Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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EL DÍA QUE SALÍ DE LA CUEVA.
...GABRIELA:...
La campanilla sonó cuando se abrió la puerta de la cafetería. Estaba llena, pero necesitaba sin duda un poco de cafeína.
Me formé en la fila y pedí mi café americano, sin azúcar ni leche, solo café, y lo pedí un poco más cargado. Necesitaba mantenerme despierta; había pasado dos noche en vela en el observatorio.
Cuando recibí mi café, observé alrededor buscando una mesa disponible y la encontré. Me dirigí a ella antes de que alguien pudiese tomarla.
Me senté dejando mi café en la mesa. Comencé a revisar el portátil; iba atrasada en la revisión de datos del telescopio. El wifi de la cafetería no era malo, pero no era suficiente para el rebajo que debía hacer, así que solo revisé lo esencial.
—Disculpa, pero esta mesa ya está ocupada.
La voz de un hombre me hizo salir de mi concentración. Cuando giré para verlo, estaba mirándome con las cejas levantadas y una pequeña sonrisa.
—Disculpa —dije sin quitar las manos del computador—, pero estaba vacía cuando yo me senté.
—El vaso de café y mi maletín deberían decirte que la mesa estaba ocupada…
Estaba loca, en la mesa no había…
Ahí estaba, un maletín en la otra silla detrás de la mesa y un café intacto detrás del servilletero.
—Discúlpame —me levanté de inmediato—, no había visto. Por favor, toma tu mesa.
Tomé el portátil y estaba a punto de irme, pero me detuvo.
—No me molesta compartir, además ya casi me retiro, solo espero a un amigo. Por favor, siéntate —me hizo un gesto con la mano.
—Gracias.
Me senté de nuevo y él también.
Continué revisando los datos en el computador mientras aún bebía mi café.
Pero pude notar que me observaba.
—¿Pasa algo? —pregunté.
Él, al notar que me había dado cuenta de que me observaba, respondió:
—Oh, no. Solo me dio curiosidad saber qué es lo que hacías.
— Es algo de mi trabajo.. — ajuste mis gafas.
——Te ves muy concentrada, debe ser algo fascinante para que te guste tanto y estes tan absorta.
—Sí, trabajo con datos de un telescopio. — El pareció sorprenderse un poco. Gire la portátil para mostrarle. —Analizo curvas de luz y fluctuaciones espectrales extremadamente sutiles. Básicamente comparo series temporales, aplico filtros para eliminar interferencias instrumentales y ruido de fondo, y luego busco anomalías que se repiten con cierta periodicidad. Muchas veces son variaciones tan pequeñas que, si no cruzas los datos con modelos estadísticos, pasan completamente desapercibidas. Es un trabajo lento; puedes pasar horas ajustando parámetros hasta que una señal deja de ser solo ruido y empieza a decirte algo real sobre lo que estás observando y…
Me di cuenta de que él me estaba viendo sin entender del todo lo que le estaba diciendo, así que solo me disculpé.
—Lo siento, me dejé llevar.
—No tengo nada que disculparte. Esta bien ser apasionado eñ lo que uno hace ¿Por qué no me explicas y vemos si puedo entender un poco?
—Claro, pretenderé ser un poco más simple con los términos.
Él sonrió.
Cuando me disponía a seguir conversando con él para seguir explicando mi trabajo, sonó su teléfono.
—Un momento —me hizo una seña antes de responder.
Solo asentí.
—¿Qué pasa? —contestó—. ¿De verdad? Muy bien, ¿ya estás aquí? Perfecto, voy para allá.
Colgó su teléfono.
—Disculpa, debo irme.
—Adelante.
Él sonrió nuevamente y se levantó. Me disponía a seguir con lo mío cuando…
—Me gustaría invitarte a salir, vernos un día para conversar.
Me quedé muda.
—Aah, ah —balbuceé sin saber qué responder.
Él no esperó mi respuesta. Tomó una libreta que tenía a un lado del portátil.
—No respondas ahora —dijo mientras escribía en la libreta—. Este es mi número, llama si te interesa salir algún día.
Dejó la libreta sobre la mesa y sonrió otra vez.
—Adiós.
—Adiós —susurré mientras se marchaba de la cafetería.
Tome la libreta, tome la hoja donde se suponía qie debia estar el número y si ahí estaba y tambien su nombre.
“Gonzalo”
Me quede observándola sin saber qué era lo que había pasado exactamente.
...****************...
Llegué al departamento cerca del mediodía. Ya no pude permanecer más tiempo en la cafetería; dos días sin dormir me habían pasado factura. Necesitaba descansar. Dejé todas mis cosas sobre la mesa del salón y me tiré en el sofá, cerrando los ojos.
Tres…
Dos…
Uno…
—¡Vaya! Hasta que te apareces —dijo una Zoé muy furiosa al entrar por la puerta.
Suspiré.
—Zoé, sabes que tengo que trabajar.
—Al menos llama para avisar que estás viva. No habías venido en dos días, me preocupas —dijo, dejándose caer en el sofá a mi lado.
