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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2

Narrador: Mateo Ubicación: Barcelona, España

Barcelona huele a sal, a orina de perro caliente sobre el asfalto y a protector solar de coco. Es un olor que se te mete en los poros y te grita que estás vivo. Desde mi balcón en el Eixample, el mundo parece un escenario perfectamente iluminado para una película indie que nadie está rodando.

Son las seis de la tarde y el sol todavía golpea con esa fuerza dorada del Mediterráneo que hace que todo parezca más hermoso y, a la vez, más efímero. Me miro las manos. Llevo las uñas pintadas de negro, desconchadas por el roce de la vida. Tengo tres anillos de plata en la mano derecha y una pulsera de hilo tejida que compré en la Barceloneta a un vendedor ambulante senegalés.

Aquí, en este balcón, con una cerveza barata sudando en mi mano, soy Mateo. Simplemente Mateo.

—¡Mateo, tío, deja de posar que no hay cámaras! —grita Javi desde dentro del salón, su voz compitiendo con la música de Bad Bunny que retumba en los altavoces.

Me río. Es una risa fácil, ensayada, la clase de risa que he perfeccionado en los últimos cuatro años. Me giro y entro en el apartamento. El aire acondicionado es un alivio bendito.

El piso es un desastre de cajas de pizza, libros de arte y ropa tirada. Es el santuario de Javi, mi mejor amigo aquí, un chico andaluz que estudia diseño gráfico y que tiene la capacidad emocional de un golden retriever: leal, ruidoso y siempre feliz.

—No posaba —digo, tirándome en el sofá junto a él—. Estaba... contemplando mi inminente destrucción.

Javi pone los ojos en blanco y me pasa el mando de la consola.

—Qué dramático eres, hostia. Es solo una mudanza, no un exilio a Siberia.

—Es peor que Siberia, Javi. Es volver al Pueblo. Es volver al trópico. ¿Sabes lo que le hace la humedad a mi pelo? ¿Sabes lo que le hace la sociedad de allá a gente como... —me señalo a mí mismo, de los pies a la cabeza, abarcando mis jeans rotos, mi camiseta de malla y mi actitud desafiante— ...como nosotros?

Javi pausa el juego. Su cara se pone seria por primera vez en la tarde.

—¿Tan mal está la cosa en casa?

Suspiro y dejo la cerveza en la mesa. La condensación deja un anillo de agua sobre la madera.

—Mis padres intentan que parezca una aventura. "Una nueva oportunidad", dice mi padre. "Volver a las raíces", dice mi madre. Pero sé leer los silencios, Javi. Sé lo que significa cuando bajan la voz al hablar por teléfono con el banco. Estamos arruinados.

La palabra flota en el aire, pesada y fea. Arruinados.

La crisis no avisa. Llega despacio, como una gotera en el techo que ignoras hasta que el techo se te cae encima. Mi padre invirtió en un negocio de importación que salió mal. Luego, intentó arreglarlo con préstamos. Luego, con más préstamos. Y ahora, Barcelona, esta ciudad que me dio el aire, se ha vuelto impagable. La solución mágica: volver. Volver a la casa de la abuela que murió el año pasado. Volver a la moneda devaluada, al calor asfixiante y a un sistema educativo que considera que mi existencia es un "problema conductual".

—Lo siento, tío —dice Javi, y sé que lo dice de verdad. Me da un golpe suave en el hombro—. Pero bueno, piénsalo así: serás el chico exótico. El "españolito". Vas a ligar mazo.

Solté una risa amarga.

—Allí no se liga, Javi. Allí se sobrevive. No entiendes... Aquí puedo ir de la mano contigo por la calle y a nadie le importa. Allí... allí te miran como si tuvieras lepra.

Me levanté, sintiendo una inquietud eléctrica en las piernas. Necesitaba moverme.

—Voy a dar una vuelta. Necesito caminar.

—No tardes, que hemos quedado con Lucía y los demás en el Raval a las nueve.

Salí a la calle. El ruido de la ciudad me envolvió. Caminé sin rumbo fijo, dejando que mis pies me llevaran hacia Plaza Cataluña y luego bajando por las Ramblas, esquivando turistas y estatuas humanas.

Me sentía como un astronauta al que le acaban de decir que la misión ha terminado y que debe volver a la Tierra, pero la Tierra ya no es su hogar. Mi hogar era este caos. Mi hogar era la libertad de ser anónimo.

Me senté en un banco cerca del puerto. El mar estaba oscuro, picado.

Saqué mi teléfono. El brillo de la pantalla iluminó mi cara.

Tenía 12% de batería. La metáfora de mi vida.

