El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 3
El despertador sonó con una insistencia que me pareció personal. Eran las seis de la mañana en Seúl y el cielo, a través de la ventana del hotel, tenía ese color gris metálico que precede a la nieve. Me quedé un momento bajo las sábanas, tratando de aferrarme a la sensación de calor de sus dedos en mi mejilla, pero el frío de la habitación —o quizás el frío de la realidad— terminó por disipar el rastro de mi sueño.
—Concéntrate, Valeria —me regañé mientras me levantaba.
Me miré al espejo del baño. Tenía las ojeras de alguien que no solo ha cruzado medio mundo, sino que lleva meses viviendo dos vidas paralelas. Me eché agua helada en la cara. Hoy no podía permitirme ni un solo error. Si Min-ho era el muro de hielo que demostró ayer, yo tendría que ser el pico que lo rompiera, aunque solo fuera a nivel profesional.
Me puse un traje gris marengo, serio, casi severo. Si él quería negocios, le daría negocios.
El trayecto a la sede de Han-Guk fue más rápido esta vez. Ya no miraba por la ventana con la boca abierta; ahora miraba mi tablet, repasando las gráficas de ventas y los estudios de mercado. Al entrar en el edificio, sentí esa presión en el estómago, como si estuviera a punto de subirme a una montaña rusa.
—Buenos días, señorita Valeria —me saludó la recepcionista con una reverencia perfecta.
Subí al piso 42. La oficina de Min-ho estaba al final de un pasillo largo, decorado con fotos de satélites y tecnología punta. Todo allí gritaba "futuro", pero un futuro aséptico, sin alma. Antes de llegar a la sala de juntas, lo vi.
Estaba de pie junto a un ventanal, hablando por teléfono en coreano. Su voz era rápida, autoritaria. Llevaba una camisa blanca impecable, con las mangas ligeramente remangadas. Se giró y nuestras miradas se cruzaron por un segundo. No hubo saludo. Ni siquiera una inclinación de cabeza. Simplemente apartó la vista como si yo fuera parte del mobiliario.
Sentí una punzada de rabia. ¿Cómo podía ser el mismo hombre que anoche, en mi mente, me hablaba con tanta ternura?
La reunión empezó puntual. Éramos cuatro personas: Min-ho, dos de sus analistas y yo.
—He revisado su propuesta, señorita Valeria —dijo él, lanzando una carpeta sobre la mesa—. Es demasiado emocional. Los coreanos no compran tecnología por "sentimientos". Compran por eficiencia. Su campaña parece un anuncio de perfumes, no de software.
Sus palabras fueron como bofetadas. Uno de los analistas bajó la cabeza, incómodo.
—Con todo respeto, señor Kang —respondí, manteniendo la voz firme aunque por dentro temblaba—, el mercado global está saturado de eficiencia. La gente ya tiene teléfonos rápidos. Lo que buscan ahora es una conexión. Buscan algo que les haga sentir que su tecnología los entiende.
Min-ho se reclinó en su silla de cuero y entornó los ojos. Por un momento, su mirada se volvió tan afilada que creí que me echaría de la sala.
—"Sentir que la tecnología los entiende" —repitió él, con una sombra de burla—. Eso es una fantasía. La realidad es que un procesador no tiene sentimientos. Y yo no pago por fantasías.
—A veces las fantasías son lo único que nos mantiene cuerdos —solté sin pensar.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los analistas se miraron entre sí, aterrorizados. Min-ho se quedó inmóvil. Durante tres segundos que parecieron tres horas, sentí que algo vibraba en el aire. Fue un destello, una grieta en su máscara de hielo. Me miró de una forma diferente, una mirada que no era de negocios, sino de alguien que acababa de reconocer una nota musical en medio del ruido.
Pero la grieta se cerró tan rápido como apareció.
—Mañana a primera hora quiero una propuesta técnica —dijo con frialdad—. Menos "sentimientos" y más datos. Pueden retirarse.
Salí de la sala con los puños apretados. Estaba furiosa, pero también confundida. Esa mirada... había algo ahí. No estaba loca.
Pasé el resto del día encerrada en un cubículo que me habían asignado, rodeada de números y gráficos. Para cuando terminé, eran las ocho de la tarde y la oficina estaba casi vacía. Me dolía la espalda y el hambre empezaba a pasarme factura. Recogí mis cosas y caminé hacia los ascensores.