—Lo siento.
—Está bien —se encogió de hombros, pero luego giró el rostro hacia mí, frunciendo el ceño—. Gaby… ¿cuántos días llevas sin bañarte?
—Pues… dos —dije, encogiéndome.
—Necesitas un baño urgentemente —no disimuló su cara de asco.
—Voy a dormir, después me baño —me acomodé en el sofá, ya medio ida.
—Oh no, señorita. Vas a bañarte ahora mismo —comentó, jalándome del brazo para levantarme.
Era inútil. Ni siquiera un camión podría haberme movido.
—Tengo sueño…
Fue hacia mis pies y comenzó a jalarme mientras yo me aferraba al sofá como náufraga.
—Debes bañarte.
—Después…
Soltó mis pies y respiró entrecortado por el esfuerzo.
—Bien. Tú lo pediste.
Se colocó detrás del sofá y lo empujó con fuerza, haciéndome rodar directo al suelo.
—¡Auch! —mi cuerpo se estampó contra la alfombra, que no amortiguó nada.
La maldita era fuerte.
La miré furiosa.
—Ahora ve a bañarte —señaló hacia el baño.
Resoplé.
Me levanté de mala gana y caminé hacia él.
—Esta es mi casa, ¿sabes? No puedes hacer lo que te plazca aquí.
—No tendría que estarte maternando si fueras una adulta responsable y autosuficiente.
Mientras me desvestía, la escuchaba husmeando en la cocina.
—Mira nada más… pura comida chatarra. ¿Es lo único que comes?
Decidí ignorarla. Aventé el enorme suéter al cesto, me quité el pants y lo demás. Abrí la llave del agua caliente y esperé… y esperé.
Nada.
Me di por vencida.
—Zoé, el agua caliente no sale.
—No pongas pretextos —gritó desde la cocina.
—No son pretextos. No es como si tuviera una aversión al baño.
Me enrollé en una toalla.
Ella entró al baño, metió la mano bajo el chorro y frunció el ceño.
—Está fría.
—Ajá.
—¿Ya reportaste esto en recepción?
—Sí, ya lo habían arreglado… pero no funcionó de nuevo.
Me miró con sospecha.
—Bueno, puedes bañarte en mi departamento.
—Sí, creo que no hay de otra.
Salimos al pasillo. Zoé abrió con cuidado la puerta, asegurándose de que no hubiera nadie, porque yo solo iba envuelta en una toalla. Cruzamos directo a su departamento. Suerte que estuviera justo frente al mío.
—Ve a bañarte —dijo—. Te caliento comida, apuesto a que ni siquiera has comido.
Le sonreí, confirmando.
Solo negó con la cabeza.
Tardé un buen rato en la ducha. De verdad estaba disfrutando el agua caliente.
—Gaby —la escuché desde fuera—, parece que el problema del agua caliente es solo en tu departamento, así que los sangrones de recepción dicen que debes resolverlo por tu cuenta.
—Pues ni modo.
—¿Tienes el número de algún plomero?
—Sí, está en la libreta sobre la mesita del salón, entrando a mi departamento.
La escuché atravesar su departamento y abrir la puerta.
Me sequé, me enrollé otra toalla en el cuerpo y una más en el cabello. Cuando salí a la sala, Zoé ya regresaba con la libreta en la mano.
—Ojalá pueda venir alguien a arreglarlo —dije.
—Oye… espera —frunció el ceño—. ¿Quién es Gonzalo?
—¿Eh?
—Gonzalo. ¿Quién es? —señaló el nombre en la libreta.
—No es nadie. Es un hombre que conocí hoy —dije sin importancia.
—¿Qué? —se sorprendió—. ¿Alguien te invitó a salir?
—No tiene importancia, Zoé —caminé hacia la cocina; la comida olía increíble.
—¿Cómo que no tiene importancia? —me siguió—. Por primera vez desde que te conozco, un hombre te invita a salir. Tú que vives metida en ese observatorio como rata de laboratorio… pero hoy, señorita, hoy no pudiste escapar.
Se sentó del otro lado de la barra mientras yo comía directo de la olla.
—Quiero que me lo cuentes todo —dijo, emocionada.
—Me lo encontré en una cafetería. Sin querer me senté en su mesa —tomé un plato, porque no era un animal—. No estaba ahí; pensé que estaba libre, pero estaban su café y su maletín, que no vi. Al final compartimos mesa, hablamos un poco y luego me dio su número.
Zoé gritó como desquiciada.
—¡Dime cómo es!
—No sé, no lo conozco.
—Físicamente, Gaby. Físicamente —estaba desesperada.
Me reí. Me gustaba torturarla.
—¿Era guapo?
Dejé el plato a un lado y me recargué en la barra, recordando.
—Era alto. Eso sí —dije como si nada—. Tenía los hombros anchos… la mandíbula marcada, cejas pobladas… ojos verdes. Cabello castaño, barba apenas pronunciada…
Sonreí. Sonreí demasiado.
