A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 01
El cielo sobre la ciudad de Jiangcheng siempre parecía dividido por una línea invisible, una frontera de cristal y humo que nadie se atrevía a cruzar. A un lado, la Academia Shengli se alzaba como un castillo de mármol blanco y vidrios templados, donde el silencio era una virtud y la excelencia, una obligación. Al otro, separada apenas por una avenida agrietada y un muro cubierto de grafitis, la Escuela Vocacional del Distrito Norte rugía con el estrépito de motores viejos, gritos rebeldes y el olor penetrante a gasolina y asfalto mojado.
Shen Zhi Zhi cerró su casillero con un golpe sordo que apenas hizo eco en el pasillo encerado. Se ajustó la cinta roja de su uniforme —el símbolo de su rango como presidenta del consejo estudiantil— y se aseguró de que no hubiera una sola arruga en su falda plisada. Ser "perfecta" no era un deseo para ella; era una armadura.
—Zhi Zhi, ¿vas a salir ahora? —preguntó una de sus compañeras, con voz suave y sumisa—. Dicen que los del "otro lado" están causando problemas en la puerta principal otra vez. Han bloqueado el paso con sus motocicletas.
Zhi Zhi suspiró, sintiendo el peso familiar de la responsabilidad en sus hombros. Su rostro, de una belleza fría y simétrica como una estatua de porcelana, no mostró emoción alguna.
—Es un espacio público, pero no pueden obstruir la salida de la academia —respondió con calma—. Iré a hablar con ellos.
—¡Es peligroso! —exclamó la chica—. Sabes cómo son. No tienen educación, son solo... barro.
Zhi Zhi no respondió. "Barro". Esa era la palabra favorita de los estudiantes de Shengli para describir a los chicos de la vocacional. Pero mientras caminaba hacia la salida, sus dedos rozaron inconscientemente la seda de su cinta roja. A veces, el mármol se sentía demasiado frío, y el barro, al menos, parecía tener la calidez de lo que está vivo.
Al cruzar el umbral de los grandes portones de hierro forjado de la academia, el aire cambió. El aroma a sándalo y limpieza fue reemplazado por el olor metálico de la lluvia inminente. Y allí estaban.
Un grupo de unos seis jóvenes, vestidos con chaquetas de cuero desgastadas y pantalones oscuros, se apoyaban indolentes contra las relucientes verjas de Shengli. Sus motocicletas, máquinas ruidosas y modificadas, formaban una barrera física. En el centro de todos ellos, sentado sobre el capó de un coche viejo que no debería estar permitido en esa zona, estaba él.
Jian JiNian.
Incluso antes de saber su nombre, Zhi Zhi supo quién era el líder. Había algo en su postura, una mezcla de arrogancia y letargo peligroso, que atraía todas las miradas. Tenía el cabello oscuro y revuelto, cayendo sobre unos ojos que parecían haber visto demasiado para sus dieciocho años. Una pequeña cicatriz cruzaba su ceja izquierda, rompiendo la perfección de sus rasgos rudos.
Zhi Zhi caminó hacia ellos sin detenerse, el sonido de sus zapatos de tacón bajo marcando un ritmo firme sobre el pavimento. Los chicos de la vocacional empezaron a silbar y a intercambiar bromas pesadas, pero JiNian no se movió. Se limitó a observarla, con un cigarrillo apagado entre los labios, como si ella fuera un fenómeno curioso de otro planeta.
Cuando Zhi Zhi se detuvo a menos de dos metros de él, el ruido de los demás se fue apagando. La tensión en el aire se volvió espesa, eléctrica.
—Están bloqueando la salida de los vehículos escolares —dijo Zhi Zhi. Su voz era clara, desprovista de miedo, pero con una autoridad natural que hizo que algunos de los chicos se removieran, incómodos—. Por favor, muevan sus motocicletas a la acera de enfrente.
JiNian bajó lentamente del coche. Era más alto de lo que parecía sentado; su sombra cayó sobre ella, envolviéndola. Olía a tabaco, a lluvia y a algo más... algo salvaje que ella no lograba identificar.
—¿"Por favor"? —repitió él. Su voz era profunda, una vibración rasposa que pareció subir por los pies de Zhi Zhi—. Los chicos de seda suelen decir "quítate de aquí, basura". Eres educada, Princesa de Shengli.
—Mi nombre es Shen Zhi Zhi —corrigió ella, sosteniéndole la mirada—. Y no soy una princesa. Soy la representante de esta institución. Solo pido que respeten las normas de tránsito.
JiNian soltó una carcajada seca, carente de alegría, y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sus amigos rieron por lo bajo.
—Normas —escupió la palabra como si fuera veneno—. Ustedes viven de normas. Reglas para vestir, reglas para hablar, reglas para respirar. ¿No te cansa? ¿No te asfixia ese nudo que llevas en el cuello?
Extendió una mano, y por un segundo, Zhi Zhi pensó que la golpearía o la empujaría. Pero sus dedos, ásperos y manchados de grasa de motor, solo rozaron el aire cerca de la cinta roja de su uniforme. Ella no retrocedió, aunque su corazón dio un vuelco violento contra sus costillas.
—Lo que me asfixia es la falta de orden —respondió ella, con los labios apretados. Sus ojos, generalmente impasibles, brillaron con un destello de desafío—. El desorden es para los que no tienen metas. Muevan las motos, Jian JiNian. No me obligues a llamar a la patrulla del distrito.
JiNian arqueó la ceja, sorprendido de que ella supiera su nombre. Un brillo de interés real reemplazó el cinismo en sus ojos oscuros.
—Vaya, la chica de oro sabe quién soy —murmuró, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de Zhi Zhi—. Dime algo, Shen Zhi Zhi... ¿Alguna vez te has ensuciado los zapatos a propósito? ¿Alguna vez has hecho algo que no esté en tu manual de instrucciones?
—Eso no es asunto tuyo.
—Tienes razón. No lo es —se alejó bruscamente y chasqueó los dedos hacia sus amigos—. ¡Eh! Muevan las máquinas. No queremos que la presidenta pierda su valioso tiempo de estudio por culpa del "barro".
Los chicos, aunque refunfuñando, empezaron a encender los motores. El estruendo fue ensordecedor, una sinfonía de rebelión que hizo vibrar los vidrios de la academia. Zhi Zhi permaneció inmóvil mientras el humo de los escapes nublaba el aire a su alrededor.
JiNian subió a su motocicleta, una bestia negra de metal expuesto. Antes de arrancar, se volvió hacia ella una última vez.
—Shengli es una jaula muy bonita, Shen Zhi Zhi. Pero sigue siendo una jaula —dijo él, con una sonrisa torcida que por un momento lo hizo parecer menos un villano y más un chico atrapado en su propia guerra—. Cuidado al cruzar la calle. El barro se pega con facilidad y es muy difícil de lavar.
Con un rugido de motor que pareció un trueno, JiNian y su banda salieron disparados hacia el Distrito Norte, dejando atrás una estela de gasolina y un silencio inquietante.
Zhi Zhi se quedó allí, de pie en la frontera entre los dos mundos. Miró sus zapatos negros de charol; había una pequeña mancha de aceite en la punta. Por primera vez en su vida, no sintió el impulso inmediato de limpiarla.