"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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La jaula de cristal
El trayecto hasta la mansión de Damian en tierra firme fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por el siseo de los neumáticos sobre el pavimento mojado. Alessandra mantenía la vista fija en la ventanilla, negándose a darle a Damian el placer de verla llorar. No era una derrota, se repetía a sí misma, era una retirada estratégica.
Cuando el coche se detuvo frente a una estructura de hormigón, acero y cristal negro que parecía una fortaleza moderna, el corazón de Alessandra dio un vuelco. No había rastro de la calidez barroca de su hogar; esto era frío, eficiente y letal. Como él.
—Bájate —ordenó Damian. Su voz no era un grito, era algo peor: una instrucción absoluta.
Alessandra bajó del coche con la cabeza en alto. Al entrar, el vestíbulo la recibió con techos infinitos y obras de arte que probablemente valían más que toda la flota naviera de su padre.
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó ella, deteniéndose en seco en medio del salón principal.
Damian se quitó la chaqueta del traje, revelando una funda de hombro con un arma que descansaba contra su camisa blanca. El recordatorio de quién era él realmente: un hombre que no pedía permiso, sino que tomaba lo que quería.
—Tus maletas están en tu habitación. La tercera puerta a la izquierda, en la planta superior —dijo él, caminando hacia un mueble bar—. No intentes salir por la parte de atrás. Hay hombres armados y perros que no conocen tu apellido, Alessandra.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Tanta seguridad para una "propiedad"? ¿Tienes miedo de que me escape o de que alguien venga a rescatarme?
Damian se sirvió un whisky, el hielo tintineando contra el cristal. Se giró lentamente, su mirada recorriéndola con una intensidad que la hizo sentir desnuda a pesar del abrigo de lana que llevaba.
—Nadie vendrá por ti. Tu padre ya ha cobrado su parte del trato: su libertad a cambio de la tuya. —Dio un paso hacia ella, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra una columna de mármol frío—. Y no tengo miedo de que escapes. Disfruto de la caza. Pero aquí dentro, las reglas son mías.
Él extendió el brazo, apoyando la mano en la columna, atrapándola. Estaba tan cerca que Alessandra podía sentir el calor de su aliento.
—Regla número uno —susurró Damian—: Cenarás conmigo todas las noches. A las ocho en punto. Sin excusas.
—¿Y si me niego?
—Entonces vendré a buscarte yo mismo. Y te aseguro que no querrás que te saque de la cama a la fuerza.
Alessandra sintió una chispa de rebelión encenderse en su pecho. A pesar del miedo, la cercanía de Damian provocaba algo traicionero en su interior: una descarga eléctrica que no debería estar ahí.
—No soy tu muñeca, Damian.
—Aún no —respondió él con una sonrisa oscura—. Pero la noche es larga, y apenas estamos empezando a saldar la deuda.
Él se apartó, dándole espacio para respirar de nuevo, y señaló la escalera con un gesto elegante de la mano.
—Ve a cambiarte. El servicio te ha dejado algo "apropiado" sobre la cama. Te espero en diez minutos.