—Proyectaba mucha calma. Vestía un abrigo elegante y llevaba una bufanda. Era amable… y su mirada era poderosa.
—¿Poderosa? —me sacó de la ensoñación—. Si quieres, te dejo sola para que termines lo que empezó tu imaginación.
—No seas ridícula —volví a tomar el plato.
—Ay, por favor. Es obvio que te gustó. Y por lo que describes, no está nada mal —se acomodó el cabello detrás de la oreja, exageradamente sugerente.
Negué con la cabeza.
—¿Vas a llamarlo?
Lo pensé un momento.
—No. No lo creo.
—¿Por qué?
—Porque no. Seguramente fue una broma.
—Ay, Gaby, estaban en una cafetería. Tenías un suéter enorme, no te habías bañado en dos días y apestabas… aun así le gustaste. Estoy segura de que fue por lo que hablaron.
Dudé.
—No voy a llamarlo.
—Sí lo harás —me miró desafiante.
Tomó mi teléfono. Maldición, no tenía contraseña.
—Zoé, no te atrevas.
—Lo siento, ya estoy llamando.
—¡Zoé!
Comence a perseguirla por el departamento.
No puede ser parecíamos dos adolescentes.
— Si sigues así terminarás sola.
— No necesito un hombre para sentirme completa.
— Bueno una mujer
— Contigo no se puede.— Dijé tratando de arrancarle el teléfono.
— Ya está soñando. Ten ya respondió.
Me dio el teléfono. La fulminé con la mirada. Ella solo hizo un gesto de hazlo.
—Si no respondes ahora se verá raro. Responde.
Me llevé el teléfono al oído.
—Hola.
—¿Quién habla?
—Gonzalo… habla la chica que conociste hoy en la cafetería. A la que le diste tu número —dije nerviosa.
—Hola —respondió—
—Eh… hola —dije otra vez, como si no hubiera dicho ya esa palabra mil veces en mi vida.
Zoé se llevó la mano a la frente y se dio un golpe seco.
—Dios mío…
—Perdón —susurré, aunque no sabía bien por qué—. Es que no sabía si… si me escuchaste.
—Sí, te escuché —respondió él, con una risa leve—. Bastante claro.
Zoé me miró como si acabara de cometer un crimen imperdonable. Negó con la cabeza, decepcionada de mi existencia.
—Yo… —tragué saliva—. Soy Gabriela. Pero puedes decirme Gaby.
—Mucho gusto, Gaby —dijo él, pronunciando mi nombre con calma, como si le quedara bien en la boca.
Zoé abrió los ojos exageradamente y empezó a señalarme, muda, histérica.
—Yo… bueno —seguí hablando, porque el silencio me ponía nerviosa—. En realidad llamaba porque… —me detuve—. Esto va a sonar raro.
—No pasa nada —respondió—. Dime.
Zoé se acercó lentamente, como un animal acechando. Pegó su oído al mío, descaradamente.
—Zoé —susurré entre dientes—, aléjate.
Ella negó y se pegó más.
La empujé con el hombro.
Ella me empujó de vuelta.
—Zoé…
—Shhh —susurró—. Estoy escuchando.
Suspiré, rendida, y dejé que su cabeza se apoyara contra la mía.
—Es que… —continué—. Tú dijiste que te llamara si alguna vez quería salir.
Zoé abrió la boca en una O dramática y levantó ambos pulgares.
—Y… bueno —seguí—. Supongo que esto es eso. Llamarte.
Hubo un segundo de silencio.
—Me alegra que lo hicieras —dijo Gonzalo—. De hecho, estoy libre esta noche… si te gusta la idea.
Zoé empezó a hacer señas exageradas: asentía con tanta fuerza que parecía que se le iba a zafar el cuello, movía las manos como loca, señalaba el teléfono, el reloj, el universo entero.
—Sí —dije rápido, antes de pensarlo—. Sí, me gusta.
Zoé apretó los puños en señal de victoria, sin hacer ruido, conteniéndose como podía.
—Perfecto —respondió él—. Entonces nos ponemos de acuerdo por mensaje.
—Está bien —sonreí, aunque él no pudiera verme.
—Nos escribimos, Gaby.
—Sí… Gonzalo.
Colgué.
Durante dos segundos hubo silencio.
Luego Zoé gritó.
—¡AAAAAAAH!
Saltó, dio vueltas, se agarró la cabeza.
—¡TIENES UNA CITA! ¡UNA CITA! —me tomó del rostro—. ¡Un hombre guapo, elegante, con mirada poderosa, te invitó a salir!
—Zoé…
—¡GABRIELA! —me sacudió—. ¡Llevabas dos días sin bañarte y aun así!
—Zoé…
—¡ESTO ES HISTÓRICO!
La dejé gritar. Reír. Decir incoherencias. Llamarme antisocial, ermitaña, milagro viviente.
Yo apenas la escuchaba.
Porque lo único que podía pensar era una cosa:
Tenía una cita con Gonzalo.