Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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La Boda
Capítulo 9: La boda
El juzgado de Milwaukee olía a viejo y a trámites acumulados. Laura apretó la mano de Alfred mientras esperaban que la jueza Rosalind Chen leyera su veredicto. A su derecha el abogado del novio, un hombre calvo de gafas gruesas llamado Harrison, repasaba sus notas con una calma que parecía ensayada. A su izquierda, el asiento de Valeria estaba vacío.
—La demandante, Valeria Ortiz de McCormick —dijo la jueza Chen, alzando la vista sobre sus lentes—, no ha comparecido a la tercera audiencia consecutiva. Su alegato de abandono de menores ha sido desestimado por falta de pruebas. El informe de trabajadora social confirma que la niña Sofía McCormick ha estado bajo el cuidado de su padre, Alfred McCormick, durante los fines de semana estipulados por el tribunal provisional, sin incidentes negativos.
Laura sintió cómo los nudillos de Alfred se relajaban. Llevaba meses tensos, durmiendo mal, revisando su teléfono a cada hora por miedo a que Valiera apareciera con una nueva artimaña. La ex esposa había contratado a un abogado carroñero, que trató de pintar a Alfred como un padre ausente que abandonó a su hija después del divorcio. Pero la realidad era otra: Valeria había huido con Sofía sin dejar una dirección, y solo regresó cuando se enteró de que Alfred planeaba casarse de nuevo.
—En consecuencia —prosiguió la jueza—, se declara improcedente la demanda de compensación económica, por un monto de doscientos cincuenta mil dólares solicitada por la señora Ortiz. El matrimonio entre Alfred McCormick y Valeria Ortiz queda disuelto de manera definitiva. La custodia legal de Sofía McCormick será compartida, con el padre ejerciendo la custodia física los fines de semana alternos y dos meses en verano, tal como se había acordado provisionalmente.
Harrison dio un suspiro teatral y le guiñó un ojo a Alfred. La jueza Chen golpeó el martillo.
—Caso cerrado.
Alfred se volvió hacia Laura y le tomó la cara entre las manos. Tenía los ojos húmedos, pero no dejó caer ninguna lágrima. Los McCormick no lloraban en público, le había dicho una vez. Era una de las pocas lecciones que su madre le había grabado a fuego.
—Se acabó —susurró él—. Ahora solo tú y yo.
Laura sonrió y besó la palma de su mano.
—Y Sofía —recordó ella—. No te olvides de Sofía.
—Y Sofía —repitió él, riendo por primera vez en semanas—. Sobre todo Sofía.
Salieron del juzgado bajo un sol de primavera, que parecía cómplice de su alegría. En el estacionamiento una figura delgada y mal vestida los esperaba, apoyada en un auto destartalado. Valeria llevaba el cabello recogido en una cola de caballo, y una chaqueta de cuero falsa que hacía años había pasado de moda. A su lado, una niña de seis años con coletas y una mochila de unicornio miraba el suelo.
—Alfred —dijo Valeria, sin mirar a Laura—. Necesito hablar contigo a solas.
—Todo lo que tengas que decirme, puedes decirlo delante de mi prometida —respondió él, sin soltar la mano de Laura.
Valeria apretó la mandíbula. Sus ojos que un día fueron bonitos, ahora parecían dos aceitunas negras llenas de rencor.
—Está bien —escupió—. Me quedo sin nada, ¿No? Tú te casas con tu mucama cubana, te quedas con la niña los fines de semana, y yo me voy a la mierda. Así es como funciona el sistema, para los inmigrantes como nosotras.
—Tú no eres inmigrante, Valeria —dijo Alfred con calma—. Tienes la residencia porque yo te la pagué. Y el dinero que te robaste de la compañía no lo he reclamado, por no dejar a Sofía sin madre en la cárcel. ¡Así que no me pongas a prueba!
La ex esposa dio un paso atrás, como si hubiera recibido un golpe. Miró a Laura de arriba abajo, buscando algún defecto que aún no hubiera explotado.
— ¿Y tú…, princesa? —le dijo—. ¿De verdad crees que este hombre te va a ser fiel? Me engañó a mí con su secretaria. ¿Qué te hace pensar que no hará lo mismo contigo?
—Valeria —interrumpió Alfred, con un tono de advertencia.
Laura soltó la mano de su prometido, y se acercó un paso hacia Valeria. No con agresividad, sino con una serenidad que imponía respeto.
—No sé si Alfred me será fiel o no —dijo Laura, en voz baja pero firme—. Pero de lo que estoy segura es que no soy como tú, porque nunca se me ocurriría robarle. Y mucho menos usar a su hija como moneda de cambio. Si algún día él decide que ya no me quiere, inmediatamente me voy y salgo de su vida, porque no necesito que nadie me mantenga.
Valeria parpadeó. Por un segundo, algo parecido al respeto brilló en sus ojos. Pero se apagó rápido.
—Hablando bonito se consigue todo, ¿No? —bufó—. Ya veremos cuánto te dura el cuento de hadas.
