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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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el velorio de las mentiras

Maximiliano:

El sonido de sus sollozos se transformó en un rugido de rabia ciega. María se abalanzó sobre mí, no para abrazarme, sino para descargar toda la furia que había acumulado en esos cinco meses de infierno. Sus puños, pequeños pero endurecidos por el entrenamiento ruso, comenzaron a golpear mi pecho con una fuerza:

desesperada.

rítmica.

violenta.

—¡Te odio! ¡Te maldigo, Maximiliano Veraldi! —gritaba, y cada golpe era un eco de su corazón roto contra el mío—. ¡Maldigo el día en que me encontraste en aquel todoterreno! ¡Maldigo el primer beso que me diste y maldigo cada promesa que me susurraste al oído!

Yo no me moví. No intenté defenderme. Me quedé allí, recibiendo cada golpe como si fueran bendiciones, porque prefería su violencia a su indiferencia. Mis propias lágrimas caían sobre sus manos mientras ella seguía golpeándome, perdiendo la puntería, perdiendo la fuerza, pero no el dolor.

—Maldigo que me enseñaras lo que es sentirse protegida para después lanzarme al vacío... —su voz se fue apagando, volviéndose un hilo ronco—. Maldigo que fueras lo mejor que me pasó... y lo peor que me pudo haber destruido...

Sus golpes se volvieron caricias involuntarias, sus manos simplemente impactaban contra mi abrigo sin fuerza alguna, hasta que finalmente sus dedos se abrieron y se deslizaron por mi pecho. María se quedó sin aire, sin odio, sin defensas. Sus rodillas cedieron por completo y su cuerpo se desplomó hacia adelante, rendido ante el agotamiento emocional que la había consumido.

En ese instante, el mundo dejó de existir.

Me moví con una rapidez que nació de un instinto puramente protector. Antes de que tocara la nieve, la rodeé con mis brazos. La cargué con una delicadeza que no sabía que poseía, como si estuviera sosteniendo el cristal más frágil y precioso del universo. La elevé contra mi pecho, sintiendo cómo su cabeza caía inerte sobre mi hombro, justo donde ella todavía guardaba la cicatriz de nuestra guerra.

—Ya está, piccola... ya está —le susurré al oído, pegando mi mejilla a la suya, que estaba empapada y ardiendo de fiebre emocional.

Caminé con ella en brazos por la azotea nevada, cobijándola con mi propio cuerpo del viento de Moscú. Por primera vez en meses, sentí que volvía a tener el corazón en su sitio, aunque estuviera hecho pedazos. La miré mientras dormía o se desvanecía en mis brazos; se veía tan pequeña, tan vulnerable a pesar de toda la oscuridad que la rodeaba ahora.

La estreché con una dulzura impresionante, besando su frente con una devoción casi religiosa. Me daba igual si Viktor Volkov nos estaba viendo, me daba igual si su padre Alessandro enviaba a un ejército a matarme en este mismo segundo. En este momento, bajo la nieve de Rusia, ella volvía a ser mía, y yo volvía a ser su esclavo.

—No voy a soltarte nunca más —juré en un susurro que se congeló en el aire—. Aunque el mundo entero se queme por nosotros, no voy a dejar que vuelvas a llorar sola.

Alessandro Valerius:

Observo la pantalla de alta definición en la penumbra de mi despacho, donde el único brillo proviene del ámbar del whisky en mi copa y el fulgor gélido de los monitores. Viktor está a mi lado, en silencio, pero yo apenas noto su presencia. Mis ojos están fijos en la azotea, en esa danza de miseria y nieve que se desarrolla a miles de kilómetros de distancia.

Veo a Maximiliano Veraldi. El heredero de la estirpe que juró exterminarme, el hijo del hombre que intentó convertirme en ceniza, está ahí: de rodillas, arrastrándose como un animal herido, entregando su honor a los pies de mi hija.

Veo a María golpearlo. Veo su furia, su dolor, y escucho a través de los micrófonos de alta sensibilidad cómo maldice cada fibra de su existencia. Viktor hace un amago de moverse, quizás con la intención de intervenir, pero levanto una mano para detenerlo.

No.

Esto es perfecto.

