Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 7
El reloj de mi despacho marca las cuatro de la tarde de un jueves. Para el resto del mundo, es el preámbulo del fin de semana laboral, el momento de cerrar expedientes y planificar reuniones para el lunes. Para mí, es el inicio de una tortura lenta. El tic-tac del segundero resuena en mis sienes, recordándome que faltan exactamente veintiocho horas para que el protocolo se rompa y yo vuelva a existir.
He pasado el día revisando una fusión de empresas que debería apasionarme. Millones de dólares en juego, estrategias legales que requieren la precisión de un cirujano. Pero cuando miro las cláusulas, solo veo las líneas de las manos de él. Cuando leo sobre "activos y pasivos", mi mente divaga hacia el peso de su cuerpo cerca del mío en la oscuridad de la habitación 402.
—Alicia, aquí tienes el desglose que pediste.
Marta, mi secretaria, entra sin que yo la escuche. Me sobresalto, cerrando la carpeta con una brusquedad que no es propia de mí. Ella me mira con curiosidad. Marta lleva diez años conmigo; conoce mis silencios y mis ritmos mejor que mi propia madre.
—¿Estás bien? Te noto... en otro lugar —dice, dejando los papeles sobre la mesa.
—Solo un poco de cansancio, Marta. Es un caso complejo.
—A veces el caso más complejo es el que uno no quiere cerrar —responde ella con una sonrisa enigmática antes de salir.
Me quedo sola de nuevo. Me levanto y camino hacia la ventana. Desde el piso veinte, la ciudad parece un tablero de circuitos integrados. Coches grises, edificios grises, gente gris. Me pregunto si él está allá afuera, bajo alguna de esas luces, sintiendo la misma asfixia que yo. ¿Tendrá él también una oficina impecable? ¿Tendrá que fingir que le importa el precio de las acciones mientras desea que llegue el viernes para sentir algo real?
La dualidad me está empezando a pasar factura. Siento que Alicia Vázquez, la abogada brillante, se está convirtiendo en un disfraz que me queda pequeño. Cada vez me cuesta más apretar el moño, cada vez me resulta más difícil usar ese tono de voz profesional y desprovisto de emoción. El veneno de la anticipación ha empezado a correr por mis venas, y el antídoto solo se vende en una dirección que no puedo compartir con nadie.
Al llegar a mi apartamento esa noche, el silencio me recibe como un reproche. Me desvisto en la penumbra. No enciendo las luces; prefiero que las sombras me oculten de mí misma. Mis dedos recorren mis propios brazos, tratando de recrear el rastro de sus manos. Es inútil. El tacto de uno mismo nunca puede compararse con el descubrimiento de un extraño.
Abro el armario y saco la peluca roja. La dejo sobre la cama. A la luz de la luna que se filtra por la ventana, el color carmesí parece brillar con una luz propia, casi prohibida. La toco. Las fibras sintéticas son suaves, pero representan una rebelión que me aterra y me salva al mismo tiempo.
Mañana es viernes. Mañana dejaré de ser la "hija del éxito" para ser la "mujer del deseo".
Paso la noche en un estado de duermevela. Sueño con máscaras y voces que no tienen nombre. Sueño con una cafetería donde el sol entra a raudales, pero no puedo ver su rostro. Despierto con el corazón acelerado y una sola palabra en los labios que no llego a pronunciar.
El viernes por la mañana en el bufete es una prueba de resistencia. Participo en una junta de socios. Escucho a mi padre hablar sobre la expansión de la firma en el extranjero. Asiento. Tomo notas. Mi mano escribe términos como "jurisdicción internacional" mientras mi alma grita por un poco de caos.
—Alicia, ¿qué opinas sobre la cláusula de arbitraje? —pregunta mi padre, sacándome de mis pensamientos.
Lo miro. Por un momento, su rostro se borra y veo la máscara de cuero negro. Parpadeo.
—Creo que debemos ser estrictos con los plazos, papá. No podemos permitir que el proceso se dilate innecesariamente.
—Bien dicho. Siempre tan enfocada.
Si supieras, papá. Si supieras que ahora mismo estoy imaginando cómo se siente el encaje negro contra mi frente mientras el mundo que tú construiste para mí se desvanece.
A las seis de la tarde, salgo de la oficina. No me despido de nadie. Camino hacia el parking con el paso firme, pero por dentro estoy temblando. Llego a casa y la transformación comienza. Es un ritual sagrado. El maquillaje oscuro, el perfume de sándalo que compré solo para estas noches, la peluca roja que me transforma en alguien que no reconoce el miedo.
Me miro al espejo una última vez antes de salir. La mujer de rojo me devuelve una mirada que Alicia Vázquez nunca se atrevería a sostener. Es una mirada de caza, de entrega, de vida.
—Hoy no hay juicios —susurro.
Manejo hacia el club. La música en el coche es alta, rítmica, un eco del pulso que golpea en mi cuello. El aire de la noche es fresco, pero yo siento que estoy ardiendo. Al llegar a la puerta de Anónimos, el hombre de la máscara de plata me reconoce. No necesita preguntarme nada. La puerta se abre y el aroma a pecado y libertad me golpea.
Entro. La luz violácea me abraza. Mis ojos buscan directamente la columna de mármol. Mi respiración se detiene.
Ahí está él.
Lleva una camisa negra, los botones superiores desabrochados, dejando ver el inicio de un pecho que ya conozco por el tacto. Su máscara de cuero brilla bajo los focos tenues. Al verme, su mandíbula se tensa. No se mueve, pero siento cómo su atención se clava en mí con la fuerza de un ancla.
Camino hacia él. El ruido del club desaparece. Solo existimos nosotros dos, dos sombras que han decidido encontrarse en el único lugar donde no tienen que fingir. Me detengo frente a él. Mis manos buscan instintivamente las suyas. Sus dedos, largos y calientes, se cierran sobre los míos.
—Has vuelto —dice él, y su voz es el único veredicto que quiero escuchar.
—No sé cómo vivir sin este viernes —confieso.
Él me atrae hacia sí. Siento el roce de su ropa contra la mía, el calor que emana de su cuerpo, la promesa de una noche donde no habrá nombres, solo sensaciones. El lenguaje de nuestras manos entrelazadas lo dice todo: nos pertenecemos en la oscuridad. Y en este momento, eso es más que suficiente.