Agarró a Sofía del brazo con brusquedad y la metió en el auto. La niña volteó a ver a su padre con una mirada triste, pero no dijo nada. El motor tosió y el destartalado vehículo salió del estacionamiento, dejando una nube de humo negro mientras se alejaba. Laura suspiró profundo, dirigiéndose a su prometido.
—Tu ex esposa es... complicada.
—Es una narcisista —corrigió Alfred—. Pero ya no importa. Lo único que importa es que en tres días nos casamos. ¿Sigues deseando convertirte en mi esposa?
— ¡Ahora más que nunca! —Respondió Laura dándole un beso en los labios—
Tres días después, en el jardín trasero de la casa de Alfred —la misma casa donde Laura había llegado con una maleta y muchas incógnitas—, un pequeño grupo de invitados se reunió, bajo un arco de flores blancas. No eran muchos: Beatriz la hermana de Rosa, que había sido su primera amiga en el albergue; la propia Rosa que llegó desde Chicago, con un vestido dominguero; Harrison el abogado con su esposa; y dos empleadas de BrightClean, que Laura había ascendido a supervisoras de zona. Y en una Tablet colocada sobre un atril de aluminio pulido, el rostro iluminado de Andrea la madre de Laura, que a través de Internet también participaba de la ceremonia.
— ¡Mi niña! —gritó Andrea desde Cuba, con lágrimas que se negaba a secar—. Estás divina. Ese vestido
blanco te queda como un sueño.
Laura llevaba un traje blanco sencillo pero elegante, que ella misma había comprado en un atelier. No quiso vestido de novia tradicional. "No soy una princesa de cuento", le había dicho a Alfred. "Soy una mujer que se construyó sola".
—Gracias, mami —respondió Laura acercando la Tablet, para que su madre pudiera verla mejor—. Te extraño mucho.
—Tranquila que pronto iré a visitarte hija, ya verás. Y tú, mi querido yerno —Andrea agitó un dedo hacia Alfred, que se acercó a saludar—, Cuídemela mucho que mi hija es una reina.
—Lo sé —dijo Alfred en un español torpe pero sincero—. Y descuide que a mi reina la voy a querer y a cuidar, con todas mis fuerzas.
El oficiante, un amigo de Harrison que tenía licencia para casar, leyó unas palabras breves. Nada religioso porque Alfred era ateo, y Laura prefería hablar con la Virgen a solas, sin intermediarios. Intercambiaron anillos sencillos de plata —Laura no los quería de oro, porque le recordaba demasiado a las joyas de Maritza— y sellaron el matrimonio con un beso, que Beatriz y Rosa aplaudieron con lágrimas en los ojos.
— ¿Dónde está tu madre, Alfred? —preguntó Laura en voz baja, mientras el oficiante firmaba los papeles. Alfred tensó el brazo.
—No viene. A ella no le interesa este tipo de ceremonia.
— ¿La invitaste?
—Sí, y como siempre, me dijo que tenía que resolver un caso importante en el FBI.
Laura no insistió. Sabía que Margaret McCormick era un tema doloroso. Una herida en el corazón de Alfred, que ni siquiera el amor de una esposa nueva podría curar de inmediato. Pero decidió que algún día, ella enfrentaría a esa mujer. No para pelear, sino para que conociera emocionalmente al hijo que había abandonado.
Cuando la ceremonia terminó, Beatriz sacó una botella de ron cubano que había conseguido no se sabe cómo, y brindaron. Rosa puso música desde su teléfono, y Alfred, el CEO de BrightClean, bailó merengue con pasos torpes que hicieron reír a todos. Andrea desde la tablet, también brindó con un vaso de jugo de Mango.
—Salud, hija —dijo—. ¡Que el precio de tu amor, sea siempre más bajo que la ganancia!
Laura sonrió, porque su madre siempre tenía una metáfora económica para todo.
Al anochecer, cuando los invitados se fueron y la casa quedó en silencio, Alfred llevó a Laura a la habitación que ahora compartían. La misma donde ella durmió la primera noche con miedo, y ahora entraba como esposa.
— ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó él, desabrochándole el primer botón del traje blanco.
—Dime.
—Que no viniste a salvarme. Viniste a salvarte a ti misma, y yo solo tuve la suerte de estar en tu camino.
Esa noche no hablaron de negocios, ni de suegras difíciles. Esa noche, Laura McCormick se permitió ser feliz. Pero al otro lado de la ciudad, Valeria miraba el certificado de matrimonio que alguien le había enviado por correo anónimo. Lo rompió en pedazos pequeños, y juró que volvería para vengarse.
Y en una oficina del FBI, Margaret McCormick abrió un expediente que su asistente había dejado sobre su escritorio. En la portada decía: "Operación Lavado Blanco — Presuntos testaferros vinculados a la mafia rusa". Hojeó las primeras páginas y se detuvo en una foto. Un hombre de casi cincuenta años, canoso, de traje azul, firmando un contrato de inversión. Era su hijo.
—Alfred —susurró, usando el nombre que no le decía desde que él tenía quince años—. ¿Qué has hecho?