Abrí la galería de fotos. Empecé a hacer scroll hacia atrás. Pasé las fotos de la semana pasada, del mes pasado, del año pasado. Fotos de fiestas, de viajes a la Costa Brava, de proyectos de clase. Una vida brillante, saturada, filtrada.

Pero seguí bajando. Bajé hasta el final. Hasta el fondo del pozo digital.

Allí, enterradas bajo cuatro años de vida europea, estaban las fotos antiguas. Las fotos de antes.

Eran fotos de mala calidad, pixeladas, tomadas con un teléfono barato.

Y allí estaba él.

Una foto de un cumpleaños. Debíamos tener once años. Yo tenía la cara manchada de pastel y una sonrisa estúpida. A mi lado, medio escondido detrás de mi hombro, estaba Leo.

Leo no sonreía a la cámara. Me miraba a mí.

Hice zoom en su cara. Incluso entonces, tenía esa mirada. Esa mirada de ciervo asustado, de alguien que espera el golpe. Pero en esa foto, mirando mi nuca, sus ojos tenían un brillo diferente. Admiración. Seguridad.

¿Por qué Leo?

Llevaba tres noches soñando con él. Sueños extraños, abstractos. No eran sueños sexuales, o al menos no explícitamente. Soñaba que estaba en una casa que se inundaba, el agua subiendo hasta mi cuello, y la única cosa sólida a la que podía aferrarme era la mano de Leo. Una mano fina, de dedos largos, manchada de grafito o pintura.

En el sueño, yo gritaba, pero no salía sonido. Y Leo me miraba, en silencio, y me anclaba al suelo para que la corriente no me llevara.

La psicología barata diría que busco un ancla porque me siento a la deriva. Que busco lo familiar porque me aterra lo desconocido. Y probablemente sea cierto.

Pero había algo más.

Leo era el único testigo de quién era yo antes de convertirme en "Mateo el de Barcelona". Él conocía al Mateo que lloraba cuando se raspaba las rodillas. Al Mateo que tenía miedo a la oscuridad. Él conocía la versión sin editar de mí mismo.

Y ahora que me sentía un fraude, ahora que sentía que todo mi personaje de "chico cool y libre" se estaba desmoronando junto con la cuenta bancaria de mis padres, necesitaba desesperadamente conectar con esa raíz.

Mis dedos se movieron solos. Busqué su nombre en Instagram. No fue difícil encontrarlo, aunque no usaba su nombre completo. Leo_Art.

Su perfil era un desierto. Pocos seguidores. Ninguna foto de su cara. Solo fotos de cielos nublados, esquinas de edificios, y dibujos. Muchos dibujos.

Hice clic en uno. Eran manos. Manos entrelazadas dibujadas con un realismo doloroso. El trazo era nervioso, intenso.

Sentí un nudo en la garganta. Leo seguía dibujando. Leo seguía sintiendo demasiado.

Le di a "Seguir".

El corazón me latía en las sienes. Era una estupidez. Probablemente ni se acordaba de mí. O peor, me odiaba por haberme ido sin despedirme bien, por haber dejado de escribir cartas a los seis meses porque estaba demasiado ocupado reinventándome.

Esperé.

Un minuto. Dos minutos. Cinco.

Miré el mar. Vamos, universo. Dame una señal.

Y entonces, el teléfono vibró.

Leo_Art ha aceptado tu solicitud de seguimiento.

El aire salió de mis pulmones en un suspiro tembloroso.

Me había aceptado.

Entré a su perfil de nuevo. Ahora podía ver sus stories. Había una de hace cinco horas. Era un vídeo corto, de unos segundos. Solo se veían sus pies caminando sobre hojas secas, y se escuchaba su respiración. Nada más. Pero para mí, fue como escuchar un grito.

Tenía que escribirle. Tenía que romper el hielo antes de que el miedo me congelara los dedos.

¿Qué le dices a tu mejor amigo de la infancia al que abandonaste, cuando estás a punto de volver a invadir su vida como un huracán no deseado?

Hola. (Muy seco). ¿Qué tal? (Muy banal). Vuelvo a casa. (Muy agresivo).

Pensé en el sueño. En la sensación de su mano sujetando la mía bajo el agua. La honestidad brutal a veces es la única arma que queda.

Escribí: ¿Leo? ¿Eres tú? Joder, cuánto tiempo. He soñado contigo.

Le di a enviar antes de poder arrepentirme.

Tiré el teléfono sobre el banco como si quemara y me llevé las manos a la cabeza. He soñado contigo. Dios, Mateo, qué intenso. Pareces un acosador o un poeta de tercera categoría.

El teléfono vibró de nuevo.

Lo agarré con torpeza, casi se me cae al suelo.

Leo_Art: ¿Mateo?

Una sola palabra. Mi nombre.