Una sonrisa lenta, siniestra y cargada de un orgullo oscuro comienza a dibujarse en mis labios.

—Míralo, Viktor... —susurro, saboreando el momento como el mejor de los venenos—. Míralo bien. Ese es el poder de una Valerius.

Ver a un Veraldi arrodillado, despojado de toda dignidad, suplicando por una gota de piedad de mi sangre, es el bálsamo que mis quemaduras esperaron durante catorce años. María no lo sabe, pero hoy ha ganado su primera guerra. No lo ha vencido con una bala, sino con algo mucho más letal: lo ha convertido en su esclavo emocional. Lo ha roto de tal forma que él mismo le entrega el cuello para que ella elija si besarlo o degollarlo.

Veo cómo Max la carga con esa dulzura patética, protegiéndola del frío como si ella fuera de cristal. Pobre idiota. No se da cuenta de que ella ya no es cristal; es diamante negro, endurecido por la presión y el abandono.

—Él cree que la está rescatando —digo, soltando una pequeña risa seca que retumba en las paredes—. No sabe que ella es el caballo de Troya que voy a meter en el corazón de la mansión de José. Max no es más que el peón que nos abrirá las puertas.

Bebo el último trago de mi copa, sintiendo el calor del alcohol quemándome la garganta. Mi hija tiene al heredero enemigo a sus pies. Lo tiene llorando por ella, dispuesto a traicionar a su propio padre por un segundo de su atención. El plan está marchando con una precisión quirúrgica.

—Déjalos que se crean su cuento de amor trágico por esta noche —le ordeno a Viktor, sin apartar la vista de la imagen de Maximiliano caminando con ella en brazos—. Deja que él la cuide, que la cure, que le prometa el cielo. Cuanto más alto la suba, más dolorosa será la caída para los Veraldi cuando ella decida apretar el gatillo.

José Veraldi me quitó mi hogar y mi nombre. Yo le voy a quitar a su hijo, convirtiéndolo en el arma que disparará contra su propio legado.

El fénix no solo ha renacido de las cenizas. El fénix ahora tiene a su presa favorita acurrucada contra el pecho.

Jose Veraldi:

El puro en mi mano se consume lentamente, dejando caer una ceniza gris sobre el escritorio de roble que ha pertenecido a los Veraldi por tres generaciones. El silencio de mi despacho es absoluto, interrumpido solo por el tic-tac de un reloj de pared que suena como una cuenta regresiva.

Un pitido agudo rompe la calma. Un correo electrónico de una dirección encriptada. Sin asunto. Sin remitente.

Hago clic con la pesadez de quien sabe que está a punto de ver algo que cambiará el curso de la historia. La pantalla se ilumina y, de repente, la nieve de Moscú inunda mi oficina. Al principio, no entiendo lo que veo. Sombras, blanco, gris. Pero luego la cámara hace zoom y el aire se me escapa de los pulmones como si me hubieran disparado a quemarropa.

Es él. Mi hijo. Mi heredero. El hombre que entrené para ser un lobo, para ser el ejecutor de nuestra estirpe.

—No puede ser... —mi voz sale como un susurro cargado de asco.

Veo a Maximiliano. Está de rodillas. No por una herida de guerra, no por una orden de ejecución. Está de rodillas frente a ella. La bastarda de los Correa, la hija de la traición. Veo cómo se aferra a sus piernas, cómo esconde el rostro en su regazo como un mendigo suplicando por una moneda de pan. Veo sus hombros sacudirse... está llorando.

Un Veraldi llorando en el suelo, suplicando perdón a una mujer.

Siento una náusea violenta subirme por la garganta. Golpeo el escritorio con el puño, haciendo que el tintero se vuelque, manchando mis mapas de negro, pero no puedo apartar la vista. Veo cómo ella lo golpea, cómo lo humilla con palabras que no alcanzo a oír pero que se leen en la forma en que él baja la cabeza. Y luego, el colmo de la desgracia: él la carga. La carga con una ternura que me produce ganas de vomitar. La trata como si fuera una santa, cuando es el virus que está infectando mi legado.

—¡Maldito seas, Maximiliano! —rujo, lanzando el cenicero de cristal contra la pantalla, astillándola en mil pedazos—. ¡Te di un imperio y te arrodillas ante una falda!

