Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 15: “El velorio y la rabia”
Cuando llegué al velorio ya lo habían traído.
Todo estaba en silencio, pero un silencio pesado, de esos que se sienten en el pecho como si uno no pudiera respirar bien. La gente hablaba bajito, caminaba despacio, miraba el suelo, como si el dolor fuera tan grande que hasta el aire tenía respeto.
Yo entré sin pensar mucho, con el corazón golpeándome duro en el pecho, como si se quisiera salir.
Y lo vi.
Ahí estaba Brando.
En una caja.
Quietico.
Demasiado quieto.
Parecía dormido, como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y decirme “mami ven acá”, como hacía siempre cuando me buscaba, cuando quería verme, cuando me sonreía con esa cara de cansancio pero feliz.
Pero no.
No pasó.
Yo me acerqué despacio, como si cada paso pesara el doble.
—No… no… no… —susurré—. esto no puede ser…
Sentí que las piernas se me aflojaban, pero igual seguí.
Me arrodillé al lado de la caja.
Le miré la cara.
Era él… pero al mismo tiempo no.
Tan tranquilo.
Tan frío.
Tan lejos.
Yo le tomé la mano.
Fría.
Y ahí se me rompió todo.
—Brando… —le dije bajito—. mírame…
Silencio.
Nada.
Yo le apreté la mano más fuerte.
—No hagás esto… —le dije llorando—. no ahora…
Detrás de mí escuchaba gente llorando, moviéndose, hablando bajito. Pero yo no veía a nadie. Solo a él.
Solo a Brando.
Mi pecho dolía horrible, como si algo me estuviera aplastando por dentro.
Y en ese momento la vi.
La tía.
Parada cerca, llorando.
Pero algo en mí se encendió de una forma fea, una rabia que me salió del alma sin pensarlo.
Me levanté de golpe.
La miré fijo.
—Usted… —le dije con la voz quebrada—. usted es la hipócrita aquí.
Ella me miró sorprendida.
—¿Cómo así, niña? —me dijo.
Yo temblaba.
—Sí… usted —le repetí—. usted ahora está aquí llorando, pero usted fue la que lo dejó solo.
Ella empezó a llorar más fuerte.
—Yo lo crié… yo lo cuidé… —decía.
Yo no la dejé terminar.
—¡No lo cuidó bien! —le grité llorando—. ¡lo dejó sin nada, lo dejó pasar hambre, lo dejó solo!
La gente empezó a mirar.
Pero a mí no me importaba nada.
—Usted cree que yo no sé… —seguí—. yo sé todo lo que él vivió… yo sé cómo tenía que rebuscarse la vida…
Mi voz se quebraba cada vez más.
—¡Y ahora viene a llorar aquí como si nada! —le dije—. ¡hipócrita!
Ella bajó la cabeza, pero yo ya estaba fuera de control emocional.
Volví a mirar la caja.
Y me dolió más todavía.
—Brando… —susurré—. mirame… por favor…
Nada.
—No me dejes… —le dije—. vos no me podés dejar…
Le toqué la cara otra vez.
Fría.
Sin vida.
Y ahí me derrumbé.
Me senté en el piso, llorando sin control.
—Yo te dije… —decía entre sollozos—. yo te dije que no te fueras…
El silencio era insoportable.
Ese silencio que no responde nada.
Ese silencio que no perdona.
Ese silencio que destruye.
Y entonces volví a escuchar a la tía hablando, llorando, como justificándose, como queriendo explicar cosas que ya no tenían sentido para mí.
Eso me hizo explotar otra vez.
Me levanté de golpe.
—¡Ya cállese! —le grité—. ¡ya cállese!
La miré con rabia, con dolor, con todo junto.
—Usted no tiene derecho a hablar aquí… —le dije—. usted no tiene derecho a nada después de lo que pasó.
Ella intentó acercarse, pero yo di un paso atrás.
—¡No me toque! —le grité.
La gente empezó a moverse incómoda.
Yo respiraba rápido, llorando, sin control.
Y sin pensarlo, me fui hacia ella, la agarré del brazo y la empujé hacia la salida.
—¡Se va! —le dije llorando—. ¡se va de aquí!
Ella intentaba hablar, pero yo no podía escuchar nada.
—¡Usted no se queda aquí! —seguí—. ¡no después de todo lo que pasó!
La gente se metió, tratando de separarnos.
—Déjenla… déjenla… —decían algunos.
Pero yo estaba fuera de mí.
No era rabia solamente.
Era dolor.
Era pérdida.
Era desesperación.
Entre varios la fueron alejando, sacándola del velorio.
Yo seguía gritando entre lágrimas:
—¡Por su culpa él está ahí! ¡por su culpa!
Hasta que la puerta se cerró.
Y el silencio volvió.
Pero ahora era otro silencio.
Más pesado.
Más vacío.
Yo me quedé parada en el medio del lugar, respirando mal, con las manos temblando.
Miré otra vez la caja.
Y todo se me vino encima de golpe.
Volví a él.
Me arrodillé otra vez.
—Brando… —le dije bajito—. perdoname…
Le tomé la mano.
—Yo no sé cómo seguir sin vos… —susurré—. no sé…
Apoyé la cabeza en la caja.
Y lloré.
Lloré como nunca antes.
Porque en ese momento entendí que ya no había nada que hacer.
Ya no había vuelta.
Solo quedaba el amor…
y el vacío que él dejó.