Ver mi nombre escrito por él, después de tanto tiempo, hizo que algo se rompiera dentro de mí. Una pequeña represa de ansiedad que había estado conteniendo durante semanas, desde que mis padres dieron la noticia.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Aquí, frente al Mediterráneo, rodeado de belleza y libertad, me sentí más solo que nunca. Y la única persona que podía entenderlo estaba a siete mil kilómetros de distancia, probablemente escondido en su habitación para que el mundo no lo lastimara.

Empecé a escribir. Mis dedos volaban.

Sí, soy yo. Soy yo, Leo. No te vas a creer esto, pero...

Borré. No podía decirle todavía que volvía. No quería que nuestra primera interacción fuera una tragedia. Quería... quería que me viera. Quería seducirlo con la idea de quién soy ahora, antes de que vea la realidad de mi fracaso.

...pero me acordé de cuando construíamos fuertes con las sábanas en tu patio. Necesitaba saber que sigues ahí. Que no eres un fantasma.

Enviado.

La respuesta de Leo tardó un poco. Me imaginé sus dedos pálidos dudando sobre el teclado.

Leo_Art: Sigo aquí. Aunque a veces preferiría ser un fantasma. ¿Tú... estás bien? Tu vida parece perfecta en las fotos.

Me reí. Una risa seca, sin humor.

Perfecta.

Sí, Leo. Perfecta. Si ignoras que mi padre bebe whisky barato en la cocina a las tres de la mañana llorando porque ha perdido todo. Si ignoras que tengo que vender mi colección de vinilos para pagar el exceso de equipaje. Si ignoras que estoy aterrorizado de volver a un país donde ser maricón (sí, uso la palabra, me la he apropiado) es un deporte de riesgo.

Pero no le dije eso.

Mateo_V: Ya sabes, filtros y buenos ángulos. La vida real es otra cosa. Pero eh, te ves... intenso en tus dibujos. Sigues teniendo talento.

Hablamos durante horas. O más bien, nos escribimos. El sol se puso. La batería de mi teléfono bajó al 4%. Javi me mandó mensajes preguntando dónde estaba, que me iban a matar. Los ignoré.

Hablamos de música. De cómo Barcelona es ruidosa y su ciudad es gris. De recuerdos tontos.

Hubo un momento, cerca de la medianoche, en que la conversación se volvió más densa.

Leo_Art: ¿Por qué me buscaste hoy, Mateo? De verdad.

Miré la pantalla. El cursor parpadeaba.

Podía mentir. Podía decir "curiosidad".

Pero escribí: Mateo_V: Porque tengo miedo, Leo. Y tú eras el único lugar seguro que recordaba.

Leo no contestó a eso inmediatamente. Apareció "Escribiendo..." y desapareció varias veces. Finalmente, llegó su respuesta.

Leo_Art: Yo ya no soy un lugar seguro, Mateo. Soy una zona de desastre.

Mateo_V: Me gustan los desastres. Son más interesantes que los museos.

Me levanté del banco. Tenía las piernas entumecidas. El 2% de batería parpadeaba en rojo.

Tenía que volver al apartamento. Tenía que empezar a meter mi vida en cajas de cartón. Tenía que aceptar que el "Mateo de Barcelona" tenía fecha de caducidad.

Pero mientras caminaba de regreso por las calles oscuras del Barrio Gótico, con el olor a humedad antigua de las piedras, sentí algo nuevo. Una chispa.

No volvía solo al infierno. Volvía a donde estaba Leo.

Y si Leo era una zona de desastre y yo era un barco hundiéndose, tal vez, solo tal vez, podríamos destruirnos juntos de una forma hermosa.

Llegué al portal de mi edificio. Antes de que el teléfono muriera, envié un último mensaje. La bomba.

Mateo_V: Oye, Leo. No te asustes, pero... guarda el secreto. Nos vemos pronto. Más pronto de lo que crees.

El teléfono se apagó. Pantalla negra.

Me vi reflejado en el cristal oscuro. Tenía ojeras, pero sonreía. Una sonrisa torcida, peligrosa.

Subí las escaleras de dos en dos. Tenía que empacar. Tenía que preparar mi armadura. Porque iba a la guerra, y mi objetivo no era solo sobrevivir. Mi objetivo era rescatar al chico de los dibujos tristes, aunque tuviera que quemar la escuela entera para hacerlo.

Entré en el piso. Javi ya había vuelto, borracho y dormido en el sofá.

Fui a mi habitación. Saqué la maleta grande de debajo de la cama. La abrí. El sonido de la cremallera fue como el sonido de un arma cargándose.

Voy a por ti, Leo, pensé. Y dios ayude a quien se interponga en mi camino.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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