Me levanto, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada. Siento que la sangre me hierve. No es solo la debilidad de mi hijo lo que me enfurece. Es el mensaje implícito. Sé quién envió este video. Sé que Alessandro Valerius está sentado en alguna sombra, riéndose de mí, disfrutando de ver cómo mi propia sangre se deja domar por la suya.

Él no ha enviado sicarios a mi puerta. Ha enviado algo peor: ha convertido a mi hijo en su perro faldero.

Me acerco al ventanal y miro hacia el jardín donde Max solía entrenar. Mi mano derecha busca el arma en mi cinturón por puro instinto. La deshonra es una mancha que solo se lava con rojo.

—Alessandro... crees que has ganado porque mi hijo es un cobarde enamorado —siseo contra el cristal, viendo mi propio reflejo envejecido por la furia—. Pero si Maximiliano no es capaz de ser un Veraldi, entonces no es mi hijo. Y si esa mujer es la correa que lo mantiene atado, tendré que cortarle la cabeza para que él aprenda a caminar solo otra vez.

Llamo por el intercomunicador. Mi voz es ahora una calma letal, la calma de quien ya ha dictado una sentencia de muerte.

—Traigan a los capitanes. Tenemos un viaje pendiente a Rusia. Y preparen a los tiradores. Si mi hijo no se levanta de esas rodillas por su cuenta, yo mismo lo enterraré en esa nieve.

Maximiliano:

El calor de María en mis brazos era lo único que me mantenía cuerdo. La había llevado a un pequeño refugio seguro, una cabaña en las afueras de Moscú, donde el olor a pino intentaba enmascarar el rastro de nuestra tragedia. Ella seguía inconsciente, con el rostro pálido y las pestañas aún húmedas por el llanto. La deposité en la cama con una devoción que rayaba en la locura, jurando que nadie volvería a tocarla.

Pero el destino de un Veraldi nunca es la paz.

El estallido de la puerta principal no fue una advertencia, fue una sentencia. Antes de que pudiera alcanzar mi arma, una granada aturdidora inundó la habitación de un blanco cegador y un pitido insoportable. Sentí manos rudas caer sobre mí. Luché como un animal, golpeando, mordiendo, rugiendo su nombre, pero eran demasiados.

—¡Déjenla! ¡Si la tocan, juro que los quemaré vivos! —mi grito se ahogó cuando la culata de un rifle impactó en mi mandíbula.

Me arrastraron hasta el centro de la sala. Mis manos fueron atadas con cables de acero a una viga del techo, obligándome a quedar de rodillas, la misma posición de humillación que había adoptado voluntariamente en la nieve, pero esta vez impuesta por el odio.

Entonces, la puerta se abrió. El aire se volvió rancio con el olor de un puro caro. Mi padre, José Veraldi, entró con la elegancia de un verdugo, seguido por una docena de hombres armados.

—Mírate, Maximiliano —dijo, su voz era un látigo de desprecio—. De rodillas otra vez. Pero esta vez, te enseñaré por qué un Veraldi nunca debe bajar la cabeza.

Dos guardias trajeron a María. Estaba despertando, confundida, sus ojos buscándome en la penumbra. Cuando vio a mi padre, el terror inundó su mirada.

—¡Padre, no! ¡Ella no tiene nada que ver! ¡Mátame a mí! —supliqué, tirando de mis ataduras hasta que el acero me cortó las muñecas.

José no me miró. Caminó hacia María con una parsimonia aterradora. Sacó su Beretta plateada, la misma que me regaló cuando cumplí dieciocho años.

—El amor es una debilidad que los Valerius plantaron en tu sangre para pudrirte —sentenció José.

—No... Max... —susurró María, su voz era apenas un hilo de vida.

—Adiós, pequeña bastarda.

El estallido del disparo fue el sonido más fuerte que he escuchado en mi vida. Vi el fogonazo, vi el impacto. La bala golpeó el pecho de María, justo donde ella me había golpeado a mí horas antes. El vestido blanco que llevaba se tiñó de un carmesí violento en un latido. Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se desplomó como una marioneta a la que le cortan los hilos.

