Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Helen Lewis
Ayer… reencarné en un mundo nuevo.
No recuerdo con claridad cómo ocurrió. Los recuerdos llegan fragmentados, como si pertenecieran a otra vida que se resiste a desvanecerse del todo. Solo sé que estaba exhausta. El trabajo había sido interminable, el cuerpo me pesaba, la mente me ardía. Recuerdo haber mirado la puerta del cuarto de despensa y pensar, casi con alivio..
[Voy a dormir un momento. Solo unos minutos. Una pequeña siesta.]
El lugar era estrecho, con estanterías llenas y un olor tenue a polvo y cartón. Me senté en el suelo, apoyé la espalda contra la pared fría y cerré los ojos. El silencio duró muy poco.
De pronto, un ruido.
No, no fue solo un ruido… fue un estruendo. Algo violento, definitivo, como si el mundo se hubiera partido en dos. No alcancé a gritar, ni siquiera a abrir los ojos. El sonido me envolvió y después… nada.
Oscuridad.
Cuando desperté, lo primero que sentí fue la suavidad. La cama bajo mi cuerpo era amplia, cubierta de telas finas que parecían deslizarse como agua sobre la piel. El aire olía a flores desconocidas y a cera, un aroma limpio, elegante. Abrí los ojos lentamente, temiendo que todo fuera un sueño demasiado real.
No lo era.
Me encontraba en una habitación lujosa, tan exquisita que parecía más una sala de exhibición que un dormitorio. Las paredes estaban decoradas con molduras doradas, cuadros antiguos y tapices que narraban historias que no conocía. Candelabros de cristal colgaban del techo, reflejando la luz de la mañana en destellos suaves, casi irreales. Era un lugar digno de un museo aristocrático… o de un palacio.
Con el corazón latiendo con fuerza, me incorporé y entonces lo vi.
Un espejo.
Caminé hacia él, descalza, con pasos inseguros, como si temiera que el suelo desapareciera bajo mis pies. Cuando levanté la mirada… me quedé sin aliento.
La mujer que me devolvía la mirada no era yo.
O quizás lo era… pero no como la recordaba.
Mi cabello caía largo y rubio como el oro pálido bajo el sol. Mis ojos eran de un azul profundo, claro y brillante.. El rostro era delicado, de facciones finas, piel impecable, casi etérea. Hermosa. Demasiado hermosa. Una muñeca salida de un cuento antiguo, frágil y perfecta.
Toqué el espejo con la yema de los dedos, buscando una grieta, una señal de que todo era una ilusión. Pero el reflejo imitó mi gesto con la misma incredulidad.
Entonces lo entendí.
Ya no estaba en mi mundo.
Ese cansancio, ese ruido, ese último instante en la despensa… habían sido el final. Y este despertar, en este cuerpo y en esta habitación digna de la nobleza, era el comienzo de algo completamente nuevo.
De pronto, sin aviso, el dolor me atravesó la cabeza.
No fue un simple recuerdo.. fue una avalancha. Imágenes, emociones y sensaciones que no me pertenecían… y que, al mismo tiempo, eran mías. Me llevé una mano a la sien y cerré los ojos, mientras una vida entera se desplegaba en mi mente como un libro que alguien había abierto de golpe.
Mi nombre era Helen Lewis.
No un nombre cualquiera, sino uno cargado de peso y de historia. La única heredera de la casa Lewis, una de las familias más antiguas y ricas del reino. Hija legítima del barón Lewis, criada entre salones dorados, maestros exigentes y sonrisas falsas. Desde pequeña me habían enseñado a caminar con la espalda recta, a hablar con elegancia, a ocultar mis emociones tras una expresión serena. Había nacido para ser admirada… y utilizada.
Recordé a mi padre.. severo, orgulloso, siempre preocupado por el linaje y el futuro de la casa Lewis. Y entonces, como una herida aún abierta, apareció Claud Opathi.
Mi esposo.
Hacía apenas unas semanas que el matrimonio se había celebrado. Una boda fastuosa, digna de los rumores y las expectativas de toda la nobleza. Flores, música, votos pronunciados ante decenas de miradas envidiosas. Yo había caminado hacia el altar creyendo, con una ingenuidad que ahora me quemaba por dentro, que aquel hombre me amaba. Creí en sus palabras suaves, en sus gestos calculados, en la forma en que me miraba cuando nadie más observaba.
[Qué estúpida fui]
El recuerdo de la primera noche de bodas me hizo apretar los dientes. El dormitorio nupcial, las velas encendidas, el vestido sin desatar… y su mirada fría. No hubo ternura. No hubo deseo. Solo desprecio. Claud se había apartado de mí como si yo fuera una carga molesta, una obligación incómoda.
Fue ahí cuando lo entendí todo.
Claud Opathi no se había casado conmigo por amor.
Se había casado con la fortuna Lewis.
Las piezas encajaron una tras otra, cruelmente claras. Su ambición disfrazada de cortesía. Su interés excesivo en los documentos, en las propiedades, en las cuentas. El vacío en sus ojos cuando me miraba a mí.
[maldito hombre inútil]
El pensamiento surgió con una furia inesperada, cargado de humillación y rabia contenida. No era solo ira.. era el dolor de una mujer traicionada, usada como un medio para un fin. Helen había sido criada para ser perfecta, para cumplir con su deber… pero nadie le había advertido que ese deber podía convertirse en una jaula.
Abrí los ojos lentamente, respirando con dificultad.
Ya no era solo una extraña en un cuerpo ajeno. Ahora conocía su historia, su herida, su nombre. Y algo dentro de mí cambió en ese instante.
Claud Opathi había creído que se había casado con una muñeca dócil, fácil de manejar.
Pero Helen Lewis ya no estaba sola en ese cuerpo.
Y esta vez… no pensaba dejar que le arrebataran nada que le perteneciera.
Había reencarnado.
Y aunque el miedo se enroscaba en mi pecho, una certeza silenciosa comenzó a formarse en mi mente.. este mundo escondía una historia… y ahora, yo era parte de ella.