Al pasar por la oficina de Min-ho, vi que la luz seguía encendida. La puerta estaba entreabierta. Me detuve. No sé qué me impulsó a hacerlo —quizás la falta de sueño o esa terquedad que siempre me ha metido en líos—, pero me asomé.
Él estaba sentado en su escritorio, pero no estaba trabajando. Tenía la cabeza apoyada en una mano y miraba una foto pequeña sobre la mesa. Parecía... cansado. No, más que cansado. Parecía solo. En ese momento, la imagen del Min-ho del sueño y la del Min-ho real se solaparon por un instante.
Me aclaré la garganta. Él se sobresaltó y guardó la foto en un cajón con un movimiento rápido.
—¿Todavía aquí, señorita Valeria? —su voz volvió a ser ese muro de acero, pero me pareció notar un ligero quiebre.
—Acabo de terminar los informes técnicos que pidió —dije, entrando un paso en la oficina—. Pensé que le gustaría tenerlos antes de irme.
Se los puse sobre la mesa. Él no los miró. Se quedó mirándome a mí, como si estuviera intentando resolver un rompecabezas muy difícil.
—¿Por qué me preguntó ayer si nos conocíamos? —soltó de repente.
El corazón me dio un vuelco.
—Fue una tontería. El jet lag me jugó una mala pasada —mentí descaradamente.
—Usted tiene una forma de mirar... —hizo una pausa, buscando la palabra— ...inquietante. Como si esperara que yo dijera algo que no sé que tengo que decir.
—Quizás es que usted tiene una forma de tratar a la gente que hace que esperemos algo más que órdenes, señor Kang.
Él soltó un suspiro largo y, por primera vez, se relajó un poco en la silla. Se frotó las sienes.
—Este país no es como España, Valeria. Aquí, si te detienes a "sentir", te pasan por encima. El éxito requiere una armadura.
—Una armadura también puede convertirse en una prisión —le respondí en voz baja.
Nuestras miradas se engancharon. Por un momento, el despacho moderno desapareció. No había ordenadores, ni edificios de cristal, ni estrategias de marketing. Solo estábamos él y yo. Sentí ese tirón magnético, el mismo que sentía en mis sueños. Estaba a punto de decir algo, algo arriesgado, algo que probablemente me costaría el trabajo, cuando su teléfono sonó.
El hechizo se rompió.
—Tengo que atender esto —dijo él, volviendo a ser el Director de Desarrollo—. Buenas noches.
Salí del edificio y caminé hasta un pequeño puesto de comida callejera. Hacía un frío que calaba los huesos. Pedí unos tteokbokki picantes y me los comí de pie, sintiendo cómo el picante me quemaba la lengua y me devolvía a la realidad.
Llegué al hotel agotada. Me dolía todo el cuerpo, pero mi mente no paraba. ¿Qué era esa foto que había escondido? ¿Por qué me había preguntado por mi mirada?
Me metí en la cama, deseando dormir pero temiendo el encuentro. Porque sabía que, tarde o temprano, las dos versiones de Min-ho iban a chocar, y yo estaba en medio del punto de impacto.
Cerré los ojos.
Esta vez, el sueño empezó en el despacho de Min-ho, pero estaba lleno de flores. Miles de lirios blancos brotaban de las estanterías y del suelo. Él estaba allí, con su abrigo gris, sentado en el suelo de su propia oficina.
—Estás ganando —dijo con una sonrisa suave.
—¿Ganando el qué? Casi me despide hoy —le respondí, sentándome frente a él.
—Estás agrietando el muro. Hoy, por un segundo, él se acordó de cómo se sentía el sol.
—Pero él no sabe quién soy —dije con tristeza—. Para él soy solo una extranjera con ideas raras.
Min-ho del sueño tomó mi mano. Esta vez, la sensación fue tan real que pude sentir la textura de su piel, el pulso en su muñeca. No era humo. Era sólido.
—La memoria no está solo en la cabeza, Valeria. Está en la piel. Está en el aire que respiramos juntos. No te rindas. Mañana, cuando lo veas, no mires al jefe. Mira al niño que todavía tiene miedo de la oscuridad.
—¿Qué significa eso? —pregunté, pero el sueño empezaba a desvanecerse.
—Búscalo en el mercado de Namdaemun a las diez de la noche. Él no debería estar allí, pero estará.
Me desperté sobresaltada. Eran las tres de la mañana. Me quedé sentada en la cama, con el corazón acelerado. Namdaemun. Diez de la noche.
¿Era una trampa de mi imaginación o una cita con el destino? No lo sabía, pero una cosa era segura: mañana iba a ser un día muy largo.