—¡¡¡NOOOOOOO!!! —mi grito desgarró mis cuerdas vocales, un rugido de agonía que no parecía humano.

Me retorcí, ignorando el dolor de mis hombros dislocándose por el peso. María estaba en el suelo, inmóvil, rodeada de un charco que se ensanchaba sobre la madera.

—Sáquenla de aquí —ordenó mi padre, guardando el arma con una indiferencia que me heló la sangre—. Tírenla afuera. Que los lobos terminen el trabajo de los Valerius.

—¡Hijo de puta! ¡Es una mujer! ¡Es mi mujer! —le grité, escupiendo sangre a sus pies.

Dos guardias la agarraron por los brazos. Su cabeza colgaba hacia atrás, sin vida, su piel volviéndose gris bajo la luz de la luna que entraba por la puerta abierta. La arrastraron como si fuera basura, dejando un rastro de sangre espesa por todo el pasillo hasta que desaparecieron en la oscuridad de la noche rusa.

José se inclinó hacia mí, tomándome del cabello para obligarme a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad.

—Llora ahora, Maximiliano. Llora todo lo que quieras. Mañana, volverás a ser un Veraldi... o morirás con ella.

Me quedé allí, colgado de mis propias culpas, escuchando el silencio de la nieve afuera, donde el amor de mi vida se desangraba en el olvido.

Viktor Volkov:

El olor a pólvora y sangre fresca flotaba en el aire gélido de la noche moscovita. Desde la linde del bosque, bajo la sombra de los pinos cargados de nieve, vi cómo los hombres de José Veraldi arrastraban el cuerpo de María como si fuera un despojo. La lanzaron sobre el suelo helado y se retiraron a la cabaña, donde los gritos de agonía de Maximiliano aún desgarraban el silencio.

Salí de la oscuridad. Mi figura, imponente y envuelta en un abrigo de piel negro, recortaba la silueta de un ángel de la muerte. Me acerqué a ella. Su sangre era un río carmesí que se negaba a congelarse, robándole la vida segundo a segundo. Me incliné y la cargué en mis brazos; pesaba tan poco, como si su alma ya hubiera empezado a elevarse.

De repente, un suspiro roto escapó de sus labios. María abrió los ojos, nublados por el trauma y el dolor, y me miró sin verme.

—Max... Maximiliano... —susurró. Fue un sonido tan cargado de amor y perdón que hasta a mí, un hombre hecho de acero y sombras, me dio un vuelco el corazón.

Luego, sus párpados se cerraron y su cuerpo se fundió en una inconsciencia absoluta.

—Él no vendrá por ti hoy, pequeña reina —mascullé, comenzando a correr a un trote rítmico y potente a través de la nieve hacia el vehículo médico camuflado que tenía a un kilómetro—. Pero yo sí.

Mientras corría, activé mi comunicador. La voz de Alessandro Valerius respondió al primer tono, cargada de una furia volcánica. Ya lo había visto todo por las cámaras.

—¡Voy a quemar Italia! —rugió Alessandro—. ¡Voy a colgar la cabeza de José en las puertas del Vaticano!

—Cállate y escucha, Alessandro —dije, jadeando por el esfuerzo pero manteniendo la voz firme—. Si atacas ahora, María muere. Necesitamos que el mundo, y especialmente los Veraldi, crean que ella se ha ido. Escucha mi plan: busca una doble. Alguien que el fuego pueda reclamar por ella. Vamos a darle a Maximiliano el entierro que terminará de destruir su cordura, mientras nosotros salvamos lo que queda de tu hija.

(Doce horas después. Hospital Militar de San Petersburgo)

El pasillo olía a antiséptico y a muerte inminente. Alessandro estaba sentado en un banco de metal, con las manos manchadas de la ceniza del funeral falso que acababa de organizar. Una mujer idéntica a María, una infeliz que el destino ya había reclamado, yacía ahora en un ataúd sellado camino al crematorio bajo el nombre de María Valerius.

El mundo de la mafia lloraba a una reina muerta, mientras la verdadera luchaba en una mesa de acero.

Las puertas de quirófano se abrieron. El doctor salió, se quitó la mascarilla y sus ojos reflejaban un cansancio infinito.

