomodó aquellas pertenencias con cuidado, tal como si valieran más que su propia vida y esperó órdenes.
-Avísame cuando Mark Block llegue. No me pases llamadas antes. Necesito una aspirina y agua mineral Manantial, no quiero otra imitación barata- La secretaria salió de la oficina en silencio. Nuevamente su jefa tenía migraña y sabía que cualquier sonido alteraría su frágil tranquilidad
La empleada entró a la oficina en silencio y cumplió lo ordenado antes de retirarse tan sigilosamente como había entrado.
Después de tomar su analgésico, Christina se sintió más recompuesta para comenzar ese día agotador. Su esposo le aviso que no la vería para almorzar. Él tenía una nueva reunión de negocios. Lo agradeció, su día era demasiado extenuante para perder el tiempo asistiendo al mismo restaurante lujoso de siempre y ser fotografiados por algún idiota que buscara cuestionar algún aspecto de su vida o matrimonio.
Christina había pensado en divorciarse desde hacía dos años. Los gemelos Clark le habían recomendado que no lo hiciera. Ellos eran sus únicos amigos desde la niñez. Solamente ellos sabían quién era ella en realidad desde sus pensamientos hasta sus fantasías más privadas. No juzgaban, aconsejaban en silencio.
Mario, su contador, le había dicho cuánto podría perder con el divorcio. Ella no se había casado con separación de activos, Trevor tampoco lo había hecho. Durante los últimos tres años, su empresa superaba en algunos millones en ganancias a la de su esposo y ella no quería perder dinero.
Esteban, su abogado, le había recomendado esperar para obtener el divorcio hasta encontrar un modo de separarse sin pérdidas y ella lo había hecho.
Trevor era perfecto, un buen esposo que si tenía sus aventuras lo hacía tan silenciosamente que nadie lo podría descubrir. Ella no sospechaba que él le fuera infiel tampoco y averiguarlo no le suponía ningún tipo de malestar o inquietud.
El día transcurrió entre reuniones, firmas, propuestas. Siempre los viernes eran un caos. Christina ya estaba acostumbrada así como también su secretaria que apenas si tenía tranquilidad para la hora del almuerzo.
Faltando dos horas para que ese interminable viernes laboral terminara y la empresa cerrara las puertas, Christina fue a la sala de juntas. La recepcionista le llevó todas las copias porque su secretaria estaba cumpliendo otra tarea.
Victoria había entrado en silencio y estaba dejando todo en orden cuando Christina sintió que su día acababa de arruinarse. Ella había usado su cambio de ropa de emergencia, uno que guardaba en su baño privado en la oficina cuando su período había llegado.
Se había puesto un traje de color negro en reemplazo de su vestido claro. Odiaba su período irregular y abundante.
Su camisa de seda se había rasgado. Allí reparó en Victoria.
--Cierra la puerta con seguro. Ahora-- Ordenó con su voz desprovista de emociones
Victoria obedeció en silencio y levantó su mirada. Su jefa estaba de pie, quitándose la camisa.
--Tu camisa-- No fue un pedido educado, fue una orden
--¿Mi camisa?-- Se atrevió a preguntar incómoda al ver como Christina desprendía sus botones
--Se rompió mi camisa y tengo una reunión. No tengo tiempo-- Dijo apresurada
Victoria obedeció en silencio. Se quitó su camisa quedando en una simple blusa de tirantes y se la entregó a su jefa que le dio la suya.
La rasgadura era mínima, casi imperceptible, pero catastrófica para Christina.
ahora se va hacer la ardida 😡😡 ojalá no se dejen al chantaje de esta