—Ha sido un milagro que sobreviviera al traslado —dijo el médico, mirando a Alessandro y a mí—. La bala rozó el pericardio y destrozó el lóbulo inferior del pulmón derecho. Hemos detenido la hemorragia, pero el shock traumático es severo.

—¿Está viva? —la voz de Alessandro era un gruñido ronco.

—Está en un coma sutil —explicó el doctor—. Su cerebro ha desconectado para permitir que el cuerpo sane. Está en un equilibrio precario entre este mundo y el otro. Hay que estar pendientes de ella cada segundo; si su ritmo cardíaco cae un solo punto, la perderemos para siempre.

Miré a través del cristal de la unidad de cuidados intensivos. María estaba rodeada de máquinas, tubos y cables. Se veía tan frágil, tan lejos del fuego que solía ser.

—Ya está hecho —le dije a Alessandro—. Para José Veraldi, ella es ceniza. Para Maximiliano, ella es el fantasma que lo perseguirá hasta la tumba. Ahora, mientras ella duerme, nosotros prepararemos el infierno.

Alessandro apretó los puños, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Que Max llore ante una tumba vacía —sentenció—. Cuando María despierte, no será una mujer enamorada. Será el verdugo que yo mismo entrené.

Alessandro Valerius:

El cielo de Moscú se tiñó de un gris sepulcral, como si el mismo clima se hubiera rendido ante la tragedia. Han pasado tres días desde que el mundo cree que mi hija dejó de respirar. Tres días en los que he tenido que tragarme mi propia rabia para interpretar el papel de un padre destruido, mientras mi verdadera María lucha contra las sombras en una cama de hospital custodiada por los hombres de Viktor.

El cementerio privado de los Valerius está rodeado por muros de mármol negro. Solo los aliados más cercanos y los enemigos más cínicos han sido invitados.

En el centro del mausoleo, rodeada de miles de rosas blancas —sus favoritas—, preside la fotografía que me desgarra el pecho cada vez que la miro. Es una imagen de cuando apenas cumplió los dieciocho años. María está riendo, con esa sonrisa angelical que podía iluminar el rincón más oscuro de nuestra organización. Se ve pura, llena de una vida que, según el ataúd sellado de caoba que descansa frente a nosotros, ha sido apagada para siempre.

—Mírala, Viktor... —susurro, acomodándome el abrigo negro mientras el viento gélido nos azota—. El mundo cree que aquí yace la última gota de mi humanidad.

Viktor, a mi lado, mantiene la mirada fija en el horizonte. Él sabe que dentro de ese ataúd no está María, sino una extraña cuyo rostro fue reconstruido con cera para el breve momento en que permitimos que los testigos vieran el "cadáver". El resto del tiempo, el ataúd ha permanecido cerrado, ocultando la mentira que nos permitirá la venganza más dulce de la historia.

—José Veraldi ha enviado una corona de flores —dice Viktor con una voz que suena a tumba—. Flores de sangre por la sangre que él mismo derramó.

Aprieto los puños con tanta fuerza que mis guantes de cuero crujen. Miro la foto de María. En la imagen, sus ojos brillan con una inocencia que ya no existe. El plan de Viktor es brillante, pero cruel. Estamos enterrando a la niña para que nazca el monstruo.

—Que todos lloren hoy —sentencio, mientras los sacerdotes comienzan los cánticos fúnebres—. Que Maximiliano crea que el suelo se tragó su redención. Quiero que el dolor lo consuma hasta que no quede nada de él más que un cascarón vacío. Y cuando ella despierte de ese coma... cuando ella vea lo que su "gran amor" permitió que le hicieran...

Dejo la frase en el aire. Un grupo de hombres comienza a bajar el ataúd hacia la fosa abierta. El sonido de las cadenas metálicas rozando el mármol es el único ruido en el cementerio. Es un sonido final. Irrevocable.

Para el mundo, María Valerius, la mujer que se atrevió a amar a un Veraldi, ha muerto a los 18 años, víctima del odio de dos familias.

—Descansa en paz, pequeña María —murmuro para que nadie me oiga, mirando por última vez el retrato de su sonrisa—. Porque cuando vuelvas a abrir los ojos, el ángel habrá muerto, y lo que quedará en su lugar será el final de los Veraldi.

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